RECONOCIMIENTO MEDIANTE LA AMISTAD Y EL AMOR. LA “INCAPACIDAD PARA AMAR” Y LA LIBERTAD EN AMÉRICA LATINA: UNA VISIÓN DESDE UNA NOVELA EUROPEA: “ZONA DE TRANSITO” DE JULIA FRANCK

Por Nayib Abdala

     
Aparentemente una novela que trata del paso transitorio  de unos desplazados o fugitivos por un campo de refugiados no puede decir nada importante o duradero sobre la vida humana y sobre la relación entre el amor, la amistad y  la libertad. Ahora bien precisamente lo asombroso es comprobar lo contrario en una novela que describe la vida de cuatro personajes del campo de refugiados  situado en el distrito de Marienfeld del  Berlín Occidental de la década de los setenta descrito en “Zona de Tránsito” (2007, traducción de Belén Santana, Tusquets Editores, Barcelona), de la premiada novelista alemana Julia Franck. 
  
Sin ser “novela de tesis” social o política, la obra muestra la relativa “acogida” que recibían los refugiados del campo alemán y la forma como eran instalados  en apartamenticos de dos habitaciones compartidos  por dos familias, (es decir, cada familia se tenía que reducir a dormir en  una de las dos habitaciones, sin ninguna clase de intimidad, compartiendo una bañito y una cocinita).  Allí recibían bonos para la alimentación y para las necesidades inmediatas y urgentes, servicios de agua y luz y de higiene y salud. Las colas eran necesarias para todo  y los permisos para entrar y salir. Así esperaban la legalización de su situación como ciudadanos de la República Federal Alemana.

Al ver desde el sur de América Latina  semejante forma, precaria aunque ordenada, de solución transitoria de las necesidades de los refugiados alemanes, forma que muestra la presencia del Estado ante la situación de emergencia, en contraste con la casi total ausencia del Estado ante las situaciones extremas en el llamado Tercer mundo, se puede tener  la ocurrencia que también para aliviar la situación grave de los desplazados de América Latina serían necesarios muchos campos para refugiados más o menos de este estilo, aunque por diferentes circunstancias sociales y políticas.

Pero esa ilusión se va desvaneciendo a medida que   la maestría en el uso del lenguaje descriptivo  de Julia Franck  va conduciendo al lector a  la experiencia de una  pesada “atmósfera” de relaciones humanas fallidas en el campo de refugiados. En efecto, los diálogos dejan la sensación que se  trataba no de una verdadera comunidad, no de un auténtico “nosotros”, sino de un agregado de individuos aislados, (como subraya la excelente reseña y los profundos comentarios  de Valerie Heffernan (1) y se puede ver en la película “Westen” de Christian Schwochow, basada en la obra (2)). 

La novela muestra, desde múltiples perspectivas,  la experiencia de la vida de algunos de esos personajes que huían o emigraban de sus lugares raizales en busca de una vida digna y  en el campo terminaban viviendo en  mutua desconfianza,  con sentimientos de estar espiados y supervigilados por agentes del Estado y de ser tratados mal, golpeados inmisericordemente, discriminados, e incluso estigmatizados, como holgazanes que querían vivir sin trabajar por la gente de la ciudad como lo hicieron con uno de los personajes más particulares, Hans Pischke, débil, incapaz de amar, según le confiesa a la protagonista Nelly. A Hans lo acusan de ser  espía al servicio del Estado, por ser solitario y callado, sin pareja conocida, aparentemente sin familia,  y le reprochan el no tener patria y no ser por lo tanto, nadie. 

Nos proponemos en este comentario preguntarnos si en la vida de estos personajes se da una situación de mutuo desprecio y por tanto de ausencia de un verdadero reconocimiento mutuo que ha descubierto en otro plano la rigurosa investigación del filósofo Axel Honneth acerca de las patologías sociales, en especial en lo referente a la experiencia de la libertad. Antes señalaremos algunas tensiones entre lo público y lo privado que es probable que se encuentren detrás del exquisito lenguaje de detalles con los que la autora describe a los personajes.

 El ciudadano reducido a una cuestión de datos de identidad. 

En cierto momento  la protagonista, Nelly Senff,  es presentada por el narrador, el agente de la CIA John Bird, quien describe las reacciones de ella durante el interrogatorio a que es sometida por otro agente de la CIA acerca de la identidad de su Vasili Batalov, quien supuestamente se ha suicidado, pero de quien se sospecha que es un peligroso espía que puede estar vivo todavía. Ella en todo momento devuelve las preguntas que se le hacen calificándolas de superfluas, pues está segura de que los interrogadores ya tienen las respuestas por haber recopilado todos los datos posibles sobre su vida privada, y sólo quieren confirmar nuevas hipótesis acerca de la peligrosidad de su exmarido y la de ella misma. Para John Bird ella es una mujer exenta de autocompasión, que usa un lenguaje neutro de valores y que mantiene en todo momento una actitud estoica casi impasible. Bird narra que las dudas sobre Batalov era lo que hacía importante  para ellos el interrogatorio de Nelly.

La frontera entre el Estado y la autonomía del individuo.  
                                                                                                                                                      
Nelly reprocha a sus interrogadores, quienes insisten en preguntarle sobre las circunstancias de la desaparición o suicidio de su marido, que la están convirtiendo en un instrumento para confirmar las posiciones o hipótesis del Estado sobre el suicidio  de Vasili. Les dice, además, que ellos mismos saben que hay muchas personas que desaparecen de pronto y luego una de las formas de “cerrar sus casos” es la versión del suicidio. En este momento se ve que la novela muestra (aunque la autora  no se lo haya propuesto expresamente) una forma de defender la autonomía o libertad individual representada por la actitud de la protagonista al subrayar que cada suicida decide la forma de auto eliminarse y esa decisión merece respeto.

 Aunque ella pues, lo supiera, no  diría la forma en que se suicidó Batalov, diríamos nosotros, por respeto su autonomía. (Por su puesto, esto lo expresamos en un lenguaje moral y político diferente del lenguaje rico en descripciones concretas de actitudes y expresiones de los personajes que usa la autora).  Y con gran ironía les dice que sucede como si ellos quisieran que ella decidiera si Batalov murió por su propia voluntad o si una especie de masa informe, una especie de entidad indefinible llamada “Estado” lo eliminó, y ella definitivamente no se va a prestar para seguir ese juego macabro. 

 Las personas sin derechos. Libertad y violencia dentro del campo.

Los capítulos dedicados a una familia de refugiados polacos muestran no sólo la situación de necesidades insatisfechas de salud y de higiene, sino también el rechazo  de los llamados   “gitanos polacos”. Ahora bien, Nelly denomina con la palabra “estigmas” a este tipo de humillación y desprecio y se pregunta si en el caso de  los polacos  eso se debía a sus constantes ganas de fiesta, que los hacía reunirse  cada rato para cantar o bailar y eso se volvía muy ruidoso en aquellos espacios estrechos. Los estigmatizaban  como seres que carecían de vivienda, de profesión y de patria. Sin embargo, la novela presenta sutilmente una contraparte de estos prejuicios cuando  Nelly  cuenta que una vez  Vasili le había dicho que lamentaba no haber nacido gitano porque  los gitanos eran personas libres y  ella le había contestado que más bien eran personas sin derechos.  

Finalmente, la novela muestra que incluso en tan precaria situación hay personajes que oyen música “en su interior” como  el bello personaje de la polaca Krystina Jablonovska, quien había estudiado música y no encontró otro trabajo en el campo que el de camarera en un restaurante de comida rápida con el que sobrevive ella y se ayuda para cuidar a su padre que sufre de debilidad senil. Es  vista por Nelly con admiración por conservar cierta paz interior que Nelly se imagina en parte  propiciada por  su origen campesino. Krystina  había vendido su violoncelo para conseguir los papeles alemanes que le permitirían  conseguir que su hermano gravemente enfermo fuera tratado por los avances de la medicina de la Alemania Federal, aunque  la novela muestra la sensación de ausencia de Krystina cuando un día encuentra vacía la cama de su hermano.

Ahora bien,  mi comparación de la precariedad del campo de refugiados alemán con la precariedad de los desplazados de América Latina luce muy descabellada cuando se observa, como lo hace Valerie Heffernan que el mismo título alemán de la novela (“Lagerfeuer” que contiene la palabra “Lager”, es decir, “campos”)  tiene para los oídos alemanes resonancias profundas que recuerdan el pasado de los campos de concentración del Holocausto y que con gran finura en el lenguaje se alude en la novela a la cuestión judía, sin intención especial ninguna de reprochar o criticar, sino como para mostrar que todavía el pasado tiene sus resonancias específicas.  La música de los setenta es un medio simbólico, casi ritual de referirse al tema judío cuando varias veces se la evoca en la novela al repetir frases de la canción  “Rivers of Babylon”.   

Desprecio y Reconocimiento por el  amor y la amistad.

 Si ahora pasamos a considerar estas situaciones  extremas desde el punto de vista de la necesidad personal que tenemos de ser reconocidos por otras personas como seres dignos de respeto,  parece, sin embargo, que tanto en el campo de refugiados  de la novela como en el caso de los desplazados de América Latina se vive una situación de desprecio, en el sentido que le ha dado Alfred Honneth a este concepto en sus investigaciones sobre la lucha  por el reconocimiento ( 3 ) pues ese concepto nos sirve para aclarar lo que sucede en situaciones  donde no puede haber una verdadera coexistencia pacífica porque los  individuos  no han sido socializados en la libertad, pues no han crecido en instituciones de  la libertad (siguiendo a Hegel, se trataría  de instituciones como la amistad, el amor, la libertad de mercado y la libertad política) ni  en relaciones de mutuo reconocimiento, sino que más bien sufren tres formas de desprecio, sea por sufrir tortura o violencia física contra su  cuerpo, sea por la ausencia del reconocimiento de su persona como sujeto de derechos, sea, en fin,  por no respetar sus valores, su  cultura o su identidad cultural. Así, en la novela aparecen casos de imposibilidad de amar (como vimos en el caso del diálogo entre  Hans Pischke y  Nelly)  y casos en que el lector  echa de menos la verdadera amistad (otra de las instituciones de Hegel para el reconocimiento que rescata Honneth).

Coexistencia y convivencia.   

Por otra parte, además del concepto de reconocimiento, también podemos aplicar aquí la diferencia entre coexistencia y convivencia.  El profesor  colombiano  Alfredo Gómez Müller (4) en algunos de sus importantes ensayos sobre el tema afirma que en la realidad social latinoamericana y colombiana  actual lo que se observa es una coexistencia, un mero estar unos al lado de otros, pero indiferentes para con las formas de vida, las manifestaciones culturales,  las necesidades y  la vulnerabilidad de la vida de los otros. Además,  cierto  liberalismo político mal entendido ignora,  según Gómez Müller,  dos propiedades del individuo: que no sólo es un ser capaz de autonomía, sino también  un ser capaz de padecer necesidades y  un ser vulnerable. En esta forma, ha concebido que la seguridad y la libertad son las dos metas principales que conducen al hombre a convertirse en un buen ciudadano, dejando de lado las metas de del trabajo digno, de la alimentación y vivienda adecuadas y de la salud y educación.  

Actualidad: Navidad e identidad.

Ahora bien,  en conclusión, al leer la novela “Zona de Tránsito” se puede decir que  allí se mostraba la experiencia de  la mera  coexistencia indiferente en un campo de refugiados. La novela presenta además, el momento por excelencia en que se puede reunir una comunidad, el de la celebración en común de la navidad, totalmente alienado, pues contrastan las actitudes y expresiones de las autoridades del campo con las de los personajes que muestran estar presentes allí por pura cortesía o por obligación, pero no por un sentimiento de querer vivir en común aquel momento especial. Y uno no puede dejar de relacionar esta situación con la referencia que hace la obra,  como señaló Heffernan, al actualísimo  problema universal  de la reducción de los ciudadanos a un problema de identidad y de la manipulación por el Estado y las corporaciones multinacionales de los  datos personales muchas veces  usurpados por las tecnologías de punta, al servicio de las corporaciones privadas, estatales e internacionales como la CIA que necesitan llevar un perfil de los consumidores potenciales de las empresas multinacionales  y de las personas presumiblemente peligrosas para el establecimiento.   

(Abstract: In Julia Franck´s Novel “Lagerfeuer” cases of mutual distrust, aggression and disrespect in Marienfeld refugee camp are shown. Friendship, love and conviviality sometimes seem impossible. Now, among those displaced by violence in Latin America almost the same situation exists: ¿Do we need refugee camps too or must we look for more democratic forms of conviviality?)
               
Notas   
(1)Valerie Heffernan. Perspectives on the Borderline: Julia Francks “Lagerfeuer”:  (ver en la Red) http://www.ingentaconnect.com/content/rodopi/germ/2013/00000076/00000001/art00004?crawler=tr   
(2)Westen. Warten auf die Freiheit:  ( Ver en la Red )http://www.zeit.de/kultur/film/2014-03/westen-film
(3) Honneth, Axel. La sociedad del desprecio (2011) Madrid, Trotta, pp-165-181 y para la amistad y el amor: El derecho de la libertad. (2014) Bs, Aires, Katz Editores.

 (4)Alfredo Gómez Muller. Ética, coexistencia y sentido. Bogotá, Ceja, 2003

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