CULTURA Y POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA: DE LA DICTADURA A LA DEMOCRACIA.
Por Nayib
Abdala Ripoll
Un posible aporte para reflexionar sobre la situación
política actual de América Latina nos
parece haber encontrado al comparar la forma en que dos pensadores
latinoamericanos, en dos períodos históricos diferentes, el colombiano Mario
Laserna en 1968 (1), y el chileno
Norbert Lechner en 2008 (2) reflexionan, a partir de premisas diferentes,
sobre la transición de sus respectivos países
de una dictadura a una democracia, y coinciden en que el problema central de sus
países es el de la pérdida del sentido de la “convivencia” y, lo que es más
sorprendente, coinciden también en prever
como un peligro inminente, el “individualismo” y el predominio de lo privado
sobre lo público.
Ahora bien, Lechner no basa su concepto de convivencia en el
concepto clásico del “bien común”, de raíces aristotélica, tomista y neo-tomista,
como hace Mario Laserna, y en su lugar parte de una enriquecedora
identificación de convivencia y cultura.
En efecto, él parte de la existencia actual de una pluralidad de puntos de vista sobre la
sociedad, lo que requiere pensar la
sociedad conformada por “sujetos”, es decir personas que están dando forma a su
vida mediante sus prácticas de cuidado de su cuerpo y de su identidad, en un
espacio de libertad (3).
Esto le lleva a plantear como problema principal actual de la
política, la necesidad de concebir una nueva relación entre cultura y política
o, como me parece diría el profesor Humberto Cubides, de la Universidad
Nacional, entre subjetivación y política.
Cubides comenta que para Lechner hoy no se puede fijar un
principio único que enfoque a la sociedad como una totalidad y por eso es
necesaria la cultura en política, para “construir la experiencia subjetiva del
nosotros” y subraya que para Lechner es necesario hoy un nuevo sentido común
que integre la pluralidad de puntos de vista y opiniones.
Ahora bien, Lechner advierte
también del peligro de caer en el
individualismo, pero por la complejidad creciente del sistema social y su
exigencia del nuevo tipo de sujetos políticos. Lechner no cree que el
individualismo sea un resultado de la concepción liberal manchesteriana del
ciudadano como sujeto universal de
derechos inalienables sin raíces en la comunidad, como afirma Laserna.
Laserna atribuye el individualismo al hecho de que hoy no sea
perceptible el bien común, pues no se refiere a derechos absolutos del
individuo que reclama y se esfuerza por ganar en la lucha diaria por la vida. El
bien común se refiere más bien a las
garantías y beneficios que recibe el ciudadano por el sólo hecho de pertenecer
a una comunidad, desde su seguridad al pasear por la ciudad hasta el disfrute
de los parques, museos, patrimonios culturales, el aire puro, la movilidad, el
medio ambiente sano y, como agregaríamos hoy,
la preparación para el cambio climático.
Aunque Laserna subraya unos cambios en el concepto
tradicional de bien común al sostener que no es algo inmutable, como hubieran
podido creer en el siglo XIX, sino que cambia con el desarrollo histórico, no
se detiene a considerar el problema que ya Hannah Arendt, en 1958, en su libro
sobre “La condición humana” había planteado, a saber, que para evitar caer en
ideologías totalitarias en política hay que
hay que partir de la condición humana de la pluralidad, es decir, que no
existe en política algo así como “el hombre” y una visión unitaria de la
sociedad, sino precisamente la política supone un mundo común en el cual los ciudadanos a la vez se encuentran y se
distancian, un espacio público conformado por ciudadanos que deliberan en
común, desde opiniones y puntos de vista diferentes y opuestos, acerca de las metas comunes de la acción
concertada por ellos.
Laserna no se refiere tanto a las características del nuevo
ciudadano que requiere su búsqueda de un nuevo Bien Común. El prefiere subrayar
la necesidad de un Estado fuerte, que no es, como se tiende a creer en América
Latina, una dictadura, sino sencillamente que tenga poder suficiente para hacer
factible el goce de los beneficios de pertenecer a una comunidad no sólo para
las mayorías, sino también a las minorías que puedan resultar derrotadas en la
contienda electoral.
Lechner sí se detiene en la reflexión sobre las
características del nuevo ciudadano, al partir del desafío que la globalización
plantea al individuo al dejarlo sin la protección del Estado y concebirlo como
un consumidor que tiene que decidir entre las opciones que le presenta el sistema del mercado sobre su futuro económico
y social, su seguro de salud, etc., y tiene que responder, en cada caso de modo
diferente, a las seducciones de las redes sociales y del mercado de las marcas.
Ahora bien, Lechner apunta con razón, que si se observa que
están cambiando vertiginosamente no sólo las prácticas de vivir juntos, sino
las representaciones e imágenes de la “convivencia social”, se hace urgente
preguntar por el impacto que dichos cambios tienen en la política. Y por eso
prácticamente todo su artículo está destinado a preguntarse por lo que llama:
la “dimensión cultural de la política”.
Si volvemos ahora al tema de la convivencia según Laserna, vemos
que él, en esos años sesenta, busca comprender por qué no se reflexiona sobre
la dictadura de Rojas, pues considera que todavía entonces persisten las
ideologías a las que atribuye el origen de la violencia que culminó en la
dictadura (y no a la religión católica y su crítica del liberalismo),
ideologías que tienen en común lo que llama el individualismo, producto del
liberalismo, no del partido liberal del país, sino del liberalismo europeo al
que atribuye la concepción del “Estado gendarme”, es decir, el Estado como espectador
del libre juego de los ciudadanos que reclaman sus derechos individuales,
Estado débil que se abstiene de intervenir en la economía y al que sólo le
queda el papel de policía para impedir, hasta donde sea posible, que se hagan
daño o alteren el orden público.
Su posición nos recuerda a la del filósofo Alasdair
Macintyre, quien participó en la discusión norteamericana de los años ochenta
entre liberales y comunitarios, con su propuesta de reconsiderar el concepto
político de Aristóteles a partir de dar nueva vida a lo que el autor griego
llamaba las “virtudes”, que Macintyre considera verdaderas prácticas inspiradas
en la búsqueda del bien inmanente a esas prácticas y no de un bien externo a
ellas, como los verdaderos artistas buscan con cada obra el bien interno a su
respectiva arte más que el dinero o la ganancia que le pueda aportar.
Ahora bien, así como Macintyre considera que estar inmerso en
una tradición no impide que haya progreso en la misma, gracias a los aportes de
los participantes en las prácticas tradicionales, podría pensarse que para
Laserna el ciudadano va adquiriendo nuevas características a medida que cada
época histórica va enriqueciendo el Bien Común con nuevos aportes a la
convivencia, gracias a nuevos valores que va descubriendo la persona humana. Y
parece que uno de esos aportes es renovar el concepto del Estado Fuerte según él, propio de la
tradición política de Colombia.
Por eso Laserna subraya que la política no tiene por objeto
principal la repartición de cargos burocráticos entre los partidos y de
contratos para ganar dinero, sino la comprensión y puesta en práctica de lo que significa vivir juntos, pero lo que más importante nos
parece es su serio rechazo de la
privatización de los servicios públicos y del deterioro que observa, en general, en los
conceptos de lo público y lo común, ocasionado por lo que lo que él,
desde la década de los sesenta, denominaba el “individualismo” del sistema
“Demo-liberal”:
“En nuestro medio,
decía, ha ocurrido en el siglo xx un cambio social en pro de una sociedad
individualista y clasista…La manifestación más clara de esta tendencia nefasta
está en el deterioro sufrido por todo aquello que tiene que ver con servicio
público en un sentido amplio del concepto. En efecto, los medios de transporte,
recreación, educación, cultura, etc. han ido privatizándose a pesar de las
medidas fiscales y económicas de sentido social e igualitarista…” (Estado fuerte o caudillo. Editorial
Revista Colombiana Ltda., Bogotá, 1968, p, 39 y ss.)
Lamentándose del declive, para él grave, de un cierto sentido
de la convivencia, sin el cual no hay bien común, también afirma que las
ciudades han perdido cierta tradición de origen español que llamaba “comunitaria”:
“cada día existen menos plazas, menos
monumentos, parques, zonas verdes, mientras la ciudadanía crece
desmesuradamente. A mayor deterioro de lo público, mayor auge de la propiedad
privada, mayor distancia entre los que tienen y los desprotegidos, ya que lo
común, lo colectivo va desapareciendo. Así no puede menos de generarse una
peligrosa desigualdad clasista, sin que existan actividades en las cuales
los ciudadanos comparten y “conviven” aspectos esenciales de la vida,
(Ibíd., el subrayado es nuestro).
Las ideas de Laserna vuelven a ser dignas de pensar hoy, cuando, a pesar de que
la libertad de mercado y la globalización suponen como su base la libertad de
elección, nos parece que el ciudadano
tiene cada vez menos opciones, en especial, en lo que respecta a los bienes comunes. Así, por ejemplo, el
ciudadano colombiano no tiene la opción de preferir el viaje en barco por el Rio Magdalena hasta el interior del
país, en vez del viaje por avión, y el
acceso por carretera o por tren a ciertas regiones importantes de la frontera
con otros países suramericanos sigue
siendo difícil.
Si volvemos ahora la vista a las conclusiones de Lechner
desde la situación chilena, constatamos justamente que detecta, examinando las
encuestas recientes, una tendencia al
retiro de los chilenos del mundo común social y político hacia la familia, retiro
no voluntario, sino impulsado de las múltiples presiones externas que los
cambios vertiginosos de la globalización ejercen sobre ellos.
Parece por tanto oportuno volver sobre el tema del paso del ciudadano, del
papel de espectador al papel de actor, del pensamiento a la acción, para lo
cual se encuentran buenas bases en Hannah Arendt, la gran pensadora política
alemana sobre el totalitarismo y en Cornelius Castoriadis, el gran pensador
político griego sobre la autonomía y la autodeterminación de las sociedades, tema
de un próximo Blog.
(1) (Estado fuerte o caudillo. Editorial
Revista Colombiana Ltda., Bogotá, 1968, p, 39 y ss.)
(2) N. Lechner. Los
desafíos políticos del cambio cultural en http/ /www.desarrollohumano.//c/pdf/2004/pdf
(3)Humberto Cubides Cipagauta. Foucault y el sujeto político. Ética del cuidado de sí. Bogotá:
Siglo del Hombre Editores, Universidad Central-IESCO, 2006
(Two Latin
American political thinkers agree on the need to give new foundations to conviviality
in order to address the problem of
growing individualism and the tendency to withdraw from public life to private
life of the family).
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