DE LA RISA AL LLANTO: LAS FIESTAS POPULARES. HACIA UNA FENOMENOLOGÍA DEL “DESORDEN” PÚBLICO.

Por Nayib Abdala Ripoll


Para algunos cronistas e historiadores de las revoluciones de la Independencia latinoamericana, las acciones colectivas populares en las plazas públicas se les manifestaron  como “desórdenes” que  obstaculizaron el intento de presentar la revolución como un proyecto justificado, con base jurídica  en las leyes. ¿Por qué? No pretendemos  responder esta pregunta, sino intentar siquiera plantearla correctamente.

Por cierto que dentro de la filosofía se llama “fenomenología” al método que ordena "ir a las cosas mismas" para describirlas tal como se manifiestan o "aparecen", en vez de expresar grandes discursos acerca de ellas sin haber tenido en cuenta  cierta experiencia de las mismas. Dicho con un ejemplo burdo: si entra uno en un cuarto oscuro, para que se le “manifiesten” las cosas se necesita iluminarlas y, en forma parecida, antes de juzgar si lo que tengo en frente es una rebelión o un desorden de masas emocionalmente perturbadas se necesita deshacerse del ocultamiento en que usualmente se encuentra ese tipo de movimientos debido a los prejuicios prácticos y teóricos con los que los recubrimos en el trato ordinario con ellos, por ejemplo en el periodismo. En estos casos suele reconocerse que el método fenomenológico requiere como su complemento de una hermenéutica o interpretación del fenómeno que ayude a liberarse de los prejuicios.

Por otro lado, las cosas aparecen no de un modo teórico solamente, a la mente en tanto separada del cuerpo, porque, como ha señalado la antropología filosófica de Helmut Plessner, hay fenómenos como  la risa y el llanto que son la señal de que   el “yo” o la mente del ser humano no es algo separado de su cuerpo, como creyó Descartes, sino íntimamente unido a él, como lo muestra el hecho de  que a veces las “explosiones” de risa y llanto acontecen en la persona sin que esta las haya querido o buscado conscientemente. 

Cuando a uno le falta mucho para pretender aplicar el método fenomenológico o la antropología filosófica a la mencionada pregunta, es posible limitarse a señalar que ellos pueden proporcionar dos vías previas  para plantear la pregunta: 1) Buscar el punto de vista o el horizonte  desde el cual se han intentado comprender e interpretar los movimientos colectivos populares. 2) Buscar  qué tan involucradas están las formas afectivas en su comprensión, se trate de  la alegría o la tristeza, la risa o el llanto. Un poco de los dos pasos seguiré ahora. 

Para lo primero partamos de  observar el  enfoque que el nuevo libro de Charles Taylor, “La Era Secular. Tomo I”, trae acerca de muchos movimientos populares en la Edad Media y el Renacimiento, para compararlos, guardadas las distancias, con la forma como son percibidos los mencionados “desórdenes públicos” populares de la Independencia latinoamericana.

Para lo segundo, vale la pena observar un fenómeno urbano actual, que parece limitar con los anteriores. En ciertas ciudades centro- y suramericanas se ha observado, que algunas fiestas  populares en las plazas públicas comienzan con derroches de alegría, en medio de la música y la danza, pero  de repente, los grupos se lanzan piedras y palos y los desfiles derivan en batallas campales, atracos,  y desórdenes en la vía pública de tal modo que se podía pasar fácilmente de la risa al llanto o a la inversa. 

A veces estos comportamientos reaparecen durante entierros de miembros de pandillas juveniles que han muerto violentamente. Como si fuera un ritual especial, durante el recorrido salen a relucir formas diversas de agresividad, unidas a efusiones emocionales de música, danza y llanto.

Volviendo ahora al libro de Taylor, vemos que  muestra de qué manera durante  los rituales colectivos medievales se consideraban como peligrosos o herejes a los que no participaban y podían llegar a ser agredidos,  y eso se hacía no por lo que hoy se llama intolerancia, sino por el carácter colectivo de la vida social; es decir, los que actuaban no lo hacían  como átomos o individuos aislados, sino como un todo orgánico.  

Ahora bien, justamente, llama la atención en las festividades populares actuales   la tendencia de algunos participantes a bromear y hacer chanzas, y por último agredir  también a los espectadores que en las grandes ciudades, ya no participan en los desfiles, como si los quisieran  “obligar” de ese modo a involucrarse realmente en las fiestas o como si les quisieran recriminar su no participación, por considerarlos como una especie de “herejes” que amenazan la vida de un ritual colectivo.

Lejos de pretender  explicar esta mezcla singular  de risa y llanto, llama la atención encontrar en las descripciones de la vida popular de la Edad Media, fenómenos  parecidos, como el que relata, aunque  por medio de  figuras retóricas, como la  del  “oxímoron” o exageración,  el escritor François Rabelais en su Obra: “Gargantúa y Pantagruel" cuando describe las “costumbres” de la región  de  los “quisquillosos” o gentes que celebraban sus grandes fiestas pidiendo a los invitados que les dieran grandes palizas, las cuales recibían pasivamente, para asombro y risa de los visitantes y de nosotros los lectores del siglo XXI. Ahora bien, aquí el punto de vista predominante no es el llanto, sino la risa popular.

La Edad Media es una época caracterizada por “el papel  existencial fundacional de Dios en la sociedad” según comenta Charles Taylor (pp.81 y ss.). En dicha época, todos los grupos desde el más pequeño de la parroquia hasta el de la comunidad entera  creen que existen gracias al poder sagrado de “la divinidad que protege al rey”.  Era típico entonces que la gente experimentara el tiempo como  dividido en “profano” (el de las actividades cotidianas regidas por las reglas) y “sagrado” (el de las festividades  y rituales religiosos y carnavalescos, en las que eran permitidas las violaciones del código común) y la vida era realmente una vida en común, que practicaba a veces una especie de “magia buena” por medio de rituales religiosos colectivos  para conjurar la acción de la “magia mala”. 

Era vital para el grupo denunciar como “herejes” y perseguir y agredir a los que no participaran de los rituales colectivos, por considerarlos un peligro para la supervivencia de las comunidades. Esa tensión entre la vida ordenada y el desorden festivo respondía a la visión del mundo como equilibrio entre orden y caos, característica de las épocas pre modernas.    

Cuando en los tiempos modernos se alcanzó el concepto científico de la naturaleza como un conjunto de leyes que actúan siempre con necesidad y se conquistó la imagen del tiempo como homogéneo, aquella concepción de la necesidad de la diferencia  entre tiempos del orden y tiempos del caos se acabó; pero Taylor llama la atención al hecho de que, a pesar de eso, se pueden citar casos en los que la vida moderna parece que se cansara de vivir exclusivamente en un orden continuo, para lo cual ha buscado refugio en el espacio privado o en el tiempo libre y festivo. Y podríamos agregar nosotros que a veces la “mezcla de risa y llanto” en las festividades populares latinoamericanas actuales parecen también evocar aquellos tiempos de tensión entre orden y caos, como si se tratara de una nostalgia por la vida comunitaria perdida o se la considerara preferible a las consecuencias indeseables del progreso moderno.

Ahora bien, Mijaíl Bajtín, en su obra sobre las fiestas populares medievales, parece mostrarnos otra posibilidad de comprensión,  la de considerar la coincidencia de risa y llanto como una visión del mundo diferente y alternativa a las que imperan hoy, una visión del mundo correspondiente a modos de vida inspirados por una cultura popular grandiosa cuyos valores hemos perdido. 
Él ha corroborado la crítica  del historiador Lucien Febvre a los que  sostienen que Rabelais, el gran escritor  del Renacimiento, era un propagandista del ateísmo racionalista que luego se convertirá en actitud general durante la Ilustración europea, pues arguye que no hay bases para el ateísmo en la época de Rabelais (el siglo XVI) ni desde el punto de vista de la percepción de la vida social ni desde el punto de vista de la concepción del mundo (“La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento”, traducción de Julio Forcat y César Conroy, Barcelona, Barral Editores, S.A., 1974, p. 120). 

Ahora bien, Bajtín comenta que, a su vez,  Febvre ignora la cultura cómica popular de la Edad Media y del Renacimiento y sólo estudia en Rabelais lo que le parece congruente con el plano de seriedad de la cultura oficial. Tampoco comprende que puede haber una cosmovisión cómica, (por medio de la cual los entes se manifiestan desde el horizonte del juego y de la risa), pues interpreta la risa de Rabelais a partir de la concepción de la risa en el siglo XX, es decir, a partir de la gran valoración moderna de la “seriedad” como algo superior a lo cómico.   

En suma, un paso previo al planteamiento de la pregunta por las razones por las cuales los movimientos populares de apoyo a la Independencia les parecen “desórdenes” a algunos de sus primeros cronistas y a algunos historiadores tradicionales sería el estudio de las condiciones previas a todo lo que se presentaba como “desorden” colectivo  en las épocas pre modernas, cuando  las formas de vida dependían de la concepción del mundo como una tensión entre el orden y el caos que tendía a buscar un equilibrio. Otro paso previo sería el de examinar la propuesta de Bajtín de estudiar el papel de la alegría y la risa, la ironía y el sarcasmo de las genuinas fiestas colectivas populares. Por cierto que gracias a Bajtín hemos visto que a la risa se le atribuía una fuerza creadora desde la antigüedad, como si fuera capaz de hacer que las cosas “se manifestaran” de cierta manera. En un papiro alquímico del siglo III d. C. conservado en Leyden se dice que al reír Dios…”apareció la luz”…”cuando volvió a reír brotó el agua” y cuando volvió a reír por séptima vez, “apareció el alma” (Bajtín toma esta cita de V.S. Reinach: “La risa ritual”, en Cultos, Mitos y  Religiones, Paris, 1908, T.IV, pag. 112)
  
(Some revolutions of the Latin American Independence  were perceived as mere "public disorder" and the reasons should be sought first in certain premodern religious conceptions of cosmic order of nature.)

Comentarios

  1. Hay un gran peligro durante los sepelios de los jóvenes miembros de las bandas o pandillas de nuestras ciudades, pues van tomando licor, con música a todo volumen y agreden al público y a los almacenes, los cuales se ven obligados a cerrar para terminar atracando a los que encuentren en los cementerios. Esto no se puede llamar "fiesta popular". ciudadano preocupado.

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    1. Excuse por no dejar claro que sólo menciono el parecido entre los desórdenes de los sepelios de pandilleros y los desórdenes de los movimientos populares, exactamente en el rasgo cuasi-religioso de considerar como "hereje" al no participante, pero sin pretender la identidad de ambos tipos de fenómenos.

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    2. Nueva aclaración posterior.
      Parece necesario aclarar que la conducta "desordenada" de los sepelios de los jóvenes pandilleros asesinados, aunque tiene rasgos pre-modernos como el apuntado en la respuesta anterior, también se parecen a las manifestaciones de rabia y disparos al aire, así como a los gestos comunes de poder de los entierros de algunos líderes populares de las civilizaciones orientales que muestra la televisión, y de pueblos que aunque pertenecen a religiones con modos de vida de origen pre-modernos (feudal) no se pueden catalogar de pre-modernas, pues no pretenden un regreso a tradiciones puras de origen medieval opuestas a la modernidad, sino mostrar justamente que esas tradiciones tienen cierta potencialidad cultural (cierta autenticidad) que permite superar el mero utilitarismo y la hipocresía que según dichas culturas reina hoy en Occidente, donde la gran desigualdad y la injusticia social se disfraza de libertad y democracia.

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    3. (Objeción telefónica que redactará posteriormente en estos comentarios la estudiante Yose Abdala):
      ¿Por qué no concluyo que en el fondo se trata de dos concepciones del "desorden": la tradicional, que ve la risa ( y por tanto , el desorden como producto de la parodia burlona y de la caricatura) negativamente y la verdaderamente popular, que ve el desorden como algo positivo porque considera la risa como algo favorable para la convivencia, tal como dice Bajtin? Tiene razón, y agradezco la aclaración de Yosseline. Yo mismo no tuve en cuenta esta posible conclusión, pues me parecía haber llegado a un callejón sin salida, al pensar que el desorden se mostraba en el siglo XIX como producto de la violación de un orden de la naturaleza según el cual la sociedad es como un organismo y necesita una cabeza que es el rey, representante además, de Dios, mientras que la independencia busca proclamar una especie de soberanía popular. Pero actualmente los historiadores rechazan aceptar que las Juntas de Gobierno que sucedieron a los gobernadores de las provincias hispanoamericanas creyeran en la soberanía popular. Ellos parecen sostener (y pido me excusen por entrar en terrenos apenas conocidos por mis lecturas desordenadas sobre el tema, ya que no soy historiador) que dichas Juntas seguían pensando en la sociedad como si fuera un organismo, basados en la idea del orden natural heredado por Santo Tomás de los estoicos.

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    4. Aclaración a la respuesta inmediatamente anterior:
      Según el texto citado de Charles Taylor, puede que las actuales sociedades de la globalización,después de largos períodos de estar sometidas a trabajos que producen "Stress" por su precariedad y por el constante temor de perderlos, lleguen a sentir nostalgia de comportamientos pre modernos típicos de las sociedades premodernas en las que el individuo se sentía formando parte de un organismo, como si fuera uno de los miembros, que depende totalmente de la cabeza (el rey o el pastor religioso o el líder fundamentalista) y por eso las fiestas populares no basadas en el verdadero poder creador de la risa y la alegría populares de que habla Bajtin, pueden llegar a convertirse en el medio para comportamientos agresivos con el resto de la sociedad, pero todo esto lo digo en el reino de las suposiciones, aunque algunos estudios sobre el comportamiento de las barras "bravas" en el fútbol parecen respaldarlas parcialmente, pues el investigador Eric Dunning sostiene que aunque es poco probable que el fenómeno de las barras bravas provenga de raíces sociales idénticas en todas las sociedades, pueden ser estimuladas por las "divisiones sociales" de ciertos países, ya se trate de las desigualdades regionales o de los "sectarismos religiosos"o de los "subnacionalismos lingüísticos"(Citado por : Ramón Spaaj en el ensayo:"Simpatías y emociones de las barras bravas en el fútbol, en el libro compilado por Carina V. Kaplan. "La Civilización en cuestión", Miño y Dávila , Buenos Aires 2008, p.121)

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    5. No se entiende por qué de repente menciona el rechazo por Bajtin de la concepción del mundo de Rabelais como ateísmo, en el marco de una discusión sobre las fiestas populares.

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    6. `Ciertamente, pido me excuse por no haber explicado que antes de la valoración positiva que hace Bajtin de las fiestas populares y de la risa y la comicidad (pero también de la burla y la parodia de la religión) del libro de Rabelais, fue considerado como la obra de un ateo que se burlaba de la religión. Bajtin prueba que era religioso, pues una de las formas de ser religioso en esa época no VEÍA nada malo en las imitaciones burlescas de rituales religiosos, tal como hoy en las fiestas populares salen grupos cantando "jaculatorias", ES DECIR , UNA ESPECIE DE DIÁLOGO CANTADO ENTRE EL SACERDOTE Y EL PUEBLO,

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