“SOBRE LA PREGUNTA: ¿QUÉ ES EL SER HUMANO? Y LA RESPUESTA DE WITTGENSTEIN, HEIDEGGER, BENJAMIN Y CASSIRER”. (SOBRE EL LIBRO “TIEMPO DE MAGOS” DEL FILÓSOFO WOLFRAM EILENBERGER)


Por Nayib Abdala Ripoll

No hace falta recorrer las calles de América Central o del Sur totalmente para darse cuenta del estado de ánimo angustiado de muchos ciudadanos que han salido de sus países para encontrarse como exiliados forzosos sin hogar, sin trabajo y sin encontrarle un sentido a sus vidas. 
Para el filósofo alemán Wolfram Eilenberger, quien ha pasado recientemente por Cartagena de Indias invitado por el Hay Festival, la filosofía no es primordialmente una disciplina académica, sino una especie de práctica permanente de examen de la forma de vida de cada uno que en casos como éste se formula la pregunta: ¿Qué es el ser humano? Pregunta que el maestro de la Ilustración Immanuel Kant pensaba que resumía todas las preguntas importantes de la filosofía en el siglo XVIII, mientras que ya en el siglo XX Max Scheler, creador de la sociología del conocimiento y de la Antropología filosófica, consideraba que no había recibido ninguna respuesta todavía a pesar de su importancia. Eso es lo que generalmente sabemos del asunto.

Ahora bien,  gracias al libro de este  periodista , corresponsal deportivo y filósofo nos enteramos que esa también era una pregunta crucial en la Alemania de la llamada “República de Weimar” entre los años 1919 y 1929, después de la Primera Guerra Mundial, cuando la gente vivía, de modo semejante a nosotros, cierto tipo de globalización o empequeñecimiento del mundo por la expansión veloz de los medios de comunicación y el progreso técnico y urbanístico, todo en medio de  un desempleo y de una inflación galopantes por el “crac” de la bolsa de Nueva York. Además, la violencia política aumentaba en las calles y muchos se suicidaban sin encontrarle sentido a la vida. Eilenberger se pregunta, en un libro que tiene la facultad de reducir lo intrincado y difícil a planteamientos a la vez claros y bien fundamentados (1), qué decía la filosofía en esa situación.

Se trata de un libro que persigue entablar una conversación con lectores legos como nosotros de la manera más franca y a la vez profunda, por concebir la filosofía como una forma de vida, y no como un mero ejercicio profesoral, pues muestra  las angustias de los cuatro filósofos: Wittgenstein deprimido en medio de sus tendencias homosexuales; Heidegger luchando por conseguir una cátedra en un mundo citadino y en un medio académico que detesta, pero que enfrenta con cierta lucidez la infidelidad de su esposa, a la que por otro lado, reemplaza con su amor profundo pero pasajero con Hannah Arendt;  Benjamin, entre el Paris del desarrollo urbanístico de los grandes pasajes, el de  Baudelaire y de Proust, el del licor y de las prostitutas y el Berlín militarista y dividido (que lo perseguirá hasta conducirlo al suicidio),  luchando por una cátedra que los académicos de la Universidad de Frankfurt le niegan por no entender sus escritos, y viviendo con angustia la enfermedad de su inteligente amante marxista; todos ellos diferentes de  Cassirer, el muy correcto profesor universitario procedente de una familia burguesa rica, pero al final convertido en otro exiliado más por sus raíces judías y su republicanismo, cuyo debate sobre la pregunta por el ser humano con Heidegger en la ciudad de Davos, fue para el autor crucial para el futuro de la filosofía.

Los  cuatro filósofos que pensaban de modo totalmente diferente, convergen, tras el serio escrutinio del autor, en una misma respuesta fundamental que no es puramente teórica, sino algo vivido por ellos mismos a lo largo de duras experiencias: el hombre es, ante todo, un ser que habla, lo que hace pensar en la definición del hombre de Aristóteles como “animal dotado de la palabra” o como se suele traducir: animal racional, (con lo cual se pierde la riqueza del vocablo griego: “Logos”, cuyo significado primordial alude al habla o al entendimiento mutuo por medio de la palabra, y no a la razón únicamente). De ahí que el lenguaje pase a ocupar el objeto central de reflexión que está en el fondo de sus diversos temas y métodos. Naturalmente que de un libro semejante un lego no puede pretender elaborar lo que se llama una “reseña”, pero sí tratar de expresar las perplejidades que dejó su grata lectura, pidiendo al benévolo lector que le atribuya a él y no al autor los errores de interpretación. 

Ahora bien, en vez de partir, como hizo el fundador de la filosofía moderna, René Descartes, de la duda de lo que vemos y tenemos por real  en la vida cotidiana,   los cuatro filósofos Martin Heidegger, Ludwig Wittgenstein, Ernst Cassirer y Walter Benjamin,  parten de lo  más común para nosotros, de lo que  dice y hace la gente cada día y del  mundo de la vida cotidiana, para, a partir de ahí,  plantearse otras preguntas que transforman, como si ellos fueran “magos”,  los viejos problemas de la filosofía en otros totalmente nuevos (de ahí el título del libro: “Tiempo de Magos”).  

Así, para Wittgenstein y Heidegger,  el problema con el que Descartes inaugura la filosofía moderna, (de si existe realmente el mundo que experimentamos en la vida cotidiana o es pura fantasmagoría, que lo condujo al ensayo metódico de   poner en duda toda la existencia real  del mundo exterior), en el fondo forma parte de un conjunto de falsos problemas surgidos por un falso uso del lenguaje, según Wittgenstein y, además, según Heidegger, por la influencia de la metafísica de la subjetividad, que reducía el mundo a ser ante todo un objeto para el "yo" del hombre, la cual, como toda metafísica. era necesario superar, según él, partiendo de su nueva concepción del ser humano como “apertura del mundo” es decir como algo que está ahí con una cierta pre comprensión del mundo antes de todo sujeto, de  toda conciencia reflexiva o lógica o científica del mundo.

Influidos por los estudios del lenguaje de Guillermo de Humboldt, los cuatro filósofos se negaron A CONSIDERAR EL LENGUAJE COMO SI FUERA UN SIMPLE MEDIO DE COMUNICACIÓN, QUE ES LO QUE HACEMOS HOY TODOS, TANTO LOS PUBLICISTAS COMO LOS FANÁTICOS DE LAS REDES SOCIALES, COMO LOS PERIODISTAS Y COMUNICADORES SOCIALES. Y, aunque esto no lo dice Eilenberger, nos parece que, por lo menos entre nosotros, esta visión instrumental del lenguaje ha llegado al extremo de intentar reemplazar el creativo diálogo entre personas por un mero intercambio de signos o señales en las redes.

Según Humboldt, el lenguaje es portador de una concepción del mundo; nos hace ver el mundo con formas y acentos diferentes, los cuales varían en cada cultura.  Inspirado en Kant y en Humboldt, Ernst Cassirer sostiene que el ser humano es un “animal simbólico”, es un animal que no se relaciona directamente con su entorno sino por medio de las "formas simbólicas" del mito, del lenguaje, del arte y de la ciencia. Hay que tratarlas en pie de igualdad en lugar de burlarse, por ejemplo, del mito como solemos hacer, por considerarlo inferior a los demás. De ahí se sigue que hay una pluralidad de formas de ver el mundo y la crítica de la razón de que hablaba Kant se puede convertir en una crítica de la cultura.

Esta pluriversidad de visiones del mundo hace preguntarse, por otro lado,  a Walter Benjamin, estudioso de las raíces de su cultura judía y estudioso del drama,  del arte y de la cultura urbana,  qué pasaría si se partiera de una especie de hipótesis según la cual además de diversidad de las lenguas humanas que intentan en el fondo por ejemplo, por medio de la poesía, nombrar la esencia de las cosas, existiera una especie de lengua original que habría dado el verdadero nombre de las cosas, una especie de lenguaje como el lenguaje bíblico de la creación, por haber perdido el cual, surgirían los diversos intentos lingüísticos y poéticos de decir lo esencial de las cosas y superar lo artificial del lenguaje meramente utilitario, hipótesis que hoy estudian los traductores como básica. Parece que los traductores son para Benjamin los que intentan hacer resonar en el lenguaje propio las vivencias e “iluminaciones” del otro lenguaje.  

El drama barroco que estudió le mostró cómo en vez de decir algo directamente, los autores se expresaban por medio de alegorías, es decir, nombraban las cosas indirectamente, simbolismo que en el Barroco mostraba la suprema desesperanza del mundo después de la “caída” mencionada por la Biblia, cuando se ha perdido la pureza del lenguaje original y el lenguaje se ha convertido en mero instrumento. Sólo queda el intento de “mostrar” la verdad, pero no de decirla, pues eso no se puede cuando el lenguaje es un mero medio de comunicación. En sus trabajos sobre la evolución de la construcción de los famosos centros comerciales que se originaron en el Paris del siglo XIX, reemplaza como modo de exposición la lógica formal por la “lógica del álbum” que muestra al paseante solitario y despreocupado de las grandes ciudades las vitrinas de los almacenes donde el arte se une con la vida comercial, la publicidad y el mercadeo del capitalismo.

Para Benjamin, pues, el lenguaje que tiene sentido es el original lenguaje creador o lenguaje de Dios, el que da el verdadero nombre de las cosas, en cambio el lenguaje entendido como medio de comunicación ha perdido esa facultad, y sólo el poeta puede intentar volver a nombrar las cosas en su verdadera esencia. Ahora bien, para Heidegger también en la vida cotidiana andamos perdidos con el lenguaje usual traficando con los entes olvidando que  la verdadera pregunta radical es la pregunta no por los entes sino por el ser de los entes , pues  dicha pregunta sólo se puede plantear por un ser como el ser humano,  para el cual el mundo está abierto siempre (aunque muy pocos se den cuenta) y por tanto su ser consiste en apertura, es decir, en poder preguntar por el sentido del ser, lo que le permite asombrarse de que haya algo. El ser humano es capaz de preguntarse: ¿por qué existe algo y no más bien nada? Sólo él es capaz de asombrarse de que el mundo exista.

Este modo metafísico de preguntar es cuestionado por Wittgenstein, para el cual, en su primera época, ( durante la cual fue el héroe del positivismo lógico y del empirismo lógico que de Austria pasó a brillar en  los Estados Unidos con Willard Van Orman Quine a quien fuimos a escuchar en Barranquilla cuando  fue invitado por la Universidad del Norte), el lenguaje que tiene sentido es el lenguaje de las ciencias fácticas, y su primer libro, el “Tractatus” es una especie de terapéutica para las personas que buscan el sentido de la vida como indicándoles que ciertamente sólo el hombre puede preguntarse por el sentido de la existencia, pero que de eso no se puede hablar con sentido. Y de lo que no se puede hablar lo mejor es callar. (No sé por qué esta parte de Wittgenstein me recuerda el final de la obra "Hamlet" de Shakespeare, donde después del mutuo asesinato de los protagonistas Hamlet dice “The rest is silence” (el resto es silencio).

Ernst Cassirer, en cambio, escribió una vez a su esposa que podía expresar sin dificultad y entender sin dificultad lo que se proponía en diversas lenguas. Y el libro hace de la famosa discusión o debate en la ciudad de Davos entre él y Heidegger un acontecimiento que marca el decenio de manera clave. Se enfrentaron dos formas de entender a Kant, una epistemológica, que pregunta por la crítica del conocimiento, la de Cassirer, y otra ontológica, que pregunta por lo que Kant entiende por el ser, la del Heidegger. Lo que subraya el autor es que se enfrentaban bajo el intento de discutir el legado de Kant dos modos diferentes de vida y de entender la política, pues Cassirer era visto como el profesor universitario representante de las grandes familias de Hamburgo y del mundo académico, republicano y demócrata, mientras que Heidegger representaba al mundo que desprecia los formulismos del Estado y la formalidad académica, que prefería vivir en una cabaña en el campo a vivir en un edificio de la ciudad como Cassirer y para el cual el sentido de la vida humana no se puede definir mediante una elección entre dos posibilidades con base en argumentos o razones, sino por medio de una decisión que era como un salto que en la vida el ser humano a veces se veía obligado a dar. Esta última forma de ver el tema del sentido de la vida tenía mucho que ver con las filosofías de Nietzsche y Kierkegaard, dos antiacadémicos por excelencia.

Volveremos en un nuevo Blog sobre algunos problemas particulares planteados por la obra, después de leer algunos ensayos de Benjamin que menciona. Baste por ahora esta breve y primera aproximación a esta obra maestra de claridad, concisión y pertinencia. Cambia los modos de apreciar la filosofía y cambia la visión vaga que teníamos de los años veinte en Alemania, cuando sólo veíamos brillar la filosofía fenomenológica de Husserl, Scheler y su crítica por Heidegger.


(1) Wolfram Eilenberger. TIEMPO DE MAGOS. La gran década de la filosofía 1919-1929. Traducción de Joaquín Chamorro Mielke. Taurus, Penguin Random House Grupo Editorial SAS Bogotá Colombia. Bogotá, Colombia, 2019  


(Philosopher Wolfram Eilenberger conceives of  philosophy not as a mere academic exercise but as a way of life and  the question about the being of man formulated by the german philosophers of the Decade of the Weimar Republic as a living question still today).

Comentarios

  1. Aclaró que el apellido del autor es Eilenberger y no Eilensberger.

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  2. Presento excusas por haber escrito mal el apellido del autor y por la demora en corregir el error. Gracias

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