“CIUDADANÍA EN TIEMPOS OSCUROS”
Por Nayib Abdala Ripoll
El
grupo de profesores de filosofía de la Universidad de Cartagena que, en su
enjundioso libro (1) dedicado al importante problema de las relaciones entre la ciudadanía, la cultura política y la democracia, se pregunta por lo que
quieren decir los que atribuyen a la ciudadanía la falta de una “cultura política”, ha tocado un tema importante no sólo en
América Latina, sino también en Europa, como
se puede observar leyendo la estremecedora obra de Gunter Wallraff (2), en la cual uno de los empresarios alemanes que explotan el trabajo
de los inmigrantes le responde a uno de los obreros turcos, que se había quejado de que
le estaban robando su paga, que no tiene la suficiente cultura
política para vivir en Alemania.
Ahora
bien, se trata de un trabajo elaborado por uno de los grupos de investigación del
Programa de Filosofía de la Universidad de Cartagena, que data de los años en
los que se adelantaban conversaciones de paz en La Habana, uno de cuyos objetivos es el de ofrecer un poco de luz para estos tiempos oscuros y aportar un documento que pueda ser discutido
por la ciudadanía, los políticos y los funcionarios públicos, lo que me parece
estaba haciendo falta tanto en educación como en política, dada la importancia
del problema.
Además,
parten de un examen de la situación actual muy apropiado, pues tanto en tiempos
normales como en tiempos difíciles cuando
se emprenden conversaciones como las de La Habana, es para ellos necesario
crear un espacio de reflexión acerca de
las formas de superación de las limitaciones actuales de la cultura política y las
debilidades de las instituciones políticas y de la misma sociedad civil, afectada
por la violencia originada en el conflicto social y por las prácticas políticas
clientelistas y corruptas.
Pero el libro merece la atención del público porque no sólo sugiere la tesis de que la cultura política
en el país se ha ido formando a espaldas de la ciudadanía, sino también
porque advierte que, si antes de trazar las instituciones se preguntara por los
“principios y valores” de la ciudadanía (p.69), se configurarían mejores reglas
de convivencia y se diseñarían mejores instituciones. Esta última hipótesis parece
rozar las fronteras de la filosofía con la noble disciplina jurídica del
constitucionalismo, lo que a los profanos nos pone los pelos de punta, pues
sabemos lo celosos que pueden ser los juristas acerca de lo específico de su
objeto.
Pero
en estos temas el cruce es inevitable, aunque los autores nunca pretenden
invadir los terrenos que algunos pueden considerar propios. Puede que el cruce
sea inevitable cuando los autores se formulan preguntas cruciales, como, por
citar aquella a la que vamos a limitar estas notas (lo que nos llevará a
cometer la injusticia de dejar para otra ocasión los demás aportes del libro): ¿Cómo
se ha venido caracterizando a la ciudadanía que no carece de cultura política entonces? No se trata de dar una respuesta, sino de
tratar de formular mejor la pregunta. Comencemos por advertir que, para los autores,
la ciudadanía ha sido concebida de varias formas desde distintos tipos de
horizontes.
1) En
primer lugar, como el puesto que debe estar libre de toda coerción externa a su
desarrollo, sea de tipo material o institucional, Los Nazis sabían que no bastaba con asesinar físicamente a sus opositores, sino ante todo moral y civilmente, quitándoles los papeles de la ciudadanía. (En este punto, además, me parece que
entre otras fuentes está la idea de la “autonomía” del ciudadano, del
extraordinario pensador griego contemporáneo Castoriadis, a quien dedican
algunas importantes reflexiones en
varios lugares y quien, a diferencia de Kant, concebía la autonomía como un
valor no sólo del ciudadano, sino también de la misma sociedad que se
caracteriza por su creatividad.
2) En
segundo lugar, la ciudadanía puede también concebirse
como el puesto de la persona que además de sus intereses privados, persigue la
integración con los demás. -Me parece que, dicho atrevidamente, con permiso de
los autores y de las importantes fuentes de que se valen, aquí puedo ubicar no
sólo a algunos utilitaristas, sino también a Hannah Arendt cuando sostiene que,
a diferencia del individuo aislado que conciben contractualistas, como Hobbes,
y en tiempos recientes algunos movimientos de masas, el verdadero ciudadano no
está movido por los mandatos de su
voluntad particular solamente (como
tienden a creer los contractualistas clásicos), ni por la razón solamente (entendida como cálculo del interés particular
exclusivamente), sino también por lo que
Kant llamaba la facultad de juzgar, la cual se caracteriza por la capacidad de
apreciar, por ejemplo, una situación problemática, no sólo desde su interés
particular, sino también, con imaginación y el pensamiento ampliado por tener en cuenta las perspectivas de otros ciudadanos que
tienen intereses diferentes, tema del que partió Hannah Arendt para construir
la categoría de la pluralidad (como decía ella: “no existe el hombre, sino los
hombres”, en plural) que deben manifestarse en el espacio público. (3)
3) El
ciudadano ha sido concebido también, en
la tradición republicana, como el que se
caracteriza principalmente por su obediencia
a las leyes de la República (aquí pienso, con permiso de los
autores, en Catón y Cicerón en Roma, y en Miguel Antonio Caro, en
Colombia, aunque este último, como católico de su época, quería que fuera
obediente también a la Iglesia, pretensión ésta que, aunque merece respeto, no
concuerda, no sólo con la idea moderna de la libertad de cultos y el derecho a
la libre opinión, sino tampoco incluso con otras ideas económicas y políticas
de este importante autor, al que el
profesor Darío Mesa de la Universidad Nacional ha reconocido como uno de los
que por primera vez observan la sociedad colombiana como “sociedad civil” en Colombia, es decir,
como un sistema de necesidades tal que
cualquier cambio de sus elementos puede alterar la estructura del conjunto, lo
que le permitió proponer la centralización de la moneda y de la Banca en la era
de la Regeneración, fines del siglo XIX
en Colombia.
Ninguna
de estas concepciones, según los autores, preocupan mucho a los colombianos,
más interesados en defenderse del punto de vista de las
élites que buscan cerrar el espacio político de las clases populares, como si para la
acción política se dispusiera de una lógica que implicara que el poder debe imponerse mediante un orden jerárquico verticalmente, de arriba abajo.
Esta
idea es el resultado de serios estudios históricos y políticos colombianos que
permiten un recorrido histórico por varios “modelos de ciudadanía”, como el que
citan de la autora Cristina Rojas, quien los fundamenta en las formas de actuación de las
tecnologías de gobierno, las cuales construyeron tipos de ciudadanos, en primer
lugar, con base en la exclusión basada en la raza, por considerar a indios y
negros como gentes de malas costumbres, sumidos en la mendicidad y en
enfermedades como la lepra (p. 75).
Otro
de los modelos fue el del ciudadano patriótico, semejante al de la Revolución
francesa, pero sin los ideales de igualdad ante la ley y la libertad: más un
guerrero que un civil. Otro fue el del ciudadano civilizado, cuya conducta
civilizada atribuían liberales y José María Samper al mestizaje; otro fue el
del ciudadano virtuoso, lo que quería decir “obediente” y sumiso, por tanto, ni
negro ni indio, cuyas formas de vida fomentan la desobediencia de la ley. A
finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX se dio el modelo del ciudadano
“desinfectado”, es decir no sólo libre de enfermedades como la lepra, asociada
con malas costumbres de indios y negros, sino también con “limpieza de sangre”.
Citan
con aprobación estudios de los
investigadores del Caribe colombiano Sergio Paolo Lozano y Roícer Flórez quienes concluyeron que los indios y los
negros reaccionaron a la exclusión
buscando otras formas de reconocimiento diferentes de las basadas en la
raza, como las basadas en el trabajo es decir, en la artesanía y en la
institución de la “vecindad” (p. 77), lo
que nos parece un aporte importante, pues serios investigadores de la U.
Nacional, como Santiago Castro Gómez, han señalado la poca atención que se ha
puesto al estudio del trabajo popular, muy particular por estar muy compenetrado de la historia y la cultura
de las comunidades, al que me he referido en un
Blog anterior.
También
reconocen que la Regeneración desarrolló un modelo de ciudadano productivo y
religioso, con énfasis en su formación católica y con base en la implementación
de un nuevo código de policía, modelo que forzosamente resultó elitista, pues
era accesible sólo a personas de cierta capacidad económica.
Con
rigor muestran que las divisiones del liberalismo entre elitistas y republicanos
cuando, después de haber vuelto al poder en 1930, se volvió un partido hegemónico,
obstaculizaron la llegada a Cartagena de Indias del
primer intento de incluir en la ciudadanía a los excluidos, según reconocen que
ha demostrado en su obra la investigadora Muriel Vanegas. También señalan que,
en la actualidad, el fenómeno de las pandillas es muy importante para evaluar
la situación de Cartagena de Indias, pues allí encuentran una gran relación
entre la exclusión social por motivos de pobreza y la que se debe a motivos
raciales. El extraordinario desarrollo de Cartagena no trae muchos beneficios
específicos de la población pobre y Cartagena es la ciudad de Colombia donde
hay más discriminación racial y, al mismo tiempo, la ciudad con mayor población
afro descendiente.
Ahora
bien, una de las partes más importantes del trabajo la constituye la aplicación
a Cartagena del análisis de las formas de reconocimiento que debe haber en una
sociedad según el filósofo alemán Axel Honneth, para el cual hay tres grandes
formas de reconocimiento que necesita una persona para su desarrollo cabal; la
del amor (o el cuidado y la atención en el seno de la familia) , la del respeto
( de los derechos) y la de la solidaridad y reconocimiento de su cultura y de
su modo de vida y de trabajo.
Al
aplicar datos estadísticos a estas tres formas, la de la ciudadanía se
convierte en una exigencia no cumplida, como lo muestra el resultado de un
trabajo de campo (p.88) que manifiesta la existencia de una gran desintegración
social entre los diversos estratos, a cuya base está la baja calidad de la
educación. Y como la mayoría no se siente identificada con la comunidad ni
reconocida en sus derechos como formando parte del orden social (p.89), tampoco
se identifican con los valores y normas o deberes sin cuyo cumplimiento no hay
integración social. Citan la encuesta de 2013, en la que la mayoría de los entrevistados afirma que en la Ciudad no se cumple con los deberes del ciudadano,
ni se tiene conciencia de la necesidad de pagar los impuestos y los servicios
públicos.
En
esta parte del trabajo me parece se puede pensar que los autores basan su idea
de la cultura política en la capacidad de ideintificación con los principios y
valores democráticos y en su exigencia de reconocimiento; por ejemplo, los
ciudadanos de la llamada Ciudad Heroica, según algunas encuestas, piensan que
en general los cartageneros no se
identifican con los valores y normas de la comunidad, porque no se respetan
sus derechos ni se superan las exclusiones.
Por mencionar la noción de identificación,
esta idea de los ciudadanos cartageneros merece ser aclarada con base en un
escrito sobre la ciudadanía de uno de los grandes pensadores políticos de la
actualidad, Etienne Tassin (4), para quien la idea de que el ciudadano debe
identificarse con la comunidad es peligrosa, pues puede basarse en una identificación del bien común con el bien público, que son dos tipos de bienes diferentes.
El primero proviene de cierta identificación del bien de la ciudadanía con un
supuesto bien de una determinada comunidad con la cual se supone deben estar
identificados todos los ciudadanos, aunque no se les reconozcan sus derechos como tales, sino como
súbditos, como en las ciudades medievales no libres, donde Santo Tomás tomaba
de Aristóteles la noción del bien común, que en otras ocasiones fue convertida en
bandera para excluir de la ciudadanía a otras comunidades con las que
supuestamente ella no se identificaba.
Para Tassin, en el mundo moderno la
política se caracteriza por la noción del bien público, es decir, de un mundo común
o espacio político donde aparecen las diferencias de los ciudadanos y de las
comunidades culturales, espacio público que
pueden compartir diferentes comunidades y que ha reemplazado a la antigua noción exclusivista del bien común.
Él
se basa en los escritos de Hannah Arendt en los cuales se muestra la noción del
espacio público, un verdadero espacio político, no simplemente cultural, en el
que diferentes comunidades culturales pueden discutir sus diferencias, lo que a
lo largo del tiempo puede ir configurando un mundo común que ha sido ignorado
por el comunitarismo (la identificación exclusiva de una comunidad con su tradición) y por el fundamentalismo, la
fanática identificación del Estado con
un único principio trascendente (religioso o inmanente, la raza, el
partido) con exclusión de los demás. Sin espacio público no puede haber
ciudadanía ni cultura política.
Nos parece que los autores del libro comentado, a lo largo de su riguroso análisis de la relación entre ciudadanía, cultura política y democracia, evitan caer en el error al que se refiere Tassin, justamente por su defensa de los valores democráticos (cuyo reconocimiento implica discusión de ideas políticas contrarias ), , lo que les evita caer en una idea simple de "identificación" de la ciudadanía con la comunidad, entendida en el sentido tradicional.
(Among the conditions of both a free citizenship and a
solidary political culture is that of the recovery of the public good and not just that of the so-called common good, that is, of a free space for the appearance of
different opinions and different perspectives, that is, a common world)
(1(1) Harold
Valencia López, Luis Alfonso Zúñiga Herazo, Gabriel Eduardo Vargas Duque y José
Pablo Tovar Quiñones. Democracia, teoría
crítica y ciudadanía. Cartagena de Indias, Colombia, Ediciones Pluma de
Mompox SA. 2016
(2(2) Günter
Wallraff. Cabeza de Turco (Abajo con todo), http://www.profesionalespem.org
(p.83 y ss.), 1997
(3(3) Hannah
Arendt ¿Qué es la política? Trad. de Rosa Sala Carbó. Barcelona, Paidós Ibérica,
pp. 71 y ss.
(4(4) Etienne
Tassin “Identidad, ciudadanía y comunidad política: ¿Qué es un sujeto
político?” en: Hugo Quiroga, Susana Villavicencio y Patrice Vermeren
(Compiladores) Filosofías de la Ciudadanía. Homo Sapiens, Editores, Santa Fe, Argentina, 2001, pp. 49 y ss.
Interesantes su comentarios sobre el libro, el cual no he tenido de tener entre mis manos. Sin embargo, me gustaría que ejemplificara un poco eso de "En primer lugar, como el puesto que debe estar libre de toda coerción externa a su desarrollo, sea de tipo material o institucional (en este punto me parece que entre otras fuentes está la idea de la “autonomía” del ciudadano, del extraordinario pensador griego contemporáneo Castoriadis, a quien dedican algunas importantes reflexiones en varios lugares y quien, a diferencia de Kant, concebía la autonomía como un valor no sólo del ciudadano, sino también de la misma sociedad que se caracteriza por su creatividad." Pues de Kant a Castoriadis hay un gran espacio de tiempo y de evolución de las sociedades (pensamiento).
ResponderEliminarDisculpe el atrevimiento de un neofito.
Gracias por su comentario crítico. Si no entendí mal usted cuestiona: 1. Por qué hablo de la Alemania actual a partir de una cita de un libro de 1980 como el Wallraff? 2. ¿Por qué después de Wallraff entran al comentario citas de Hannah Arendt y Heidegger? 3. ¿Por qué cito una al lado de la otra la idea de autonomía de Kant y la de Castoriadis si son tan distantes en el tiempo?
Eliminar1. No pretendo insultar a Alemania. Admiro que la actual canciller Angela Merkel permitió la entrada de un número limitado de inmigrantes al suelo alemán, en medio de la crítica general de su país, lo que un técnico importante de ese país juzgó como conveniente incluso para la economía alemana. ¿Por qué cito pues este libro que habla tan mal de Alemania como si fuera actual? Porque el que lea, entre otras, la p. 107 de dicho libro se da cuenta de que los principios, si se les puede llamar así, de uno de los subcontratistas alemanes más ricos de trabajadores turcos sin papeles son muy parecidos al del actual movimiento político alemán denominado: “Ciudadanos preocupados”, como me parece se puede observar en el reciente libro: “Contra el Odio” de una importante corresponsal alemana de guerra. El subcontratista alemán parte de la amenaza de fracaso de Alemania por la creciente ola de inmigrantes y por haberse acostumbrado a pagar para que trabaje otro, que es lo que según él vienen practicando los judíos desde hace siglos, y Alemania desde la época del “milagro alemán”. Además, afirma que tiene la esperanza de que el desarrollo de nuevas máquinas elimine el trabajo y la necesidad de tratar con gente desechable para que se encargue de los trabajos más odiados por los alemanes.
2. Justamente esta mención de la “esperanza” del traficante alemán de que las máquinas eliminen el trabajo es lo que en parte justifica, para mostrar un punto de vista opuesto, la cita de Hannah Arendt, cuando expresa el temor de que la máquina reemplace al trabajo y la cita Heidegger por su referencia a la era de la técnica como la era del nihilismo y de la conversión del entorno en sistemas de equipos funcionales tratados mediante un lenguaje cibernético. Pero en general, Arendt es mencionada nuevamente por la idea del mundo que maneja, la cual es diferente de la de Heidegger, pues la de Heidegger es la idea metafísica del hombre como único ser” abierto al mundo” y la de Arendt es la del mundo común o espacio público o lo que ella llama el “entre” que a la vez separa y unifica a persona y otra, (lo que según ella trató de eliminar el Nazismo en los Campos de concentración) idea que no sólo me parece central en la política moderna, sino también porque me parece que en Latinoamérica la idea de una esfera o espacio público, no ha sido aceptada por ciertos fundamentalismos.
3. La lectura de los dos tomos de Castoriadis sobre Grecia que he podido leer se parte de la pregunta por el origen de la democracia griega en vista de que, como le gustaba decir, “antes de los griegos no había griegos” de los que recibir un modelo o una influencia democrática sino civilizaciones movidas por principios o símbolos trascendentes, que por tanto eran heterónomas, pues recibían su ley de algo exterior, de un libro sagrado o de un dios. Entonces cita su idea de que existe una institución primaria de la sociedad. Esta idea de autonomía como la capacidad de una sociedad de fundarse a sí misma a partir de lo que llama su imaginario social es lo que me parece diferente de la idea de autonomía de la voluntad de Kant. No puedo negar que la he conocido muy tarde, y sólo ahora me doy cuenta de que tiene intuiciones básicas de la física y de la matemática moderna que por desgracia sólo ahora estudio.