EL DESMORONAMIENTO DEL “MUNDO DE LA EXCELENCIA”. (NOTA SOBRE LA PELÍCULA: “PARASITE”)



Por Nayib Abdala  

En la recientemente premiada película “Parasite” las cámaras muestran muy bien el contraste “Alto/bajo”, casi como símbolo del contraste “ricos/pobres” de la estructura urbanística de una gran ciudad coreana  y de  la estructura arquitectónica de una de sus viviendas, una casona de ricos, dotada de un subterráneo refugio para épocas aciagas, adonde el ama de llaves ha conducido a su marido pobre y enfermo para cuidarlo secretamente,  como si la familia rica tuviera, sin notarlo, una especie de “parásitos” humanos en el sótano secreto, y como si la misma ciudad tuviera sus parásitos (es decir, en general, los pobres, los desempleados o los que viven de trabajos no reconocidos o  considerados inferiores) en sus partes, subterráneas.

Es allí abajo, tanto en la casa como en la ciudad, donde se viven escenas de un extraordinario ingenio para ganarse la comida del día, pero también de enfermedad y llanto, de pánico y de encerramientos de emergencia como los que otros, en circunstancias distintas, pudieran instaurar para evitar el peligro de la expansión de un virus cualquiera al resto de la ciudad. Pero aquí no hay virus, sino parásitos, residuos de la desigualdad tolerada por los planes de desarrollo de los economistas desalmados, situaciones extremas que en otras épocas se decía conducían a la barbarie (1), las cuales hoy crecen como residuos que deja el desarrollo económico y el urbanismo acelerado por los planes comerciales de la globalización.

Es atrevida, pero sugestiva la comparación de esta estructura urbanística con la estructura literaria de la obra de difícil  pero desafiante lectura, “El sobrino de Rameau” (2) del siglo XVIII francés, escrita por Denis Diderot, uno de los autores de la Enciclopedia, obra emblemática de la Ilustración, que consiste en  un diálogo entre un hombre serio, prudente, que conoce de pintura, teatro y ópera y un joven músico pobre, sobrino de otro músico famoso, ya fallecido, de apellido Rameau,  que se gana la vida en parte utilizando su gran ingenio para vivir “de gorra” de los más ricos, haciendo de bufón. aunque culto y con gusto artístico, una especie de “parásito” sui generis (3). Ambos personajes, que se identifican por medio de pronombres: “Yo” y “El”, tienen cada uno algo de la personalidad de Diderot, según podemos aprender en la introducción de la edición de Cátedra por Carmen Roig.

En realidad, nos dicen los editores de sus obras hoy, el sobrino de Rameau es un instrumento de Diderot para vengarse de las críticas adversas de la alta sociedad francesa contra la Enciclopedia.

A lo largo del diálogo se puede observar cierta concepción del parásito como algo necesario, pues se muestra en el diálogo una concepción de la vida que tiene su base en la naturaleza, pues según ella todo lo que vive busca necesariamente, ante todo, su bien particular  y justamente Rameau desde que se levanta tiene que inventar trucos para conseguir su almuerzo y su comida, como los sin empleo y los mendigos de hoy, pero su talento retórico lo convierte en un “carácter” que imita con sorna y con burla a los que se las dan de nobles o de honestos sin serlo.

Lo que más admira “YO”(el rico) en “EL”( el sobrino de R.) es su “franqueza”, pues muestra sin hipocresía sus buenas cualidades, aunque sin pudor muestra también las malas, propias del pícaro.

En la obra esta franqueza es un arma contra el fariseísmo, el cual por cierto , si pasamos ahora a la vida real, tiene varias formas de mostrarse a lo largo de la historia, una de las que nos ha tocado vivir es lo que he llamado el “modo de la excelencia”, un afán de mostrarse “excelente”, no meramente en sentido superficial, por medio del cuerpo o del lenguaje, sino también por la forma de comportarse y de conducirse en las relaciones públicas. Se trata de un sentimiento de anhelo de sentirse evaluado de la mejor manera como posible medio para la competencia por los mejores puestos de trabajo o por la mayor audiencia o por el mayo “rating” en las redes.

De hecho, una ola de afanoso "mostrar excelencia" por medio de certificaciones dudosas recorrió la esfera de las publicaciones y de la enseñanza media y superior en grandes partes de Suramérica, hasta el punto de que algunos observaron que parecía que se cambiaban beneficios políticos o monetarios por certificados de excelencia (4).

En la película “Parásito” el "modo excelencia" está presente por la forma cuidadosamente preparada mediante la cual cada miembro de la familia de los pobres quiere aparentar ante la familia rica que posee la más alta calidad, aunque tengan que proceder a falsificar documentos de acreditación, todo con el fin de quitarle el puesto a un ama de llaves, a un chofer, a un profesor de matemáticas y de conseguir un puesto de profesor de artes para enseñar a un niño díscolo, aunque inteligente.

Pero en Rameau no hay fariseísmo pues es el único pícaro capaz de confesar que lo es. Su ser y su parecer no se oponen. Carece de principios. Y en esto se parece, en la película “Parasite”,  al padre de familia de los parásitos de la mansión coreana rica, quien, durante una escena impresionante, cuando junto con  el barrio entero aparece desplazado por un aguacero y recogido en colchones en una cancha deportiva, le responde a su inteligente hijo, quien le pregunta si tiene algún “plan” para enfrentar la calamidad, que lo mejor es no tener ningún plan, pues en casos de calamidades como aquella, ninguno, aunque tenga el mejor de los planes, se salva por un plan, sino por su ingenio.

 Es como si dijera que a veces es mejor dejarse vivir en el día a día, como el sobrino de Rameau, pues lo mejor parece ser acoger cada día en su majestad, en su máxima plenitud (5) y con sus peligros latentes y atenerse sólo a los intereses y las sensaciones. Lo que lo diferencia de Rameau es que la franqueza de éste no es algo buscado deliberadamente, sino un comportamiento intuido como el más adecuado.

La ausencia de reflexión muestra, paradójicamente, en una época que busca mostrar el valor de la razón (y por lo tanto “del plan”) como el instrumento de la liberación de las tinieblas medievales, la franqueza de Rameau como una espontaneidad de la naturaleza, la que se da cuando un gato observa que pasa un ratón y sin reflexionar si es bueno o malo salta; en efecto, Rameau sostiene que no reflexiona en lo dicho antes de hablar ni después de hablar.

Por eso la obra de Diderot ha sido interpretada como un ataque a la moral aristotélica y escolástica que ve al ser humano, a diferencia del gato, como un ser capaz de reflexionar con “prudencia” y “virtud” antes de actuar. Ahora bien, a veces los de la moral de la excelencia que está de moda parecen afirmar que ellos, por la alta calidad o excelencia de los principios en los que se basan son los únicos capaces de guiar en tiempos de paz y de salvar a los demás en casos de catástrofes.

En suma, el sobrino de Rameau no dice que él es excelente, sino que proclama ser ignorante, necio, loco, jugador y perezoso, pues juzga que eso es lo que tiene que ser para lograr lo que él quiere, es decir, para ser coherente consigo mismo.

Y comenta con razón la editora que es como si pensara que tiene derecho a ser como realmente es. Es como si tuviera una verdadera identidad a diferencia de los “fariseos” del presente, porque si se respetara esa verdad interior de ser un “haragán vicioso” (p.39) se respetaría también el orden natural de las cosas. 

Este comportarse según la naturaleza, a pesar de su dureza, aparecía a los ojos del siglo XVII como algo exigido por la necesidad, opuesto a la moral convencional que es contingente, de manera comparable a como en la película “Parasite” parece recurrirse a una moral diferente de la convencional, aunque no la hayan encontrado todavía, y por eso frente a las catástrofes parecen creer que hay que atenerse a la cambiante dureza e inconstancia de la  realidad producida paradójicamente por la planeación de los gobiernos y enfrentar cada momento en su grandeza como algo nuevo (6).

(1) Oscar Wilde creìa que la guerra era el ùnico medio que el hombre habia creado para deshacerse del exceso de aquel sector de la poblaciòn al que se le atribuye "el retraso de la civilizaciòn" Ver: A. H. Cooper- Prichard- CONVERSACIONES CON OSCAR WILDE, traductor, Hèctor Lìcudi. Planeta, España. p- 66

(2)  DIDEROT, D. EL SOBRINO DE RAMEAU O SATIRA SEGUNDA. Edición de Carmen Roig. Madrid. 2003   

(3)       Philip Blom. ENCICLOPEDIE. El triunfo de la razón en tiempos irracionales. Traducción de Javier Calzada. Barcelona Anagrama, 2012. PP. 174 y ss. y 339 y ss. 

(4)       Miguel Giusti. DISFRACES Y EXTRAVIOS. Sobre el descuido del alma. México. F.C.E., 2015 pp17 y ss.   

(5) Nota posterior;
 Sugerir, en estos tiempos peligrosos, cuando la humanidad teme que el mal aumente màs cada  nuevo día, que se intente apreciar, a pesar de todo,  la "grandeza" de cada día, puede parecer torpe, pues la expresión correcta seria: la "grandeza trágica", pues  los conflictos en los que està involucrada la humanidad exceden cualquier intento de solución o de calificación moral, porque dependen, como decía Maquiavelo, de la fortuna y no sòlo de la "virtud" con la que los humanos se esfuercen por solucionarlos. La "grandeza" de cada día se debe en estos días a la grandeza del sentimiento mundial de solidaridad frente a una  amenaza cuyo origen solo  algunos héroes se arriesgan a buscar. 

(6) Nota posterior: Presento disculpas por dar la impresión de  responsabilizar de las  catástrofes exclusivamente  a los planes de los  economistas y de los gobiernos, pues, no todo plan es intencionalmente malo, sino que la contingencia de la vida humana siempre amenaza con mostrar sus falencias; además, Justamente Diderot y la Ilustración lucharon contra el error de culpabilizar de las catástrofes no sòlo a los economistas, sino tambièn  a protestantes o judíos o al "diablo" o a grupos despreciados.



(Until now, conventional morality was based on seeking a pretended excellence in sports and business based on a plan drawn up by each individual; world crises and global catastrophes seem to indicate to us that it is better not to have any plan based on excellence and, as in the movie "Parasite", to accept contingency and vulnerability along with the mystery and greatness of each day. 







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