LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LAS MULTITUDES: ENTUSIASMO, FERVOR Y VIOLENCIA EN LOS ESPACIOS PÚBLICOS.

Por Nayib Abdala Ripoll
 
Al leer las noticias o al escuchar noticieros por radio se tiene la impresión de que algunos comunicadores sociales, en las raras ocasiones que se refieren al tema,  se limitan a expresar el sobresalto y  el desconcierto o el miedo que producen en las ciudades ciertos fenómenos masivos o comportamientos extraños de las multitudes, como  el entierro de uno de los jóvenes víctimas de la violencia entre bandas, llamados “pandilleros”, entierros que interrumpen la normalidad de la vida urbana con sus gritos, música y su agresividad contra el espacio público. Sus informes son dados desde el punto de vista de un  observador exterior ajeno o indiferente al fenómeno, pues no se suele  entrevistar a algunos de los manifestantes y pedirles que  que articulen su odio, desprecio o sus motivos y razones, que digan su “historia” lo que permitiría un punto de vista del fenómeno des dentro, tal vez, por lo demás, un  primer paso para la solución de este tipo de conflictos,
A continuación mostramos la percepción y la interpretación de este tipo de fenómenos por un periodista,  con el fin de llegar a aclarar al menos la forma como deben platearse las preguntas sobre este tema, tan importante después de las experiencias de postconflicto en América Central, cuando las ciudades vieron aparecer el fenómeno allá también denominado de la violencia de las “pandillas”.
Yo veo personalmente, desde la filosofía, dos formas de aproximación, al fenómeno del desorden público. La primera, propia del positivismo, es la que lo observa como algo dado, como un hecho o  algo objetivo que está ahí adelante y puede ser constatado por todos. La segunda considera que no hay hechos sin interpretaciones. Esta tiene a su vez dos formas. La primera considera, como lo hace a principios de siglo el filósofo Martin Heidegger, al ser humano como un ser práctico, porque es un conjunto de posibilidades, el cual, para actuar esboza con libertad  un proyecto de cómo cuidar de su ser y de los otros, por medio del cual le encuentra sentido a lo que hace y a su relación con los demás y con el mundo como horizonte de sus posibilidades. La segunda considera, con el filósofo Michel Foucault, que lo que llamamos “hechos” son   construcciones no esbozadas intencionalmente por el  hombre, sino resultado de determinadas   prácticas inducidas por las instituciones que controlan las sociedades y por eso las instituciones plasman la forma como se habla de los sucesos, es decir los discursos. Nos parece que en las siguientes consideraciones aparecen parcialmente ambos enfoques, el fenomenológico cuando se muestra al periodista como asombrado por los comportamientos de las multitudes como si fueran un mundo extraño cuyo sentido sólo se puede penetrar desde adentro. La segunda cuando se considera que, una vez interpelados los que hacen las demostraciones violentas, se puede formular una hipótesis acerca de cómo las instituciones sociales, las costumbres, la cultura, los han determinado a actuar así y no de otra manera y han construido lo que se llama orden o desorden públicos.
   Volviendo ahora al tema principal, parece que han sido  los periodistas que tienen cierto aprecio por la historia los primeros que se han dado cuenta de que los fenómenos de desorden público como los que se dan en los espacios urbanos de América Latina pueden ser construidos por la forma como la sociedad, con sus instituciones y con sus medios de comunicación reacciona frente a ellos, es decir, de modo parecido a la primera reacción que tuvo el gran  periodista Ryszard Kapuscinski cuando apareció ante él la gran muralla china, la cual relata  en esa obra maestra del periodismo  y de la historia que es su libro: “ Viajes con Heródoto”, el cual comienza con la extraordinaria cita de Saint Exupery: “No somos sino peregrinos que, yendo por caminos distintos, trabajosamente se dirigen al encuentro de los unos con los otros”. Después de varios días de observar la Gran Muralla, cuenta que empezó a considerarla como una Gran Metáfora “pues me rodeaban personas con las que no podía comunicarme y un mundo en el que yo era incapaz de entrar” (“Viajes con Heródoto”, traducido por Agata Orzeszek, Barcelona, Anagrama, 2006, p.75).
Esta incapacidad alude al encuentro con lo extraño, lo diferente, y el autor comenta su fracaso al tratar de comprender algunas palabras del idioma chino, no sólo por los complejos signos, sino también por la polisemia o pluralidad de sentidos de cada palabra. Además, muestra la sensación conflictiva que le producía pensar el significado de la Gran Muralla, pues por un lado aceptaba su función práctica de defensa ( por ejemplo frente a los mongoles), pero por otro lado rechazaba el gesto de encerrarse detrás de un muro en vez de abrirse a los diferentes, a lo extraño y, lo que consideraba peor, le parecía que el que vivía dentro de la muralla llegaba a consagrar su vida para defender un muro, en el mismo país donde el pensamiento del sabio Chuang Tzu consideraba que agotar la vida combatiendo o atendiendo a los muros  o por los objetos del mundo exterior no tenía sentido, pues no se pone atención a lo rápido que se pasa lo más valioso, que es  la vida humana. También encontró estos pensamientos en el libro de la sabiduría de la biblia y, me parece a mí, que también podía encontrarla en místicos no religiosos como el sabio Khrishnamurti, cuando considera los esfuerzos sin sentido de las naciones, las ideologías políticas,  las religiones y las bandas violentas de grupos humanos que se enfrentan por defender sus identidades sin poner atención a lo más importante que es la vida humana plena, en paz. Por cierto que estos místicos como los zapatistas mejicanos de hoy, me parece que creen que en el fondo de estos enfrentamientos y violencias hay siempre una lucha por el poder.
Volviendo al libro de Kapuscinski, cuando caminaba por El Cairo en 1952, en la época peligrosa en que los “Hermanos Musulmanes” con su fundamentalismo terrorista y los comunistas le hacían oposición al Coronel Gamal Abdel Nasser, le pareció que todas las calles tenían ojos fijos en él, pues personas que parecían  no tener ocupación específica alguna tejían una especie de red de observación a lo largo de las calles para detectar y denunciar lo anormal o extraño. Y le pareció observar una diferencia con el resto del Tercer Mundo (creemos que incluye aquí a  América Latina). En efecto, en esta sociedad oriental desarrollada y organizada, estos hombres superfluos estaban al servicio del autoritarismo pero siguiendo un “orden” orgánico que le señalaba a cada uno su puesto, y un papel específico. En cambio, esto no se podía decir de gran parte de los habitantes del Tercer Mundo donde, afirma en un párrafo magistral:
“barrios enteros están llenos de una masa informe…una auténtica fuerza telúrica, sin un cometido, sin una posición, sin un lugar o destino asignado. En cualquier momento estas personas pueden agolparse en medio de la calle, convertirse en un gentío incontrolado, en una muchedumbre que siempre tiene algo que decir, a la que le sobra tiempo, que quisiera participar en algo, significar algo, pero a la que nadie presta atención, puesto que nadie la necesita. Dictaduras de todo tipo sacan provecho de esa magma inactiva. Ni siquiera necesitan mantener costosos ejércitos. Basta con acudir a esas personas, que no hacen sino esperar algo de la vida. Darles la sensación de que pueden servir para algo, de que alguien cuenta con ellas, que han sido percibidas, que algo pueden significar” (p.130) 
El párrafo es una muestra de lo que alguien que se sentía observado como extranjero, puede a su vez observar en los que lo observan. El “orden orgánico” (algo originario del medioevo, pero ahora revivido con sentido moderno) que percibe entre los musulmanes que vinculan a las personas haciéndolas sentir importantes, por ser partes de un todo que las abarca y les da un propósito, lo compara  con el desorden en el sentido de desorganización social del resto del tercer mundo, quizás en partes de Irán y  de América Latina.
¿Cómo percibe el desorden público? Cuando estaba en Teherán en las últimas semanas del Shah, percibe la ciudad “enorme, caótica, diseminada sobre un arenal, está totalmente desorganizada” (166) Allí, como en Argel vio que, en el trasfondo de dicho desorden, dos ramas del Islam se combatían, la una abierta hacia el exterior y la otra cerrada, que usaba todo recurso económico o técnico para combatir al extraño, al diferente.
En otra ocasión, estando varado en una lejana carretera del Congo después de la guerra, por donde no pasaba transporte alguno, sino, rara vez, apretujados camiones de refugiados que aprovechando el postconflicto quieren regresar a sus aldeas, a los que no había más remedio que subir, sin saber su rumbo cierto, nos hace reír cuando cuenta que al preguntar “¿para dónde vamos?”, se dio cuenta de que “no existe una respuesta clara a dicha pregunta, porque en realidad nadie sabe adónde vamos ¡Vamos hasta donde se pueda llegar!” (p.197). Esta es otra forma de percibir el desorden en las vías públicas, cuando nadie sabe la meta, el fin, al que se dirige, pero lo  que hay que destacar es que a pesar de que sabe que las respuestas le serán difíciles de descifrar, él les pregunta de dónde vienen, adónde van y lo que nos parece importante: quiénes son. Porque, (es lo que me parece que está en el fondo de estas palabras), puede que el desorden provenga en última instancia de no saber quién se es.
La razón por la que nos parece importante la pregunta, es la misma que nos hizo estremecer al ver la película sobre el barco cargado de esclavos “La Amistad” que a mediados del siglo XIX se dirigía a Cuba y fue detenido y llevado a los Estados Unidos, donde España reclamó jurídicamente la propiedad y un joven abogado norteamericano nombrado defensor de los esclavos, consulta desesperadamente al gran patricio y jurista John Adams, cuando siente que va a perder el caso.
El diálogo, aunque mitad ficción y mitad realidad, es extraordinario, porque lo primero que le pregunta Adams al novato jurista es “¿quiénes son los esclavos? Y cuando este responde con el lugar común de “esclavos destinados a la venta para el trabajo en las haciendas cubanas”, cuyo barco fue atrapado en aguas norteamericanas, a quienes España acusa de haberse sublevado y matado a sus capitanes,  etc., Adams le demuestra que esa no es la respuesta, pues para saber quiénes son hay que saber su “historia” ( entendemos: la historia no vista desde afuera por un observador exterior norteamericano, sino desde dentro), desde sus orígenes africanos y el relato de su vida antes  y después del cautiverio. Y, en efecto, con ayuda de intérpretes, el Juzgado se asombra de la historia de aquellos esclavos desde cuando crecieron en armonía con sus tribus hasta cuando fueron separados violentamente de sus familias, y esposas e hijas. Y el juicio toma una dirección diferente bajo el impacto de la pregunta: “¿quiénes son esos esclavos (es decir: ¿Cuál es su historia?)
Considerando la violencia urbana de las pandillas y otras manifestaciones agresivas y de desorden público en América Latina, habría que preguntarse: “¿quiénes son?” y tratar de narrar su historia. Dicho sea de paso, lamento que la tradicional división de las ciencias y de los programas educativos universitarios, tiendan a separar disciplinas y entorpecer, por ejemplo,  que un futuro periodista tenga la opción de tomar materias de historia y/o de filosofía y literatura durante su formación.
Pasando ahora a otras percepciones del desorden público, el final del siglo XX vio reunirse muchos jóvenes los fines de semana por las noches  en grandes ciudades como Barcelona, en sus calles del centro, hablando y a veces escuchando música y derrochando alegrías y arrebatos agresivos, y vio también las “barras bravas del fútbol en las grandes ciudades como decididos a sacudir la civilización de su modorra demostrando que la agresividad es parte viva del ser humano y no se la debe ocultar, sino, por el contrario, hacerla “salir del clóset”, o como en los violentos encuentros callejeros entre la policía y las bandas de jóvenes de Río de Janeiro, en el mismo espacio público de donde salen las danzas y las alegrías de los carnavales, demostrando que tienen cierto sentido de lo que es el poder, que no coincide con el lenguaje oficial de las sociedades, y por esa razón,  también aspirando a  dejar de ser invisibles para los demás, que pretenden seguir su vida propia, sus intereses particulares como si ellos no existieran. De ahí que traten de mostrarse, de hacer su aparición en el espacio público de forma estruendosa. 
Sobre este fenómeno no se ha formulado la pregunta: “¿quiénes son?” sino la pregunta: “¿cómo se relacionan entre sí?”, como muestra, en  su  libro: “En el crisol de las apariencias” (México, Siglo XXI, 2007) el sociólogo Michel Maffesoli,  quien  dice que “los clanes, las pandillas, los grupos de presión”  que  él ha denominado “tribus postmodernas”, son nuevas formas de lo que denomina: “re lianza”, es decir, de relaciones de confianza, estrechas, cercanas,  emocionales y  sensibles, establecidas por las juventudes actuales sin motivos políticos o contractuales. En el libro “El re encantamiento del mundo” (Bs. Aires, Dedalus, 2009) afirma  que son  formas de participación emocional y  mágica, que  se dan, p. ej.,  en Londres, Barcelona y  Berlín, donde la juventud se reúne “para vibrar al ritmo de la música, de la ingesta de “productos” prohibidos o sencillamente para estar juntos. Es una “identificación emocional”, “experiencia del ser colectivo”,  al comulgar con sus héroes deportivos, musicales, religiosos y políticos. Maffesoli no parte ya de la división de espacio privado y público, sino de algo más fundamental, que pretende superar  esas divisiones. Se trata de un  espacio común  concebido como un conjunto de referencias reales o simbólicas  que se comparten  con los demás,  “ya se trate de olores, ruidos, texturas vegetales y físicas, y colores también”, así como  también símbolos, en la tecnología mediática.  Hay allí un hedonismo del presente como si siguieran  al poeta latino  Horacio cuando invita a “carpe diem”, es decir,  “gozar el momento presente” y olvidar por un instante el pasado y el futuro.        

Ahora bien, el profesor Maffesoli observa que esos grupos o, como las llama,  tribus posmodernas,  ya no siguen  un partido,  ni una ideología política determinada.) Parece, (pero esta puede ser una errónea interpretación nuestra de las consecuencias políticas de su importante obra), que  lo que desde la Edad Moderna llamábamos “el pueblo”, concebido como sujeto de la historia y activista político, habría  desaparecido y en su lugar habrían surgido  en nuestro tiempos unas masas silenciosas, a  las que los políticos y mercaderes  tratan de acercarse hoy por medio de sondeos, estrategias de seducción publicitarias y tentaciones consumistas. Sin embargo,  aunque no conocemos la opinión del profesor Maffesoli al respecto, el ejemplo de los “Indignados”, parece indicar que hay nuevas formas de ver la política. 
En efecto, durante una entrevista en el curso de una de las versiones del “Hay Festival” de Cartagena,  el  periodista y profesor  Oscar Guardiola  llamó la atención sobre  la nueva tendencia de algunos de los grupos del tipo de los que protestan en Wall Street o del tipo de los “indignados” a  defender los  bienes comunes. En efecto, al leer los periódicos o ver los noticieros  se ve que protestaron  por la impunidad de los empresarios y banqueros  escondidos tras las fachadas de las multinacionales  con capitales refugiados en paraísos fiscales como los de las Islas Caimán, de donde salen para realizar  fusiones de empresas  de dudosa  legitimidad, amparados en la creciente desregulación económica  comandada por el F.M.I. y para  apoderarse  de los “Bienes públicos”, como el agua,  la tierra, los parques naturales,  el subsuelo y, en fin,  el patrimonio natural, cultural, y turístico de las comunidades.                     

Modos exóticos y anormales de aparecer en el espacio público también se muestran en la literatura. El  novelista Germán Espinosa,  en su obra “Los Cortejos del diablo”,  representa al  espacio público de la Cartagena del siglo XVII  como el  lugar del enfrentamiento entre  “la ley y el deseo”, según concluye, después de un riguroso estudio de dicha obra,  el   profesor  de  literatura de la Universidad Nacional Luis Rozo Jiménez en el libro: “Las Carta genas  de Germán Espinosa”.  (Bogotá, colección “Punto Aparte”, F. de Artes de la Universidad Nacional, 2010). El profesor Rozo indaga, con el enfoque de  Michel Foucault,  de qué manera ciertas instituciones,   al regular las prácticas urbanas, determinan las formas del discurso sobre la ciudad.  

En efecto la novela permite contrastar la ciudad institucional y su discurso legal con la ciudad “habitada por una comunidad que se resiste a las limitaciones dogmáticas de una ley impuesta y, muchas veces, incomprensible”. La rebelión de esclavos promovida por el brujo   Luis Andrea,  la toma de las playas de santo Domingo por el mago   Mardoqueo  y   la escandalosa   caravana de la  hechicera Rosaura para   revelar  la importancia del poder de las brujas frente al de las instituciones coloniales, muestran  que el “discurso de la locura, del deseo y la histeria  se hace público y gobierna la ciudad desde el espacio abierto y las prácticas colectivas”. La novela muestra que “La lucha entre las instituciones legales (Iglesia, Estado y familia) y una colectividad amorfa, histérica y, en su mayoría, anónima, se manifiesta en espacios abiertos y públicos”.  El fracaso del Inquisidor Mañozca frente a la caravana de Rosaura en plena “Plaza de Armas”, revela, en fin,  que “El control del espacio público resulta imposible y que dentro de las instituciones se viven conflictos de intereses que dificultan el gobierno de la ciudad”.
En conclusión, tanto la pregunta: “¿quiénes son? (¿cuál es su historia?”) cómo la pregunta: “¿cómo se relacionan entre sí?” son claves para tratar de hacer visible lo invisible y extraño que aparece en los desórdenes públicos.  



(In some Latin American countries, the media is limited to reporting on public disorder following the schemes of the state bureaucracy and therefore only show the phenomenon from the point of view of the outside observer. Unlike them. Journalist Ryszard Kapuscinski addressed the social struggles of Africa and Asia from the point of view of internal observer and tried to understand its history from within).




Comentarios

  1. Respuesta al Comentario telefónico de la estudiante Yosseline, que me dice formulará por escrito:
    Según ella, no es apropiado referirse a la posición fenomenológica, como aquella en la que el ser humano esboza un proyecto de vida, pues aunque es cierto que en la fenomenología hermenéutica de Heidegger el ser humano es un conjunto de posibilidades dentro de las cuales él tiene que escoger para esbozar un proyecto, también sostiene que el ser humano está "arrojado" a situaciones que no dependen de su conciencia.
    Ella tiene razón. Debo presentar excusas por no haber presentado, al tratar de caracterizar la posición fenomenológica tomando como modelo la obra del filósofo Martín Heidegger, la característica de que el modo de ser del ser humano tiene el carácter de haber sido "arrojado" a una situación no elegida libremente por él, pero, además, él puede existir de un modo inauténtico, siguiendo las modas, los hábitos o las formas colectivas de comportarse, incluso en lo que llamamos casos de desorden público.

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