EL CARIBE, LA NATURALEZA Y LA LIBERTAD. LOS MANGLARES VISTOS POR ALEJANDRO DE HUMBOLDT.
Por Nayib Abdala
¿Qué es lo que algunos
llaman “El Caribe” y por qué algunos sostienen que la palabra enlaza a la
antigua ciudad de Cartagena de Indias con todas las costas lejanas bañadas por
el mar del mismo nombre? Fue en el ámbito de la filosofía, en la Fenomenología, donde encontré la idea de que
en la existencia cotidiana no hay conciencia explícita del mundo en cuanto
mundo, sino más bien de lo que puede ser llamado "mundo ambiente” o
“entorno” (para traducir la palabra alemana “Umwelt”) que enfoca al mundo a
partir de las preocupaciones concretas de los pueblos. Cuando en el capítulo XVI de su obra: “Del
Orinoco al Amazonas” el sabio Alejandro de Humboldt describe a Puerto Cabello
en Venezuela, lo relaciona con un “mundo
ambiente” mucho más extenso, cuando, al hablar del comercio y del contrabando dice que “el tráfico más intenso es el ilegal
que se verifica con las islas de Curazao y Jamaica” (1).
Se puede decir, pues, que
la ideología del contrabandista, los intereses de los comerciantes y las necesidades de los artesanos determinan en parte el “Umwelt”
de ellos. No se trata de un espacio de objetos materiales, sino de lo que
indica la palabra griega “pragmata”, es
decir las cosas útiles, pero no en el
estrecho sentido de la herramienta del obrero, pues uno se puede “servir”
también de una opinión, un pasquín, de
una creencia supersticiosa. El
comerciante ilustrado del Caribe colombiano vive el distante “Umwelt” del
comerciante de Jamaica. Humboldt observó
el miedo que suscitaban entre los criollos independistas (para él más
bien autonomistas) de los puertos de Venezuela, las noticias de las rebeliones de esclavos de Haití y de
Jamaica. El mismo, aunque, como hemos aprendido de los exhaustivos trabajos del
profesor Michael Zeuske, era escéptico sobre las verdaderas intenciones de los
criollos, que parecían buscar una especie de república para los blancos, sin
abolir la esclavitud (2) no pensaba como un “jacobino” ni se comportaba
exteriormente como los abolicionistas, pero cada vez que le parecía oportuno y necesario,
expresaba su rechazo de la esclavitud con argumentos. Además, durante su viaje
por Venezuela se nota su preocupación
por el bienestar de los indios y de los negros.
Ahora bien, el caminante
de la Ciudad de Cartagena de Indias que intenta pasar desde la vieja ciudad
amurallada hasta el Castillo de San Felipe, tiene que atravesar el histórico y
heroico barrio de Getsemaní y encontrar como parte del “Umwelt” los
manglares que rodean la bahía. Algunos ciudadanos han propuesto acabar con estos
manglares, a los que catalogan como obstáculos para el progreso de la ciudad, a
pesar de que, a lo largo de la historia han servido de muchas maneras a las
necesidades humanas.
Es por eso que uno se
pregunta qué pensaba de los manglares un científico botánico como Alejandro de
Humboldt, quien visitó la Ciudad en una época cercana a la Independencia. Como no hemos encontrado
este dato, nos vamos a limitar a presentar aquí, no con pretensión científica, pues
lamentablemente no sabemos de botánica,
sino con la intención de encontrar su opinión o lo que Rousseau llamaría su “sentimiento
de la naturaleza” durante su encuentro con el mangle en el hermano país de
Venezuela, tal como lo narra él mismo en su mencionada obra: “Del Orinoco al Amazonas”.
Estando de viaje de
Cumaná a la Guaira y a Caracas, en 1799, encontramos en el capítulo cuarto que,
al tropezar con los manglares se limita a trazar una relación entre el manglar
y la salubridad de la atmósfera o del aire que a los profanos en botánica nos
deja curiosos: ¿Es beneficiosa o dañina esa relación? :
“En la desembocadura del
río Santa Catalina, muy poco caudaloso, el borde de la orilla aparece cubierto
de esas plantas llamadas “mangles” (Rhizophora Mangle”): pero esos manglares no
son lo bastante extensos para influir en la salubridad del aire de Cumaná”.
Ahora bien, este primer
encuentro es muy seco o sobrio si se compara con el beneplácito que manifiesta
inmediatamente después, cuando sigue remontando el río y encuentra otras
plantas: “Si se sale del arrabal indio y se remonta el río en dirección sur se llega primero a un bosquecillo de cactos, y
luego a un lugar maravilloso, sombreado por tamarindos, árboles de Fernambuco, bombax y otros
árboles”.
Sólo volvemos a encontrar
mencionado el mangle en el capítulo XI,
cuando, en rumbo todavía a La Guaira, se
detienen en el pequeño puerto de Higuerote, con sólo algunas chozas de
“pescadores mestizos”, donde: “las selvas avanzan hasta la orilla, la cual está
cubierta por una maraña de esas plantas llamadas “rizóforas”, “avicenias”,
manzanillos y de la nueva especie del género “suriana”, y, acto seguido, agrega un comentario inquietante : “a estos
matorrales y sobre todo a las emanaciones de los mangles se atribuye aquí lo
malsano del aire”.
Uno se pregunta si había
entonces, como parece que lo hay ahora una tradición o prejuicio tradicional
americano contra el mangle por juzgarlo peligroso para el medio ambiente.
Humboldt se limita a informar sobre esa opinión, sin rechazarla ni apoyarla en
ninguna de las dos menciones, pero, en cambio, suelta a continuación unas
palabras muy importantes para conocer su punto de vista sobre el tema. En ellas
no sólo se describe cómo se desarrolla el mangle en su hábitat, sino también se
ensaya una especie de hipótesis sobre su función de intermediario entre la selva y el mar y su
génesis que puede durar siglos:
“Doquiera que crecen
mangles en la orilla del mar se congregan en la playa multitud de moluscos e
insectos. Estos animales son amantes de la sombra y la penumbra, y en el
entramado de las raíces encuentra protección contra el oleaje. Los crustáceos
se aferran al enrejado; los cangrejos se introducen en los troncos huecos; las
algas que el viento y la marea arrojan a la costa, quedan colgando en las ramas
que se inclinan hasta el suelo. Así, a medida que el cieno se va acumulando
entre las raíces, la tierra firme avanza poco a poco a través de las selvas
ribereñas. Los mangles y demás plantas que crecen siempre en aquellos parajes,
mueren en cuanto el suelo se seca y sus raíces pierden contacto con el agua
salobre. Sus viejos troncos, cubiertos de crustáceos y medio enterrados en la
arena revelan, al cabo de los siglos, el camino que siguieron en su migración y
el límite de la zona terrestre que han arrebatado al mar”.
Así que Humboldt no sólo
amplió la visión del mangle hasta considerar su evolución y su formación, sino
que mostró sus funciones esenciales, que parece que no ven los que proponen
acabarlos o idean proyectos para superponerles construcciones urbanas, sino
también alcanzó a ver huellas de los “cementerios” de mangles que se van
muriendo a medida que sus raíces ya no encuentran contacto con el agua del mar
debido a que han cumplido con su tarea
de ganarle terreno al mar desde la selva.
Un famoso cementerio de
esos estuvo en las redes hace algún tiempo, por otro motivo, cuando fue denunciado un desastre ecológico
en un parque llamado de Salamanca al norte de Colombia, atribuyéndose entonces
el daño a la construcción de una carretera que cortaba la comunicación entre el
mar y las aguas de una ciénaga.
En esos cementerios los
árboles muertos forman unas extraordinarias y exóticas figuras blancas, como
esqueletos con múltiples formas, que parecen darse un abrazo final antes de
morir, si es que se puede hablar de la muerte entre estos seres orgánicos. Pero
dejan en el ambiente una sensación de que algo grande se ha perdido.
No pude encontrar para
citarlos algunos pasajes en los que da la impresión de que Humboldt respalda la
opinión de que el aire húmedo de las tierras bajas puede ser considerado como
una de las causas de ciertas enfermedades (constantes fiebres intermitentes ) y
donde se aconseja a los enfermos a buscar zonas más altas, con el aire más
seco. Por cierto que en la Cartagena de Indias centenaria se enviaba al pueblo
de Turbaco a ciertos enfermos para que se curaran con el aire más seco de esa
población más alta. En ese caso no sólo serían los mangles (¿en
descomposición?) los que vuelven insalubre a una región al nivel del mar, sino
también otros factores como la humedad.
Por cierto que en varias ocasiones Humboldt se
refiere a otro desastre que alcanzó a observar en ciertas zonas: la
desforestación, no sólo en el campo, sino en las ciudades.
Busqué por entre las
escenas de una hermosa película española recientemente estrenada (“Truman”)
huellas de la relación del ciudadano de
Madrid y de Ámsterdam con la naturaleza en los espacios públicos y al observar
los pocos y enanos o débiles árboles en algunas esquinas, bulevares y
plazas me pareció que no se diferenciaban en nada de los pocos árboles
deprimidos de algunas plazas públicas de América Latina.
En cambio, es difícil
olvidar la grata impresión que deja haber observado escenas del Jardín Botánico
de Madrid durante una bella exposición reciente en la Casa de la Cooperación Española de
Cartagena de Indias. Y en la Biblioteca de esta misma casa está la documentada
expresión pictórica del profundo estudio de las plantas de América por la gran Expedición
Botánica uno de los monumentos imperecederos de la mutua cooperación cultural
entre la metrópoli y sus colonias. (Donde por cierto vengo buscando hace rato
el Mangle con mucha dificultad, sin éxito).
Hoy no recuerdo haber
recibido durante mi formación en la secundaria, ni informes sobre la Expedición Botánica, ni sobre los
viajes del científico Alejandro de Humboldt, ni sobre la importancia de la
relación del hombre con la naturaleza, ni sobre la lucha por la abolición de la
esclavitud en la época de la Independencia y sólo gracias a la lectura de
Humboldt y de los estudios de Zeuske me he asomado a un vasto panorama en el
que vale la pena detenerse antes de morir.
No se trata de culpar a
nadie, pues en el fondo, cada uno, por joven que sea, debe “prestar atención”
(me parece esta la expresión más acertada para lo que trato de decir) en el
sentido de formular buenas preguntas
sobre los temas que los maestros exponen en clase. Sin preguntas estimulantes
el maestro puede caer en el tema la clasificación
de las plantas sin ocuparse de expediciones botánicas ni de la experiencia de
los viajes de los científicos que las descubrieron y le dieron importancia a la
relación de la ciudad con la naturaleza. Luego encontré que no sólo yo, sino tampoco
mis familiares jóvenes sabían orientarse
en la Ciudad, ni conocían muy bien el nombre de las plantas, aunque, menos mal,
tuvieron la suerte de haber sido llevados al Jardín Botánico que no existía en
nuestra época.
Por otro lado, los
relatos de mis condiscípulos acomodados que tenían la posibilidad de viajar por
las Islas del Rosario y por lugares como Matute, ese paraíso vegetal cerca de
Cartagena de Indias, donde hoy se encuentra el Jardín Botánico, visitado, según
se dice, por el sabio Humboldt, me asomaban
a un mundo desconocido, lleno no sólo de plantas y animales exóticos (los monos aulladores), sino también de mitos
y leyendas. Cuando en cierta ocasión un compañero, muy buena persona, me pidió que
lo acompañara a su finca y, después de caminar un largo trecho por entre la
maleza les disparó a un par de gavilanes, a los cuales terminó de matar a
garrotazos cuando los encontramos vivos, todo me parecía natural incluida la
razón que nos dimos para justificar el disparo: “ellos merecían esa muerte por
atacar a muchas aves “buenas” como las palomas torcaces, y, además, los garrotazos fueron para evitarles el
sufrimiento. Hoy, en la distancia temporal me pregunto cuál era el “sentimiento
de la naturaleza” que yo tenía entonces.
La idea de que existe un
temple de ánimo fundamental en nuestra relación con la naturaleza la he
descubierto con mis lecturas desordenadas de Rousseau. Pero no la he aclarado
lo suficientemente todavía como para entrar en el tema. Sin embargo, no la
separo de lo que Rousseau dice sobre su estado de ánimo cuando paseaba
solitario por la campiña francesa del siglo de las luces. En su libro sobre las
memorias de un paseante solitario hay un momento en que se refiere al
“sentimiento de la existencia”, es decir, al tomar conciencia de que en tal
momento y en tal lugar está en relación consigo mismo y, al mismo tiempo con la naturaleza. ¿Se trata de dos sentimientos
diferentes o de uno y el mismo, de tal manera que sentir que existo es al mismo
tiempo sentir que soy parte de la naturaleza? Me parece que en Humboldt no se
puede separar lo uno de lo otro.
(1) (Traducción de Francisco Parayois.
Barcelona, Guadarrama/Punto Omega, 1982
(2) http://rcientificas.uninorte.edu.co/index.php/memorias/article/viewArticle/2006/5128
Michael Zeuske. Una revolución con esclavos y con Bolívar.
Memorias, N° 14. 2011. Se
consultó el día
23 de diciembre a las 8:00 am
(While in some places of Latin America is growing the
deforestation, on some pages of the story of the journey of the wise Alexander
von Humboldt from the Orinoco to the Amazon, it looks like he would rather put together the defense of nature
and the defense of freedom).
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