LA FORMACIÓN DEL SUJETO POLÍTICO. LOS “PERTURBADORES DEL ORDEN” Y LOS LUCHADORES POR LA LIBERTAD.


Por Nayib Abdala Ripoll

La filosofía política está cambiando vertiginosamente y la democracia no es concebida sólo como una forma de gobierno establecida de una vez para siempre, sino también como  una forma política en proceso de formación, en diálogo constante con los llamados: movimientos sociales, cuyos líderes suelen, tal vez por eso, ser frecuentemente asesinados.  Tampoco se pregunta ya sólo cómo se forma un ciudadano capaz de autodeterminación y de consenso bajo la autoridad institucional del Estado, sino que también  cómo se va formando en la vida cotidiana un sujeto político con su forma de vivir, de trabajar, de expresar su crítica o disconformidad no sólo por medio de las redes, sino también por medio del arte, de la música y de la danza. 

En un artículo anterior veíamos que, según la obra del investigador Dieter Thomä (1), cuando hay perturbaciones del orden social la filosofía debe preguntarse: ¿Qué pasa en el “umbral” de esa sociedad?  El umbral parece ser para él el espacio en el que se encuentra el que “todavía no" ha entrado a la casa, es decir, puede tener un sentido en lugar de espacial, meramente temporal. Así que se puede usar cuando uno se pregunta cómo los jóvenes se convierten en sujetos políticos o ciudadanos o, si aplicamos con permiso del autor la pregunta a nuestra situación,  cómo los pandilleros que agobian las calles de América Latina y que viven en condiciones de informalidad pueden convertirse en sujetos políticos para la renovación social.

La pregunta se debe, anota el profesor Thomä, a que, en la era moderna, a diferencia de la antigua y medieval, el orden social y político se acepta si está conformado por los mismos ciudadanos, (no por un gobernante despótico o por un líder fanático religioso o un mero caudillo político representante de la derecha o de la izquierda) sino desde la base de ciudadanos libres e iguales.

Los grandes pensadores de la Ilustración en el siglo XVIII, como Hobbes, partieron de la idea de que, si esos individuos se preguntaran si podían vivir sin un Estado, se darían cuenta de que, como se supone  que cada individuo tiende fundamentalmente a la auto conservación, habría un caos o guerra de todos contra todos, y por esa razón para su seguridad acordarían establecer un pacto social de obedecer a  un Estado que los protegiera de los demás individuos considerados violentos por naturaleza .

 Sin embargo, entre otras objeciones,  en la década de los ochentas del siglo pasado, cuando en la filosofía política norteamericana se enfrentaron las dos tendencias del comunitarismo y el liberalismo, una de las críticas de los comunitaristas a los clásicos modernos contractualistas basados en Hobbes, consistía en que consideraban que el individuo que consentía formar parte del pacto social era ya un ciudadano perfectamente formado y madurado antes de entrar a él, con una noción perfecta, formada de antemano y por fuera de la sociedad, de sus derechos de propiedad y seguridad.

Actualmente, sin embargo, después de  las críticas de Diderot y Hume a esos enfoques contractualistas, se puede preguntar con el profesor Thoma: ¿ cómo “pasan el umbral” esos individuos?; cómo se forman como sujetos políticos, y Thomä muestra que ya en el siglo XIX, la novela “Los Miserables” de Víctor Hugo se pregunta si los jóvenes rebeldes pueden ser convertidos en perturbadores del orden social por el autoritarismo y la violencia, mientras que la obra monumental sobre la “Democracia en América” de Alexis de Tocqueville, se pregunta si no es el despotismo el que engendra esos monstruos o salvajes mal preparados para la vida en libertad. 

El perturbador del orden social puede ser comprendido, entonces, como alguien que no fue formado para la autoconciencia y la autodeterminación, para la libertad y la ciudadanía  sino bajo ciertas formas despóticas de gobierno que lo convirtieron en enemigo de formas avanzadas de la política.

Thomä muestra cómo según Tocqueville, bajo condiciones de dominio por un “soberano hegemónico” (p,232) se atrofia la capacidad de autodeterminación de los pueblos y los ciudadanos, con tal de conservar su prosperidad, dejan de preocuparse por la esfera pública y se limitan a pedir al soberano la preservación del orden. Además, según Tocqueville, mientras en Europa el despotismo fuerza a la gente a retirarse de la política y a recluirse en la vida privada, en Estados Unidos hay ciertos pueblos y regiones que se ocupan de los asuntos del Estado como si fueran asuntos de los propios ciudadanos (citado por Thomä, p. 234). 

Para él, Norteamérica es el único país donde la sociedad se desarrolla armónicamente y se ejercita en la libertad mediante la autoadministración de sus asuntos públicos. Es un pueblo que vive a fondo su mayoría de edad y sus ciudadanos forman constantemente muchas asociaciones para compartir sus objetivos políticos. Por eso no se teme allá la aparición de actos irreflexivos o revoluciones, como en Europa. En todo caso no existió allá el despotismo que hace aparecer lo que Thomä llama: el “Puer Robustus” o perturbador de la paz y del orden.  

Naturalmente que Thomä observa que Tocqueville habla de la participación política de unos pocos, pues no tiene en cuenta la situación de indios y esclavos y, aunque critica la esclavitud, sostiene que los libertos no están preparados para vivir en libertad, lo que para Thomä quiere decir que los trata como a las clases inferiores de Europa. Además, antes de que apareciera Tocqueville, hubo en los Estados Unidos controversias sobre hasta qué punto se puede confiar en la sensatez política de un pueblo que va a luchar por su independencia. 

Así, mientras que Hamilton y Madison sostenían que hay que precaverse contra la inmadurez política de esos pueblos por ser una amenaza al orden político, Jefferson pensaba que esa actitud prolongaba la minoría de edad de esos pueblos, pues le parecía que basar la estabilidad política en el miedo de los ciudadanos (como hacían los seguidores de Hobbes) es traicionar al pueblo, ya que la custodia de la libertad únicamente puede ser asegurada por el mismo pueblo.

Por otro lado, varias generaciones de latinoamericanos que emigraron de los campos a las ciudades desde principios del siglo XIX han tenido sus primeras experiencias políticas bajo dictaduras militares o durante el paso de períodos de violencia a períodos de paz, alcanzando después de la violencia cierto sentimiento de estar dentro del orden social y político. En estos países existe por eso una peligrosa tradición (al parecer ignorada u olvidada por los grandes tratadistas de la política) que sostiene que la paz política fue una conquista de las dictaduras o de caudillos políticos fuertes que pusieron punto final al desorden social o a las guerras civiles, resultados del odio engendrado por intereses sociales en conflicto que se polarizaron al ser revestidos de un ropaje de fanatismo político y religioso.

 Las guerras intestinas y los conflictos armados han ocasionado que muchos habitantes de regiones lejanas de América Latina  se quedaran más acá de la sociedad y del Estado, (es decir, en lo que Thomä llama “el umbral” del orden social), en situaciones ambiguas por la informalidad y no alcanzaron la ciudadanía, la educación y la capacidad de trabajar; a veces no han sido siquiera registrados cabalmente como ciudadanos o, dadas las circunstancias de penuria o miseria deambulan por los suburbios o bordes de la sociedad y del Estado desde hace siglos.

Uno de esos casos en Colombia, fue investigado recientemente, con un objetivo diferente,  en un libro sobre el período político llamado de “La Regeneración” a fines del siglo XIX, cuando se pasó del Federalismo al Centralismo político gracias a la coalición del político liberal Rafael Núñez y del pensador conservador Miguel Antonio Caro, para poner fin a una época larga de guerras civiles y de polarización de la nación por diferencias en la concepción de la economía y por  el fanatismo político y religioso. 

En efecto, el historiador Max Sebastian Hering, en su notable libro dedicado al análisis histórico del año de 1892, al cual hemos dedicado unas notas en un artículo anterior (2), ha mostrado lo que podríamos llamar una parte del umbral del orden social de la Regeneración, cuando investiga rigurosamente las referencias de la época a la persecución en formas de redadas constantes por la policía, de los “gamines” o niños abandonados de Bogotá con el objetivo de “aplicarles la ley”.

Como algunos periodistas de la oposición liberal sostenían entonces que el fin de las redadas era convertir los gamines en jornaleros a la fuerza de los cafetales, cuando en una ocasión, por alguna razón uno de esos gamines entró al Palacio de Gobierno y se entrevistó con el mismo presidente Miguel Antonio Caro, éste negó categóricamente que bajo su gobierno pudiera volver a darse la esclavitud y ordenó que fueran liberados los niños que habían sido llevados al campo. 

Sin embargo, Hering muestra que en el fondo se trataba de salvar las apariencias, pues entonces era general la convicción de que no había otro remedio para las andanzas de esos niños acerca de los cuales se juzgaba que participaban de la prostitución y del alcoholismo, considerados por la ciencia de la época como conductores de la degeneración (entre otros motivos, por la sífilis, entonces abundante).

Esos niños y jóvenes de la calle eran demonizados y deshumanizados por parte de la opinión pública (es decir, eran convertidos en una especie de “animales” como el de la película de Gaviria “La mujer del animal”) para justificar una política-moral de tolerancia cero con los vicios y sobre todo con el alcoholismo y la chicha, como lo demuestra Hering con base en una tesis de grado en medicina de la Universidad Nacional (p.115). Entonces en Bogotá se seguía la tendencia a patologizar el consumo de bebidas alcohólicas con base en una concepción evolutiva de la vida y la enfermedad, que permitía enunciar varios estados degradantes por los que pasarían los enfermos de la calle cuyo último grado sería la “idiotez”.

 ¿Por qué el libro de Thomä sobre los perturbadores del orden social es importante para comprender estos sucesos, a pesar de que se refiere a acontecimientos de otros continentes? Precisamente porque nos muestra que fue Víctor Hugo, quien utilizó el término “gamín” para referirse a los niños abandonados, y se comporta como si fuera un padre o protector de los gamines de Francia.  Hugo, según muestra Thomä, usó la expresión: “pequeño salvaje” para referirse a ellos, un término que utilizó Diderot para nombrar al “Niño fuerte” o “Puer Robustus” que Hobbes veía en el "Estado Natural" del ser humano. Ahora bien, Hugo cree que ese "pequeño salvaje" puede tener un progreso moral y convertirse en un liberador de la sociedad.

Lo importante es que para Thomä se puede observar en ese caso que el perturbador del orden es concebido ahora no como alguien que está ya perfectamente desarrollado antes de entrar al contrato social, sino como alguien que está en camino sea para llegar al orden o para perturbarlo y para crear otro orden, porque todavía está en formación. Así que el umbral no es algo espacial, sino más bien temporal y allí puede estar un individuo como el que esboza Diderot en "El sobrino de Rameau", una de sus novelas dialogadas sobre  uno de esos jóvenes que observan con mirada crítica lo que los adultos llaman el orden social y se dirigen a él con ironía, sarcasmo y sátira. 

No son pues, ciudadanos ya formados por fuera de la sociedad, sino gentes que dependen de las circunstancias a veces adversas de su propia naturaleza o de la sociedad como el personaje del  joven pandillero Gavroche, pintado también por Delacroix al lado de Marianne, la mujer que representa la heroina de la libertad, en su famoso cuadro  que conmemora una de las rebeliones del siglo XIX francés que terminan en encuentros en las barricadas de Paris, en la cual muere Gavroche como héroe defendiendo a los “miserables” (de donde el título de la famosa novela de Víctor Hugo) que están siendo masacrados por el ejército.

Existe el peligro de considerar a esos rebeldes del umbral meramente como “problemas sociales”, es decir, personajes enteramente pasivos, incapaces de acción, pues sólo se moverían por reacción a sus pasiones y vicios o a su condición de desgracia o pobreza extrema. En cambio, Víctor Hugo mostró que eran capaces de acción e incluso de heroísmo. 

Grandes películas del momento actual como “La mujer del animal” y “Capharnaum” muestran que los llamados niños y niñas de la calle deben dejar de ser llamados “problemas sociales” y comenzar a ser vistos como seres capaces de acción. El niño protagonista de la película “Capharnaum” rechaza la costumbre de ciertas civilizaciones orientales de casar a las niñas en la pubertad, y lo hace justo en el momento que le avisan que su hermanita muere desangrada a causa de un matrimonio prematuro. Además, con sus cuidados. muestra cierta conciencia moral y racional de la responsabilidad que implica hacerse cargo de un bebé forzosamente abandonado por su madre retenida en la prisión por carecer de papeles.

Podemos considerar, finalmente, que en la actual época llamada “postmoderna”, en la película “El Estudiante” de Kirill Serebrennikov (3), que mereció una mención en el festival de Cannes de 2016, pero que no fue muy reproducida en los teatros colombianos, se muestra un cambio extraordinario en la forma de presentar hoy en día el conflicto entre el joven rebelde, presunto sujeto político en formación, y el nuevo orden social después de la caída del comunismo. en la antigua Unión Soviética.

En efecto, el perturbador del orden es en este caso un estudiante con creencias religiosas fundamentalistas, que se basa en citas importantes de la Biblia para no sólo criticar, sino utilizar la sátira y al final la violencia contra una profesora de Biología que enseña con naturalidad la visión científica de la evolución, del sexo, de la homosexualidad y el feminismo.

Para enfrentar la clase donde se enseña que el hombre desciende de los primates, el perturbador del orden (es decir, el personaje del estudiante Venya), se desnuda y con una máscara de gorila arma un escándalo en la clase. Cuando se entera de que  la maestra es judía, llega a plantearse la misión “providencial” de una agresión violenta, utilizando a otro estudiante, medio enfermo, casi inválido y solitario, víctima del matoneo estudiantil, que se somete pasivamente a Venya buscando refugio y comprensión, lo que al final lo conduce a la muerte.

Esta visión postmoderna del perturbador del orden social indica que el resurgimiento religioso de la época actual puede ser promovido por los gobiernos totalitarios, para enfrentar a los luchadores por la tolerancia, la ciencia, la libertad y la paz. La película transcurre en un salón presidido por una fotografía del líder Putin. 

Nota bibliográfica.

1) Hemos seguido basándonos en la rigurosa exposición de la evolución de la figura liminar del perturbador del orden social de Dieter Thoma, en su obra: Una filosofía del perturbador. Traducción de Alberto Ciria. Barcelona. Herder. 2018. Sin embargo, solicitamos al lector que nos atribuya a nosotros y no al autor los errores que puedan sobrevenir del intento de aplicación de la obra a nuestra situación.  

2) Consùltese tambièn:. Orden Policial y desorden social en la Bogotà de fin de siglo (XIX). Editorial Crìtica. Max Sebastian Hering. 1892: Un año insignificante

3) En la red se consigue un excelente comentario de la película "El Estudiante": Guy Lodge Film Critic. Cannes Film Festival. Courtesy of Cannes Film Festival. May 13, 2016.

(Dieter Thoma's new book on the disrupters of social order allows us to compare the difficulties posed by the critics on the formation of the political subject both in Europe and in America and to distinguish the points of view of tolerance and fundamentalism)

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