PAZ EN LA GUERRA. NOTAS SOBRE LA POESÍA DE EVERARDO RAMÍREZ
(Al pueblo
de Pasacaballos).
Por Nayib
Abdala Ripoll
A
veces nos atrevemos a comentar aquí libros de poemas a sabiendas de que
carecemos de la capacidad de escuchar la música de las palabras y de sentir
cuán exigente es la creación poética, movidos, como en el presente caso, por
agradecimiento al gesto del autor de ofrecernos su obra hace algunos años, antes de morir, y como un intento de señalar su valor para los momentos
decisivos en que los pueblos deciden buscar la paz para evitar el sufrimiento que
la guerra induce en los que más sienten el terror del maltrato y la violencia,
es decir, en los más pobres.
En
la presentación del libro “Prometeo ilusionado (Poemas)” (1977, Bogotá, Canal
Ramírez-Antares,) el profesor colombiano Everardo Ramírez advierte que en esta obra reaparecen poemas de
su libro “Ars Longa”, agotado en menos
de un año. Como sólo pudimos consultar “Ars Longa” en una edición sin fecha (gracias
a la Biblioteca Bartolomé Calvo de Cartagena de indias), podemos suponer ahora
que es anterior a 1976.
1.
La
amistad
El
libro va dirigido, con el buen humor y la ironía que siempre acompañaron al
autor, “a los amigos: no a las vacas
sagradas”, pues afirma que la vida no tiene sentido sin el
reconocimiento mutuo entre los amigos, como
tampoco sin el reconocimiento que se otorga mutuamente en el amor.
Tarde
he caído en la cuenta de la importancia del mito griego de Prometeo, el semidiós que roba el
fuego (y la artesanía) para enseñar a los hombres a no depender del todo de los
dioses, símbolo de los dioses y de los vencedores derrotados, al que han
dedicado su reflexión no sólo poetas como Goethe, sino también grandes
pensadores como Marx.
Y esto
me ha pasado a pesar de que tuve la fortuna de escuchar las conferencias de
Andrés Holguín y de Daniel Arango sobre la cultura griega, infaltables en el
currículo de Humanidades de la Universidad de Los Andes de Bogotá; pero mi
atención se concentró sobre otras obras del gran trágico Esquilo en vez de la de Prometeo,
con la cual me ha pasado que la sigo leyendo incluso hoy sin entender muchos
pasajes.
Ahora
bien, justamente sobre Prometeo, tratan en parte estos poemas, pero es un
Prometeo ilusionado, no el Prometeo “encadenado”
como castigo de los dioses que muestra la tragedia de Esquilo. El de Everardo es un Prometeo que
parece estar frente al Nevado del Ruiz y no frente a las montañas del Cáucaso,
como el Prometeo griego. Es una figura compleja que tiene aires del Moisés
bíblico.
En
efecto, Everardo muestra a un ángel “del cielo desterrado” (p.5) con un
deseo de subir al nevado del Ruiz en Manizales “como Prometeo ilusionado”,
para “robarle al cielo la dulce lengua
de la llama ardiente” y buscar a los dioses
derrotados, ver el inmenso panorama
del hambre y la miseria, y luego descender de esas alturas con dos cuernos
de luz sobre su frente “para derribar los
ídolos de oro y sacar al pueblo que está en medio de una fiesta camino de la tierra prometida” (p.10).
2.
El
espacio mítico y los vestigios de la vida que ha pasado
¿Cuál
es la imagen de la vida humana que queda cuando los mismos dioses, como el
semidiós Prometeo, son seres “derrotados”? El poeta busca imágenes que muestran
la transitoriedad de la vida. Algunas parecen evocar figuras muy familiares
para los ciudadanos, personajes de miradas a veces perdidas, a veces tiernas
que siempre deambulan con sus harapos esta vez no por el Nevado del Ruiz, sino
tal vez por la vieja ciudad amurallada de Cartagena de Indias, hospitalaria con
muchos locos, algunos crecidos allí, otros abandonados de todos; provenientes
de tierras lejanas, algunas de ellas templadas y frías, a los que dedicó uno de
sus artículos más profundos y cálidos, el profesor caldense Santiago Colorado, quien formó muchos poetas
en su taller literario de Cartagena, abierto a todos, sin aduana, el cual
merece un artículo aparte.
Pero algo de mágico y sobrenatural tiene la
imagen del poema que invoca a una loca que va caminando sola con un ramo de
cilantro florecido en las manos, que lleva en su pelo una “rosa marchita”
(p.12). Sobre cuya interpretación vuelvo una y otra vez sin resultados.
Tarde
hemos sabido, además, que Jericó, la
tierra del poeta, es tierra de flores
bellísimas y por eso hoy apreciamos que hay todo un lenguaje de las flores en
el libro, lenguaje que el mismo poeta
sabe que muchos lectores torpes y embrutecidos por lo que él pensaba que era la
incultura que nos rodea, no lograremos comprender jamás, al que dedicaremos un
artículo aparte.
De
todos modos, esta imagen prepara la conmovedora visión de la vida humana que
sigue, en la cual la vida es representada no de manera directa, en persona, sino al través de los que
podríamos llamar “vestigios” de ella: la vida humana es:
“un eco lejano de canción doliente,
El collar de espumas que en la playa
queda,
El olor de lirios que la brisa miente,
Lloro del viento que en los pinos
rueda”.
Está
aquí presente, tal vez, el mundo poético de otro gran poeta que se ocupa de la
transitoriedad de la vida, el español don Antonio Machado, en cuyos poemas se
siente la vida pasar a veces junto con las fuentes de los parques, a veces
junto con ríos como el Guadalquivir corriendo al mar entre las vergeles, a
veces rápido con el viento que mueve los chopos, los álamos, de los paisajes
españoles. Pero también la poesía de don Miguel de Unamuno se ha ocupado de la
vida que pasa y en algún poema la ha apostrofado diciéndole: “tu pasar es tu quedar!”
3.
La
risa como arma contra el poder de las corporaciones
Luego
aparecen las imágenes de las fuerzas monopólicas de las potencias mundiales que
se apoderan del mundo, de las cuales se burla el poeta con sátira y sarcasmo: “Míster
Chewinggum” sonándose la nariz con la bandera USA” (p.30) y añade que “Mr. Pig” llegará a la luna que es
propiedad, según dice él, de la
Humanidad, es decir, de los “gringos”.
4.
Los
milagros y el lenguaje de las flores.
Para
incursionar por el ámbito de la tradición religiosa popular, uno de cuyos
pilares, hoy puesto súbitamente de moda por las ideologías mediáticas, es el de
la creencia en milagros, un poema se
refiere a un personaje al que todos llamaban: el “pobre Juancho”, el cual, cuando iba a la escuela “del hambre”, se comía
las rosas silvestres y vomitaba “una
hermosa rosa amarilla” y una “encarnada amapola”, y agrega: “milagro que nadie
entendió”, aludiendo, creo, a la
incapacidad que algunos de nosotros, sus
futuros lectores, tendríamos para entender el lenguaje de las flores, el mundo de las flores, que él como verdadero
campesino, vivió en su tierra natal antioqueña de Jericó.
5.
La
risa alegre de la relación filial. La
poesía descubre que los violentos también fueron niños
Reaparece
el poema “Para dormir a mi hijo” de un libro anterior, en el cual todo lo que
existe se dice que vive porque su hijo sonríe, y se agrega que el sol salió en
la mañana en que el niño nació, niño por cierto muy extraño, (¿con carácter
simbólico?), pues no lloró, como es lo esperado y de sentido común, sino que nació
riendo.
Encontramos,
además, un poema dedicado a la religiosa
Herlinda Moises, su incansable compañera de misión apostólica en Pasacaballos y
por los pueblos de la Bahía de Cartagena de Indias, una mujer de carácter y de
heroica dedicación a la ayuda de los más necesitados, perseguida por su
liderazgo social con los pueblos pobres de la bahía de Cartagena.
Ahora
bien, es precisamente en este poema donde
aparece el tenebroso ambiente de la prisión, en el cual un prisionero
(que puede ser él mismo, pues hay allí un cierto aire autobiográfico) observa
que el soldado que lo vigila es un campesino como él, que también fue niño como él, lo que lo anima
a ponerse en su lugar con la imaginación y representárselo cuando le surgen
recuerdos en medio de su tarea de centinela:
“cuando
pequeño se subió a la copa de una enorme ceiba…y pudo tocar la luna llena con
sus manos curiosas y buscó a Dios entre flores y frutas, y buscó a la patasola,
la madre monte y el mohán de la arboleda”.
Esta
demostración que hace la poesía de Everardo Ramírez de la capacidad del arte
literario de penetrar el mundo interior de un agente armado del bando contrario,
hasta descubrir en él un niño con los
mismos sueños (“alcanzar la luna”) y mitos del prisionero (mitos con personajes de
leyendas populares como la de la “patasola”) es, en el fondo, como en el título
de una extraordinaria novela del escritor español don Miguel de Unamuno, un
mensaje de “Paz en la Guerra”, que
nos parece una constante del pensamiento del autor que tiene mucho que aportar
a la América Latina que busca la paz y
vive en algunas partes ya períodos de “posconflicto”, por cierto, en medio
de la nueva violencia rural de las bandas de paramilitares y de los
“disidentes”, así como de la urbana de
las “pandillas.”
Abstrac
The Colombian humanist
Everardo Ramirez Toro wrote in the seventies of the last century a book of
poems in which he revives the classical figure of Prometheus, but instead of
showing him as the famous epic hero of Greek tragedy, shows him as a fighter for
peace in the midst of war. It is very important for some countries of Latin
American re-read this poems in these times of post-war efforts to
live in peace, because humanist Ramírez always thought that poor
people suffer a lot during the war.
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