EL PROBLEMA DEL MAL. PERSONA, ACCIÓN Y FUNCIÓN. LOS CIUDADANOS Y LAS CORPORACIONES.
Por Nayib Abdala
Ripoll
¿Son las corporaciones nacionales o multinacionales fuente de
prosperidad o de depredación de los recursos de los países del Tercer Mundo, por
medio de “capitales golondrinas” y “paraísos fiscales”? Mi criterio para
decidir es el de preguntar si por “prosperidad” se entiende el aporte de más
opciones para el ciudadano y por “depredación” justamente lo contrario, es
decir la monopolización de los
instrumentos y bienes que pueden convertirse en opciones de su acción, para
obligarlo a comprar o a usarlos al más alto precio posible, incluido al precio
de su propia vida.
Opciones nunca vistas, como la de volver a convertir en
normal y frecuente el viaje cómodo por un
gigantesco río central como el del Magdalena, en Colombia, parece que sólo pueden ser asumidas por las grandes
corporaciones. Sin embargo, cada día aumentan las crecientes quejas de los
ciudadanos contra los supuestos abusos de algunas de esas corporaciones que
administran servicios públicos.
A pesar de eso me parece que no debemos apresurarnos en el
juicio y que debemos estar atentos a
reflexiones serias que inciden sobre el
tema como las del libro: “La Ceguera
moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida” (2015.
Traducido por Antonio Rodríguez Esteban. Barcelona, Paidós Estado y sociedad)
que reúne una serie de conversaciones
entre Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, y el profesor lituano de
política Leónidas Donskins sobre el problema del mal y el de su relación con el
actual predominio de las corporaciones multinacionales sobre la política y la
soberanía de los Estados nacionales.
Ellos examinan la evolución de la concepción del mal
desde las edades premodernas, cuando cierto fetichismo personificaba en la
figura del diablo todos los males sociales y al pasar al examen de la
Modernidad, advierten que las gentes todavía hoy tienden a demonizar, a
convertir en malas como si fueran encarnaciones del demonio a las
organizaciones sociales burocráticas, tal como cuando el juicio de Núremberg la
gente veía en los jefes nazis, como Adolf Eichmann, encarnaciones del demonio.
Por eso no les gustó mucho cuando la filósofa Hannah Arendt
descubrió en él una persona común y corriente, que se limitaba a cumplir con su
deber en esa compleja organización burocrática. Desde entonces se pudo ver que el mal se da en determinadas formas de
relaciones de poder y no encarnado en monstruos, brujos o demonios. El nazismo
fue engendrado por corporaciones burocráticas al servicio del Estado que se
autoconcebían como ni buenas ni malas, sino como “indiferentes” frente al
problema del mal. Como decía Arendt, es
una relación, no una sustancia.
Antes de la llegada tan definitiva de las corporaciones como fuente de empleo, el
panorama era diferente. El filósofo colombiano Mario Laserna proponía en la
década de los setenta, que se redujeran
las dos cámaras de legisladores a una y se constituyera un poder ejecutivo
fuerte en manos de lo que sus detractores denominaron un “dictador bueno”, único capaz de acabar con lo que él denominaba: “Fenaltrapos” o la “Federación
Nacional de Traficantes políticos”, nombre burlesco con el cual se refería a la
política clientelista del Frente Nacional.
En el fondo Laserna veía que los grandes fondos del Estado
destinados a sostener un gigantesco aparato burocrático de una “democracia” importada de una Ilustración
mal entendida, se debían invertir mas bien en la transformación económica del país. Aunque
hoy nos parecen controvertibles esas ideas, nos parece que él fue el primero
que planteó la necesidad de una reforma urbana que otorgara más opciones a los
ciudadanos en cuanto a transporte público y a movilidad, así como al cuidado de
la naturaleza.
Superada la alternación al final del Frente Nacional, con la
llegada de las corporaciones, los empleos se derivan de los contratantes y
subcontratantes de las multinacionales, en
medio, por cierto, de un pesimismo de la
ciudadanía y una sensación de impotencia
frente a esas gigantescas corporaciones.
Uno tiene la impresión de que la concepción de la acción
humana en esas corporaciones es percibida
por los ciudadanos no sólo como
ajena y extraña a la comunidad y a la
cultura, sino también como inspirada por
unas “reglas del juego” diferentes.
¿Por qué?
Una acción humana se puede dar entre dos o más “personas”, es decir, seres con
igual dignidad y capacidad de responder por sus acciones y sus consecuencias,
quienes, en caso de conflicto, pueden llegar a un intento de reconciliación “cara
a cara”, a pesar de que sólo hubieran mantenido anteriormente relaciones
contractuales impersonales.
Pero, como ha mostrado Bauman en otros casos, en las organizaciones sociales
burocráticas hay una enorme distancia entre la acción y sus
consecuencias, debido a que entre el ciudadano que reclama, por ejemplo, por un
mal servicio público, y la respuesta a su reclamo, hay una serie de
intermediarios que han hecho irreconocible
cuál fue la intención inicial
y a cuál de los múltiples sujetos
que subcontrataron con las corporaciones se les puede asignar la acción y a
cuál reclamar responsabilidad por los efectos, indeseados o no de la acción.
Por cierto que esta es una situación parecida, guardando las
distancias, a la de los ciudadanos que
reclamaban sus derechos frente a otro tipo de corporaciones, las financieras, en una famosa película norteamericana sobre la
crisis de 2008, cuando miles de ellos perdieron sus ahorros por el juego mortal
de los agentes financieros en las Bolsas de Valores. Parecía que al frente de
la operación no había absolutamente nadie.
Es pues, un problema a la vez filosófico y jurídico. Pero en
filosofía me parece que uno se pregunta en estos casos: ¿Se da ahí lo que se
llama una acción humana o lo que hay son una especie de muñecos autómatas o
robots que responden de manera “funcional” o “adecuada” a las señales de unos
computadores previamente programados por el gran cerebro cibernético de las
corporaciones?
Dicho en otras
palabras: ¿hay allí “personas” o meros robots que cumplen funciones previamente
asignadas por una máquina? O más bien, ¿se confunde allí la acción de una
persona con la función que desempeña dentro de un sistema social o técnico como
el mercado?
En el libro “Modernidad y Holocausto” Zygmunt Bauman ha
mostrado que en sistemas sociales y organizacionales como los de la burocracia
estatal de la Alemania de la década de los treinta, la organización opera de
modo parecido, es decir: 1) no sólo convierte en lejana la relación de las
intenciones de las acciones burocráticas con sus efectos, llenando de
intermediarios la distancia entre ellos,
sino que también 2) la misma
organización está diseñada para “borrar la cara” de los sujetos intervinientes y evitar así sanciones y demandas,
y 3) en el fondo se busca ocultar el
objeto de la acción, como por ejemplo entre nosotros, una empresa de servicios públicos puede simular apagones parciales frecuentes en ciertas zonas, con el fin de evitar que el daño sea visto en su dimensión total.
Eso de “borrar la cara” significa, que se trata de evitar que
el empleado o representante de la corporación trate al cliente como un ser
humano vulnerable, para evitar, por ejemplo, que tenga sentimientos de compasión. Esto lo
deducimos del hecho de que Bauman desde el inicio de su obra critique la
tendencia a reducir toda moral a lo que se llama la “moral social” o “moral
convencional”.
Si eso fuera verdad, entonces la moral social de América
Latina, en medio de guerras civiles o de violencia generalizada, aceptó unánimemente como normal que ciertas bandas “justicieras” les cortaran la cabeza a los campesinos denunciados como
traidores o disidentes y jugaran fútbol con ellas en plena plaza pública. Pero
eso es inaceptable, por la misma razón por la que Bauman rechaza la idea de que en la Alemania
nazi, por ejemplo, no hubiera ninguna persona que estuviera en desacuerdo con la
moral social.
El argumenta que hay ciertos fundamentos presociales de la
moral, que hacen posible que una persona se atreva a desafiar la moral social o
convencional, lo cual no se entiende desde los fundamentos teóricos de la
sociología. Pero Bauman parece basarse en parte en fenomenólogos como Max Scheler, para
quien hay ciertos valores que sólo son captables por determinadas
personas, dada su especial intuición
afectiva y no por todo su grupo social.
Además se basa en la
filosofía de Emmanuel Levinas, el gran pensador francés que en obras realmente
renovadoras del tema de la ética como “El Humanismo del otro Hombre” y “Ética e
infinito” trató de basar la ética en el rostro del otro. ¿Qué significa esto?
Que los que jugaban fútbol en Colombia con las cabezas de los acusados de terrorismo o de
subversión en el fondo tenían miedo de mirarlos cara a cara.
En efecto, no hay nada en la otra persona que nos muestre más,
no su poder, sino su debilidad, su contingencia, su vulnerabilidad, su estar a
la intemperie y dependiente de la acogida de los demás que la expresión de su
rostro, por ejemplo, cuando está en peligro o cuando pide algo vital, y por eso
muchas veces el que va a matar evita mirarlo a la cara, pues la impresión
podría hacerlo suspender su acción.
Entonces, concluye Bauman, la mirada del otro y no la moral
convencionalmente aceptada por la sociedad puede demandar de cada uno de
nosotros una responsabilidad inmensa para
mantenerlo con vida, incluso llegando a poner en peligro la propia. En esa
forma Levinas rechazaba las éticas que
basaban la conducta humana en un cierto instinto de supervivencia o de
conservación de la propia vida como las éticas de
Hobbes y de Spinoza.
En esta forma enlaza Bauman con Hannah Arendt y su
observación de que criminales como Eichmann no son necesariamente encarnaciones
del demonio, sino que pueden ser simplemente incapaces de pensar debido a que
están sometidos por comodidad a la moral convencional y en su caso, como
miembro de una organización burocrática, se limita a convertir sus acciones en
meras respuestas de obediencias a las
órdenes del sistema.
Y digo "a las órdenes del sistema", porque, como habíamos
mencionado al principio de estas notas, un efecto de la organización algunas de estas
corporaciones burocráticas consiste en diluir la responsabilidad de la acción
entre varios intermediarios o subcontratistas y alejar lo más posible el
momento de la adopción de los fines del momento de examinar las consecuencias.
Además, la organización divide la acción total en partes de
tal modo que Eichmann por ejemplo, decía que su misión era simplemente proveer
el transporte en tren de los prisioneros a los campos y eso era lo único que él
hacía, obedeciendo las órdenes superiores con todo el celo posible y con toda
“responsabilidad”, pero entonces, ¿acaso tenía “ceguera moral” para ver la
acción en su totalidad?
En cuanto a la tendencia de los empleados de las organizaciones burocráticas al servicio de regímenes autoritarios a decir que no hacían sino cumplir órdenes, no he
podido olvidar el impacto que me produjo leer en mi juventud el libro “Los
secretos del servicio secreto alemán” de Walter Schellenberg, uno de los jefes
secundarios de las S.S., cuando cuenta que en una ocasión le informaron que el
reglamento interno de esa organización había sido copiado en parte de la regla
de la orden de los jesuitas, por la cualidad de la obediencia total que exigía
de los novicios y que era considerada vital para los soldados del régimen.
En épocas premodernas, la utilización de actitudes religiosas
para respaldar acciones violentas se daba de otra forma, menos racional, más
pasional. Víctor Hugo nos hizo un esbozo
realmente impresionante de algunos de líderes de la revuelta de la provincia de
La Vendée contra la Revolución Francesa en 1793 como el Marqués de Lantenac, que mantenían ideologías políticas premodernas en plena Revolución francesa, en
su novela “Noventa y Tres”.
En dicho personaje el lector advierte que se encarna la idea de que el rey era el cuerpo de la
nación a la cual gobernaba por encargo directo de Dios, por lo cual un atentado contra él, como
representante del rey, lo era al mismo
tiempo, contra Dios, y sin Dios no había
justificación de la vida de su pueblo, por lo cual él mismo se sentía con
derecho para matar a todo “traidor” de modo parecido al guerrillero vasco
Zumalacárregui, mencionado en la novela “Paz en la Guerra” de don Miguel de
Unamuno y en las novelas de Valle Inclán sobre el
movimiento del “carlismo” español, quien
es representado rezando el rosario
mientras les va cortando las cabezas a los “afrancesados” cuya aniquilación no
se consideraba que fuera pecado, por tratarse de unos herejes hijos del
demonio.
En conclusión, antes de juzgar sobre las relaciones de la
ciudadanía con las corporaciones multinacionales sería bueno reflexionar sobre
cómo el problema puede comenzar a comprenderse
si se observa la evolución de la concepción del mal desde cuando era
personificado por figuras simbólicas como la del diablo, hasta cuando
se da la paradoja de que las grandes organizaciones sociales y
burocráticas que eventualmente pueden cometer el mal, se ven a sí mismas sólo como organizaciones tecnológicas, que en cuanto tales no son ni buenas ni malas. Serían más bien, como decía la Iglesia medieval, “adiafóricas”, es decir indiferentes. Como
tales pueden ser usadas para el bien o para el mal.
(The current
Latin American discussion about abuse committed by giant corporations that
manage, for example, privatized public services, represent an attempt to clarify the meaning of human actions mediated by corporations).
From: es_pulgar@hotmail.com
ResponderEliminar> Date: Sun, 17 Apr 2016 08:44:23 -0500
> To: nayibabdala@hotmail.com
>
> Shalom, Nayib
>
> Gracias por los números. Así es con relación a los servicios públicos como saben que no tienen competencia pueden hacer acciones que perjudican al usuario.
>
> Atentamente,
>
> Es
>
Pido a los lectores me excusen por haber reproducido un breve pero agudo comentario, como todos los del Dr. Suárez, experto en administración de empresas y en hotelería y gran estudioso de la espiritualidad y la religión.
EliminarEl plantea de manera muy sencilla que sin competencia entre las grandes corporaciones la que obtenga la totalidad de los contratos, por ejemplo, del Estado, se convierte de hecho en la más poderosa e impone precios y procedimientos como un monopolio. El problema, me parece que estaría entonces en el sistema de la globalización y del mercado mundial impuesto a través, me parece, pues sobre este tema no conozco sino los comentarios de los expertos, de las condiciones de los grandes bancos de reserva mundial a los países pobres para obtener préstamos y otros beneficios. Pero para comprender cómo funciona eso, tenemos que leer con mucho detenimiento lo que dicen esos comentaristas de economía. Yo prefiero seguir los de El Espectador, en especial los del profesor Sarmiento, aunque son muy técnicos, pues me parece que enfocan el problema desde el punto de vista de los menos favorecidos. Edgard siempre provoca con sus respuestas una crítica que uno tiene que aceptar. Por ejemplo, si el problema se reduce a la falta de competición entre las empresas, se convierte en un problema económico y deja de ser filosófico. Por eso me parece que para defenderme de una posible objeción de Edgar debo añadir que incluso si El Estado, en vez de someterse a la voluntad de las corporaciones, las sometiera a la Constitución y a las leyes y las obligara a competir entre ellas, si, a pesar de eso, su relación con el cliente comete las fallas que Bauman observa en las organizaciones sociales burocráticas modernas, el problema social actual seguirá.