ACTUALIDAD DE LA PREGUNTA POR LA ESENCIA DE LA ACCIÓN HUMANA.


Por Nayib Abdala Ripoll

Cada vez más aparecen huellas en el arte actual de la necesidad de poner atención a lo que hacemos, como si pudiéramos estar autodestruyéndonos sin darnos cuenta.  A veces me parece que hay dos respuestas diferentes en el cine actual, una de las cuales se encuentra  en la película colombiana “El abrazo de la serpiente” (“The Embrace of the Serpent”),  en el transcurso de la cual se enfrentan dos actitudes diferentes, la de un indígena y la de un científico, frente a la misma  “acción" elemental de  buscar una planta en la selva. La otra película, "La gran apuesta", muestra de què manera varios apostadores norteamericanos que compran y venden  acciones de la bolsa, son guiados astutamente por corredores de bolsa a dirigir sus apuestas en favor de determinadas compañías y en contra de otras, con el resultado de la ruina de muchos ciudadanos que habìan depositados los ahorros de su vida en algunas de las compañías de finca raíz que resultaron perjudicadas por los movimientos desordenados de los jugadores bursátiles, No hay en este caso  una acción elemental como la de buscar una planta, sino unas jugadas prefabricadas por el lenguaje de las computadoras que los jugadores se limitan a operar sin que nadie los vea.

En la película "El abrazo de la serpiente" todo parece llegar a un punto culminante cuando el indígena bota al río los instrumentos del científico y le rompe el mapa, para que renuncie a su actitud dirigida por el afán de dominio de la naturaleza y se desnude de todo lo que lleva, requisitos para  escuchar la canción de sus ancestros. Así, pues, se le pide que  adopte cierta actitud  pasiva, diríamos, para “dejar que la selva sea lo que ella realmente es”,  pues,  en realidad, la selva,  para el indígena, como para algunas civilizaciones tempranas del Oriente, es como una persona, un “tu”, no una cosa.

En esta forma vemos que lo que parece una y  la misma acción, la de buscar una planta, en realidad se muestra como dos acciones diferentes, la del indígena y la del científico, porque corresponden a dos tipos de “subjetividad”, como diría la filosofía moderna, o a  dos “subjetivaciones" diferentes, como diría el filósofo francés Michel Foucault, quien buscó superar la concepción  moderna, inaugurada por Descartes, del  ser humano como  el “sujeto” que domina a la naturaleza y la convierte en objeto, y en su lugar propuso  considerar más bien las diferentes formas de “subjetivación”, es decir, del trabajo que ejercen las personas sobre sí mismas para transformar sus vidas o para reaccionar contra un poder oprobioso ejercido sobre ellas por los más poderosos o por el mismo Estado.  

Por cierto que la película parece mostrar que, para conseguir la planta, el científico extranjero debe pasar por un proceso de subjetivación singular, pues debe purificarse, desprenderse del “apego” a sus instrumentos, cumplir las prohibiciones que demanda la selva y aceptar  con fe las revelaciones que puede otorgar el sueño, bajo los estados producidos en su cuerpo por los brebajes de determinadas plantas. 

En esta forma la película ha presentado el mundo indígena como algo diferente del que muestran los avisos a la entrada de las misiones de los capuchinos que anuncian su objetivo de evangelizar a los “salvajes” caníbales. La película denuncia, además, la violencia ejercida por las corporaciones comerciales (los caucheros”) y por el Estado contra los indígenas de las fronteras, lo que ha provocado la desaparición de tribus enteras. 

Se trata de una obra del arte cinematográfico comparable a  las novelas del africano Chinua Achebe en África, las cuales, en especial la titulada “Todo se desmorona”, muestran que existe un “mundo propio”, con un sentido diferente de lo que es la acción y la responsabilidad, en las tribus africanas, el cual merece respeto por parte de las autoridades inglesas invasoras y que no ha salido bien librado en estupendas  novelas escritas por los europeos como “El corazón de las tinieblas” de Conrad.

En segundo lugar, en la película  “La gran apuesta”, hay un grupo de seres humanos que propiamente no actúan,  sino que responden a las señales que les da una multitud anónima por medio de un  computador  que les indica cuándo deben ejercer una función (invertir dinero) exigida por un sistema, supuestamente el mercado, en el cual se encuentran insertos como si alguien los hubiera arrojado allí para que simulen un juego, aparentemente inocente, sin responsabilidades para con ninguna persona en particular, el juego de apostar.

Una de las mejores escenas de la película es la que muestra, cuando los apostadores ganadores  expresan su júbilo, la reacción de uno de ellos que les advierte que han apostado “en contra” de mucha gente que ha dedicado los ahorros de toda su vida para comprar la casa, lo que quiere decir que han apostado “contra los Estados Unidos”. 
El aparentemente inocente juego puede tener consecuencias mortales. En efecto, la película llama la atención de vez en cuando al aumento de los suicidios entre las víctimas del juego. 
 
El tema de la acción humana ha sido objeto de estudio por la filosofía y a continuación contaremos nuestras vicisitudes con el mismo y la forma en que nos ha conducido a otro tema fundamental y actual que tiene relación con lo que vimos en el mundo del cine, es decir, a la pregunta  de si  y de qué manera el que ejecuta la acción puede ser transformado por ella, como parece que lo fueron algunos protagonistas de las películas comentadas.

Nuestro primer encuentro con el tema de la acción humana fue la pregunta por el origen y el sentido de un esquema teleológico usual de la acción moral como la realización de unos “fines” que la “voluntad” se propone realizar con algunos “medios”, esquema que encontrábamos en todos los manuales de filosofía supuestamente seguidores de la ética de Aristóteles, continuada por Tomás de Aquino en la Edad Media y por sus herederos en la actualidad.

Nos preguntábamos si dicho esquema había sufrido alguna gran transformación en la Edad Moderna, con motivo de la nueva fundamentación que el filósofo del siglo XVII René Descartes había planteado del conocimiento humano, al mostrar que el primer principio de toda ciencia debe ser la indudable certeza de la proposición “pienso, luego existo”, único punto de partida verdaderamente indubitable, es decir, que soportaría los intentos de refutación del escepticismo. 

Pero Descartes, a pesar de mostró que la ciencia no podía explicar los fenómenos naturales aduciendo que tenían la “finalidad” de servir al ser humano, no se opuso a que se siguiera usando ese esquema finalista o teleológico en  la filosofía práctica.

En aquella época no habíamos puesto atención a que precisamente los herederos de Descartes, como Hobbes y Spinoza, habían cuestionado el esquema “teleológico” de Aristóteles, es decir, la tesis de que toda acción humana está dirigida por un fin, elegido por una voluntad “libre”. Con su materialismo y la gran importancia que le daban al cuerpo humano habían reemplazado el esquema teleológico por uno causal, que permitía buscar la génesis de la acción en las “tendencias” naturales del ser humano, lo que condujo a Spinoza a situar en primer lugar al “deseo” y al esfuerzo por conservar su ser, como base de la acción del ser humano. 

En la década de los sesenta cuando estudiábamos filosofía con un discípulo colombiano de Heidegger,  Danilo Cruz Vélez, en la Universidad de Los Andes, no  teníamos noticia de los manuscritos inéditos  sobre ética de Husserl, pero desde la década de los cuarenta se había traducido en España la obra de un discípulo suyo, Max Scheler titulada: “El formalismo en la ética y la ética material de los valores”  después de cuyo estudio  llegamos  a la conclusión de que en el fondo, allí se conservaba el esquema clásico de la acción  mencionado arriba, aunque ahora se preguntaba de  dónde sale el fin de la acción  y se respondía que procedía de las “tendencias” del ser humano,  y, tras una breve discusión con Freud por su reducción de esas tendencias al impulso sexual, se fundamentaba la teoría de los “valores” como otra posible fuente de la dirección de las tendencias y, por tanto, de los fines de la voluntad. Pues él construyó una tabla de valores que se daban "a priori"· a todo sujeto antes de la acción moral, la cual en lo que concernía a su mérito dependía de si el sujeto de la acción prefería los valores màs altos de la tabla frente a los màs bajos, o si por el contrario, prefería por ejemplo un placer sensible a una virtud moral.

Gracias a la excelente guía personal y desinteresada del profesor Carlos Bernardo Gutiérrez de la Universidad de los Andes, quien me permitió asistir a algunas de sus clases regulares, me enfrenté a la obra Verdad y Método" de su maestro  Hans Georg Gadamer, seguidor de la llamada filosofía hermenéutica (cuyo origen hay que buscar en el discípulo de Husserl, Martín Heidegger), y, además, leí un ensayo en el que mostraba que ninguna persona antes de actuar consultaba una “tabla de valores”, por lo que la teoría de los valores de Scheler quedaba profundamente criticada.

A pesar de que antes de estudiar a Scheler, había seguido los seminarios sobre la obra “Ser y Tiempo” de Heidegger bajo la guía de  Danilo Cruz Vélez, estaba convencido de que, como Heidegger  no había escrito una ética, no se podía basar en él el estudio de la acción humana, sin caer en la cuenta  de que en su obra el ser humano es presentado como un ser  que está en relación práctica con el mundo, en trato con el mundo, lo que luego permitiría a su discípula Hannah Arendt plantear  la acción como tema central de la política, pues para ella había que partir de la pluralidad de los seres humanos para estudiar la acción, para lo cual se necesita que se singularicen en un espacio público, en un “mundo común”, presupuesto por toda verdadera acción polìtica.

Hoy, tras el estudio  de la obra de Ernst Tugendhat, crítico de Gadamer y de Heidegger he descubierto la importancia que tiene para el estudio de la acción la concepción  que tiene Heidegger del ser humano como capaz de cierto “comportarse consigo mismo”. También  Hubert L. Dreyfus, el gran intérprete en los Estados Unidos de la obra de Heidegger, ha mostrado la importancia que tiene para el estudio de la acción el tema de la  diferencia de enfoques del problema del sujeto de Heidegger y Foucault, debido a que  el primero deja de usar, para caracterizar al ser humano,  el concepto de sujeto, para reemplazarlo por el del “ser en el mundo”, mientras que el segundo lo conserva pero transformándolo en el concepto de subjetivación, o del cuidado de sí “como práctica de la libertad”.

El estudio de la acción humana es necesario para comprender la actual y predominante concepción del mundo  como un espacio anónimo  de competencia entre corporaciones de negocios, por encima de la vieja “soberanía nacional”. Dicha concepción ha sido impuesta al mundo  no sólo por los “media”, sino también por algunos prejuicios de los hombres de negocios que, tal como los presenta la mencionada película “La gran apuesta”, están tan necesitados de “hacer” algo con sus enormes ganancias que inconscientemente conciben el mundo como un casino. 

Por otro lado, a consecuencia de la decadencia del concepto de la acción política, la política ha dejado de tomarse las plazas públicas y los candidatos ya no juzgan necesario presentar sus metas y estrategias  a las grandes masas reunidas en el espacio público, el cual más bien se ha llenado de espectáculos promovidos por las grandes corporaciones para hacer propaganda a sus productos.

También la elemental protección de la seguridad de los ciudadanos fue transformada por el cientificismo y la idolatría de la computadora. En algunos países latinoamericanos durante la década de los ochenta, se escucharon por radio declaraciones de generales de la policía que al regreso de sus cursos de ascenso en los Estados Unidos decían que para adecuar la policía a las exigencias de las sociedades modernas había que acabar con la vieja costumbre de poner un policía en cada esquina y más bien proceder con base en la estadística, es decir, a patrullar por “muestreo” para localizar los sitios y poblaciones más problemáticos. No tuvieron en cuenta que esa metodología la practicaban países con una larga experiencia adquirida mediante oficinas centralizadas de investigación del crimen.

 Si a esto agregamos la propaganda contra los derechos humanos que se hicieron desde los noventa por los “media”, la escasa confianza de algunas poblaciones en la policía que las inducía a no denunciar los delitos, y la excusa de algunos administrativos de la policía de que para ellos era imposible perseguir al criminal si no se denunciaba el delito, no es de extrañar que a veces en algunas parte del continente se quejen de la retirada de la policía del espacio público o de su presencia discreta o indiferente.
  
Ahora bien,  si buscamos hoy una expresión que sea equivalente a lo que en la filosofía se entiende por subjetivación, es decir la capacidad del ser humano de adoptar una forma de vida y de moldearse a sí mismo,  nos encontraremos muy probablemente  con la común valoración actual  de la persona “proactiva” o movida por fines positivos, cuya conducta supuestamente  es optimista y promotora del avance y  del progreso en el mundo de los negocios.

Se puede incluso  notar en algunas memorias de hombres de negocios de hoy  que los que hablan de la necesidad de ser “proactivos” son empresarios  que muchas veces  capacitan ellos mismos a sus empleados tratando de unir el agua con el aceite, es decir, las virtudes cardinales de la tradición greco-romana (prudencia, templanza, coraje y justicia), con los nuevos “hábitos” que producen el éxito empresarial, olvidando que las primeras pertenecen a un mundo desaparecido en el que, como decía el filósofo Hegel, la comunidad  (la “ciudad” o la “república”) era más importante que el individuo y  en la que se llegaron a buscar muchas formas de vida en “armonía con la naturaleza”, que era lo que hacía  a la vida digna de ser vivida y no las ganancias, la competición y la apuesta en los negocios entronizados por el mundo moderno.

En conclusión, la concepción pseudocientífica de la acción como conducta que responde a las señales de la computadora domina hoy el planeta y hace necesario plantear en vez del sujeto dominador  de Descartes, los modos de subjetivación diversos que según Foucault se enfrentan con creatividad  a los poderes dominadores que quieren igualar el mundo con un mismo paradigma del sujeto “proactivo” preparado para la  competición y consumo, concebido como natural y no como un mero resultado de la civilización.




(Today it  is neccessary to raise the question about  the essence of human action  in order to overcome  the usual and  current replacement  of action merely carrying out the tasks that the media and business corporations impose on citizens globally.)



Comentarios

  1. Gracias por su comentario, profesor D. Abdullah. Si lo entiendo bien me pregunta si en ambas películas se concibe al ser humano como un sujeto, pero en el sentido en que Foucault caracteriza como el de alguien "sujetado" o bajo el dominio de una institución como lo que Hobbes llama el Estado, es decir, una máquina artificial. Lo que no me permite responder que sí es que Usted se refiere a alguien que est{a sujetado por la "mano invisible" de Adam Smith, pues en este autor, no en su obra sobre economía, sino en su obra sobre los sentimientos morales me parece que hay una concepción del hombre como ser capaz de simpatía o sentir con los demás y siempre dudo si con esas palabras se refiere a que el ser humano puede ser un sujeto libre, a pesar de que está bajo el sistema económico que parece ser una mano invisible que, a pesar de los problemas sociales, termina por ordenarlo todo de la mejor manera.

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    1. Ampliación de la respuesta al comentario anterior. Por Nayib Abdala
      He encontrado en las lecciones de Foucault sobre bio-política, y en la clara y profunda reflexión del profesor Santiago Castro-Gómez sobre esta y otras obras de Foucault, un dato que quizás arroje más luz sobre mis dudas (que yo basaba sólo en la importancia que Smith da al sentimiento moral de la simpatía) con respecto al comentario del profesor D. Abdullah, en el sentido de que la idea de la “mano invisible” podría considerarse como un ejemplo de un sistema de control o de dominio ejercido por el poder sobre los individuos en cuanto sujetos “sujetados”. Y es que en Smith, como en Kant, la libertad juega un papel muy importante en la concepción del sujeto, pues para el cabal funcionamiento de la economía, los sujetos de los intercambios deben ser concebidos como capaces de gobernarse a sí mismos.En general, explica el autor, el paso del Análisis de las Riquezas al de la Economía política implica una superación del apogeo del poder como dominación y en su lugar lo concibe como "juego estratégico". (Santiago Castro-Gómez. Historia de la Gubernamentalidad, Razón de Estado, liberalismo y neo-liberalismo en Michel Foucault –Bogotá. Siglo del Hombre Editores; pontificia Universidad Javeriana-Instituto Pensar: Universidad Santo Tomás de Aquino, 2010).

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