SOBRE LAS PELIGROSAS GRANDES PALABRAS: CIUDADANÍA, DEMOCRACIA Y CULTURA POLÍTICA. CONTRA EL FUNDAMENTALISMO.
Por Nayib Abdala Ripoll
Me propongo mostrar cómo se
viene tratando el tema de la relación entre ciudadanía y democracia a la vez
que comento algunas obras de filosofía e historia política que han renovado
estos temas entre nosotros.
En efecto, una aureola de identidad colectiva
sagrada envolvía ya a la palabra
“ciudadanía” durante la Regeneración,
cuando se promulgó la constitución de 1886, una época en la que parece se puede
dudar si gobernantes y gobernados
distinguían la esfera pública del Estado de los intereses privados y de los
valores de los diferentes grupos religiosos, pues a pesar de que dicha constitución instaura
una ciudadanía dotada de ciertos
“derechos civiles y garantías sociales”,
ilustres sabios como don Miguel Antonio Caro, de un modo parecido a
ciertos fundamentalismos de hoy, actuaban como si a la vez conocieran teóricamente
pero ignoraran en la práctica esa
conquista de la era moderna.
Es lo que se podría constatar
en la obra: “1892. Un año insignificante” de Max S. Hering Torres (1), que se refiere a
sucesos de 1892, como el de las declaraciones de tres agentes de la policía que
pretendían confirmar el lugar y la hora en que salía un fantasma en el puente
de las Latas de Santafé de Bogotá, lo que mereció el rechazo de un nuevo
director francés de la policía, nombrado por Caro, quien consideró esas
versiones como una burla con la policía, pues él estaba impulsando un programa
de profesionalismo y destreza y tal tipo de creencias en el más allá estaban fuera de foco
para dicho programa.
Lo interesante es que entonces se levantó una
polémica cuando muchos reivindicaron el derecho a creer y sentir desde su
intimidad y en contra de todo intento de homogeneizar las formas de pensar.
Para el autor esta discusión era importante, pues los fantasmas dicen algo
sobre el “control visual” de una cultura y sobre las “emociones insertas en una
relación de poder”. Ahora bien, el autor sostiene que Caro identificaba autoridad y
racionalidad y pensaba que el dogma era moral si promocionaba la autoridad como
herra,mienta de poder (p.74), así que no bastaba dotar a la comunidad de una
buena organización, sino que había que someterla también a un régimen de
corrección.
En una obra publicada en
Cartagena de Indias hace dos años, se advierte que sin la
presencia de ciudadanos preocupados por el mantenimiento de una esfera pública libre no puede haber
democracia y sin democracia es imposible resolver pacíficamente los conflictos
que perturban la convivencia humana: ésta es la advertencia y a la vez
conclusión general del libro muy bien escrito, por su claridad,
concisión y sencillez, a pesar de su profundidad y de su complejidad, que fue publicado por los investigadores Harold Valencia, Luis
A. Zúñiga, Gabriel E. Vargas José Pablo Tobar Quiñones de la Universidad de
Cartagena, sobre el muy actual e
importante tema de la relación entre
ciudadanía y democracia, y la llamada “Teoría Crítica”, heredera de los más
importantes movimientos críticos de la sociedad y de la cultura del siglo XX (2).
En particular me estremeció
ver por fin tratado un concepto que los profanos en el tema manejamos sin preguntarnos
por su significado: el concepto de “cultura política”. Pues el libro indaga lo
que significa una ciudadanía con cultura política, cuando algunos profanos en
el tema como yo se preguntan si el actual predominio del populismo en los
movimientos políticos que han terminado en dictaduras o en Estados fallidos en
América Latina no se debe, entre otros factores, a un electorado sin cultura
política.
El temor a una repetición de
esos fracasos se da en un momento en que muchos se preguntan por lo que
significa el hecho de que movimientos fanatizados de origen seudoreligioso y
seudopolítico promueven el odio al diferente por medio de consignas fascistas o
neonazis y visiones fundamentalistas del mundo de épocas incluso más lejanas que
la de la Regeneración, cuando la esfera pública había sido puesta al servicio
de una concepción autoritaria y religioso-pastoral de la vida en común.
Además, el tema del libro es
muy actual porque es necesario preguntarse por lo que significa la cultura
política en una época en la cual cada día las redes globales no sólo aumentan
su influencia, a la vez como mensajeras de los mercados y como intermediarias
de la comunicación, para situarse entre
el ciudadano y el mundo, sino también y con mayor razón, porque pretenden,
además, para proteger los mercados, introducir
disimuladamente, nada menos que pautas y
modelos para nuevas formas de vida, las
cuales podrán ser ricas en innovaciones ya sea de modos de vestir, viajar y
vivir, ya sean técnicas y estratégicas, pero por desgracia, dado su origen en
los intereses de las corporaciones comerciales y financieras, pueden ser
también inductoras de hábitos de consumo global repetitivos y carentes de
creatividad, que dejan de lado los valores de la vida en común y de la conservación
de la naturaleza.
En efecto, hay indicios de que
en todas partes se repiten hasta el aburrimiento no sólo las mismas marcas,
sino también los mismos nuevos hábitos artificiales, al estilo de los de tomar “selfis”, de tatuarse las piernas y
viajar desaforadamente por un paisaje mundial que amenaza con convertirse en
igual en cualquier parte a la que el viajero huya para salvarse del entorno
convencional. Los turistas parecen
seguir el mismo itinerario de salir de un centro comercial de una ciudad y
tomar un vuelo a otra para entrar allí a otro centro comercial y volver a
repetir el ciclo sin final a la vista.
En consecuencia, se puede
decir que hoy el periodismo dependiente y las redes sociales parecen ser utilizados
para prefabricar ciertos tipos de ciudadanía cuidadosamente elegidos para que
se identifiquen sin notarlo con metas aparentemente religiosas, políticas,
comerciales o financieras, que posteriormente se descubre que no están basadas
en el cuidado por lo que podemos llamar el mundo común (en el sentido de Hannah
Arendt, es decir, como lo que a la vez une a los miembros de una comunidad,
porque lo comparten, pero a la vez los separa porque supone que cada uno es
diferente y tiene algo que aprender de lo que dicen los demás, que era lo que
Sócrates llamaba su “mayéutica”) , sino exclusivamente en intereses privados, excluyentes
y, a veces, ilegítimos.
El libro es útil para la actual
necesidad de elaborar un nuevo concepto de cultura política, pues hasta ahora
los profanos hemos venido enfrentando el desafío planteado por la enorme
cantidad de información que nos envían las redes mediante el clásico concepto de la cultura como
“formación” (o “Bildung”, en alemán), creado por la Ilustración y el humanismo
alemán de Goethe y Schiller , el cual propone que una persona realmente culta tiene
una capacidad crítica o una facultad de juzgar
suficientemente entrenada para discernir entre una gran variedad de discursos
u obras de arte, lo realmente valioso de lo común y corriente.
Sin embargo, tal concepto clásico de
cultura es insuficiente para juzgar la
situación actual cuando las redes y la televisión parecen tener la pretensión
de prefabricar al ciudadano, quitándole su capacidad de juzgar y de acción, al convertirlo en un animal que
responde a cierto tipo de estímulos o señales (lo que puede hacer un chimpancé),
es decir, cierto tipo de imágenes o de mensajes de la red, y al darle la sensación permanente de “estar
conectado” y actualizado, sensación que
se pretende que reemplace como ideal de vida al ideal de la autonomía de la
persona libre y capaz de actuar siguiendo su criterio, pero este es un concepto
clásico de cultura, diferente del concepto de “cultura política” del libro que
comentamos.
Usamos la palabra
“prefabricar” con base en la diferencia de Hannah Arendt entre la acción
política y la fabricación o producción, dos actividades diferentes, entre otras
cosas porque la primera supone un espacio público libre donde los seres humanos
puedan aparecer en toda su pluralidad y diversidad. Ahora bien, un espacio
prefabricado como el que nos parece que se da actualmente gracias a la
manipulación comunicativa de las redes y de la televisión, justamente se
caracteriza porque no es de libre aparición, sino algo conformado para que se
presenten no personas, sino “sujetos” en el sentido, tal vez previsto ya por el
filósofo Michel Foucault, de personas “sujetadas” bajo el “poder” de una
institución o de una propaganda o un discurso en apariencia libres, pero en
realidad disfrazados de racionalidad y autonomía.
El libro está cuidadosamente
dividido en tres ejes temáticos que iremos comentando a lo largo de nuevos
artículos que pensamos dedicarle, y los cuales por ahora nos limitamos a
presentar esquemáticamente:
1. Democracia, ciudadanía y
conflicto, donde encontramos un muy serio estudio epistemológico del concepto
de cultura política y su relación con los de ciudadanía y democracia.
2. El segundo eje aborda las
“Perspectivas filosóficas de la democracia” para ilustrar las transformaciones
de la democracia considerada como “modelo de convivencia” y de organización de
la acción colectiva.
3 El eje “teoría crítica y
democracia” se basa en la Escuela de Frankfurt para describir la situación
actual de las instituciones democráticas teniendo presente la forma como a lo
largo de su desarrollo se ha abordado el conflicto entre individuo y sociedad,
no sólo en Europa sino también en Colombia y en Cartagena de Indias.
Sólo una ciudadanía capaz de discernir y de rechazar
los informes, las propuestas y las noticias falsas puede hacer frente a la
actual situación de confusión de la ciudadanía y por eso hay que dar la
bienvenida a publicaciones como la comentada, que en el fondo dan por primera
vez en nuestro medio gran importancia al concepto de “cultura política”, tal
como hace en la primera parte del libro, el investigador de la Universidad
Nacional José Pablo Tobar con su ensayo
sobre los “Prolegómenos para el estudio del concepto y papel de la ciudadanía
en la vida social y política colombiana”. Además se abordan los problemas de la
relación entre ciudadanía y democracia en Colombia y en Cartagena de Indias, no
sólo con instrumentos empíricos, sino con un profundo trabajo teórico, que
consistió en el análisis crítico de los conceptos de ciudadanía, cultura
política y democracia.
Ahora bien, en la introducción
se parte de la situación de entonces, cuando se sostenían las negociaciones de
paz en La Habana entre el gobierno y la guerrilla y cuando existían síntomas de
desarreglo social y político, como los conflictos que se dan continuamente
entre los mismos organismos del gobierno, que indicaban la necesidad de
replantear la razón de ser de algunas instituciones del gobierno.
Esperamos dedicar nuevos
artículos al comentario y discusión de cada uno de los ejes temáticos, pues hoy
la situación del ciudadano ha entrado en nuevos desafíos, debido a que, nos
parece, cada individuo es concebido como un ser capaz de su propio proceso de “subjetivación”,
que puede ejercerse como resistencia a los intentos de dominio que ya no
necesariamente provienen del sujeto soberano del poder político, sino también
de las organizaciones comerciales, financieras y de tipo doctrinario, sea
religioso o político. Se ha pasado de la convivencia tradicional a una
convivencia moderna, basada en la cultura, en la diversidad valorativa o en lo
que se han denominado con Michel Foucault, las prácticas de libertad de los
sujetos modernos.
Tal vez por eso una obra que
parte de un análisis minucioso de las grandes tendencias de la filosofía de la
historia del idealismo alemán como la de Luc Ferry en el tomo I de su Filosofía
política, sostiene que el fondo común de toda teoría política moderna es la
subjetividad, sea que defienda el individualismo o el colectivismo como la
finalidad de lo político (Tomo I, p.23). El sujeto es el que elige si quiere
estar solo o bajo el refugio de la comunidad. La diferencia entre la libertad
de los antiguos y la de los modernos, como empezó a verla Benjamín Constant, se
centraba en que el sujeto antiguo se sentía obligado por costumbres o normas
que lo ataban a la comunidad, mientras que el moderno se siente más autónomo.
(1) Max S. Hering Torres. 1892 Un año
insignificante. Universidad Nacional de Colombia. Bogotá. 2018.
(2)
Valencia López Harold, Zúñiga Herazo Luis Alfonso, Vargas Duque Gabriel Eduardo
y Tobar Quiñones José Pablo. Democracia, Teoría Crítica y Ciudadanía. Cartagena
de Indias (Colombia) Ediciones Pluma de Mompox S. A. 2016.
(The current Platonic withdrawal from politics of the Latin American citizen seems to have forgotten Socrates' call to take care of life and freedom, and Arendt's call for caring the “common world”)
Profe nayib me gustaria disertar con usted pero puede mas la emoción de hacer manifiesto mi gran afecto hacia el mejor profesor que tuve en mi pregrado de filosofia. Soy TATIANA MASTRASCUSA
ResponderEliminarMuchas gracias, profesora Tatiana Mastrascusa, por el inmerecido elogio. Con gusto aceptaría sus críticas en estos comentarios, pues no se me olvidan sus preguntas en clase, temibles por su dificultad y me parece que gracias a usted yo conocí autores que no comenté, pero a los cuales usted les dedicaba su atención como Hutcheson, durante las clase sobre el comunitarismo. Hoy veo la importancia de este autoer, por ejemplo en el libro de Laura Quintana sobre GUSTO Y COMUNICABILIDAD EN LA ESTETICA DE KANT(2008. Universidad Nacional, el cual leo ahora sin entender mucho. Así que, al revés fue usted con sus estremecedoras preguntas las que hacían que aquellas clases cobraran alguna importancia, no tanta como su generoso comentario insinúa, Aquel era un curso muy bueno y sus compañeras muy críticas, como usted. De nuevo, muchas gracias y bienvenidos sus comentarios.
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