“CONFLICTOS TRÁGICOS. CULPA Y RESPONSABILIDAD EN TIEMPOS DE PESTE”.




Por Nayib Abdala 

En épocas de grandes pestes y catástrofes muchos buscan un culpable al que  se tiene que castigar para que el caos desaparezca. Asì, es común hoy culpar  a los barrios màs pobres por el incontrolable crecimiento de la pandemia entre nosotros, en parte por la necesidad que tienen  de "vivir del día a día", como se dice, en parte se les achaca tambièn  su "irresponsabilidad". En este artículo nos asomamos a ver cómo los antiguos y los modernos trataban de este asunto.

En los trágicos griegos, se buscaba un oráculo o a un adivino para que indicara lo que tenía que hacer la ciudad para acabar con la mortandad ocasionada por una peste, y en caso de tratarse de un castigo de los dioses señalara quién es el culpable.

En el mundo moderno, el filósofo alemán Karl Jaspers, reflexionando sobre la vida de su país después de la Segunda Guerra Mundial, hizo ver que también se puede entender la culpa como responsabilidad de toda una comunidad, por los delitos cometidos por sus antepasados.

Es un sentido general de la idea de  culpa como responsabilidad por los malos efectos de una polìtica exterior de un país  que había atentado  contra los derechos humanos, como sucedió en Alemania, país que asumió la responsabilidad por los efectos de la polìtica criminal Nazi, el cual no por casualidad, fue justamente  el país que había iniciado, en la aurora de la era moderna, la gran  reforma religiosa protestante. Aquí la culpa se entiende más bien desde el lenguaje de la responsabilidad de los ciudadanos con respecto a las consecuencias de los crímenes contra la humanidad cometidos  por sus antepasados.

Hoy día tenemos, casos como el de los  indígenas del Amazonas, quienes, vienen rogando desde hace tiempo, con un lenguaje religioso, por la protección del hogar de sus dioses y de sus ancestros y han denunciado el maltrato que sufre actualmente  la naturaleza en esa región del mundo, y sólo la gran conciencia a la vez religiosa, social y ecológica del actual Papa del catolicismo y la inteligencia ecológica de la actual Canciller de Alemania (patria del primer rebelde contra la deforestaciòn de los bosques suramericanos, Alejandro de Humboldt) los ha acompañado en su denuncia.

Por eso algunos sostienen que aquí se oponen, el valor del equilibrio ecológico y, por lo tanto, de la vida y el valor del desarrollo económico, según dicen los que planifican las desforestaciones. Pero en realidad  no es el desarrollo económico lo que de por sì daña la naturaleza, sino la falta de responsabilidad de los que planifican no sólo la deforestación paulatina del Amazonas, sino también la de otras reservas ecológicas. Pues esos planificadores, en vez de escuchar a los pueblos que van a sufrir las consecuencias de su "planificación",  rechazan el lenguaje de los indígenas por "primitivo", pues sostienen  que creen en mitos y alegan que ese lenguaje no es universal y por tanto no puede tenerse en cuenta a la hora de un reclamo racional de derechos.

Parece que los depredadores de la naturaleza no asumen una perspectiva más universal que les permita ver que la "culpa" de que se habla alude en este caso a una responsabilidad de los ciudadanos de los paìses amazónicos  no solamente  con sus descendientes, sino también con los demás ciudadanos del mundo. A veces se tiene la impresión de que chocan dos tipos de leyes o de derechos aquí, unos de carácter particular y otros de carácter universal. Es por eso que vale la pena preguntarse cómo ven esta oposición los trágicos griegos.

En la tragedia “Antígona” del gran autor del teatro griego Sófocles, dos hermanos se enfrentan y se matan, el uno como soldado de la ciudad y el otro, como enemigo de la ciudad, porque disiente del gobierno, y , unido a unos rebeldes, la ataca.. El gobernante que representa la ley, es decir el padre de los dos hermanos y de Antigona,  llamado Creonte, una vez que son vencidos los rebeldes, ordena que el hermano patriota sea enterrado como un héroe, mientras que el ahora considerado “traidor” sea dejado insepulto para que lo devoren las fieras que comen carroñas. De las dos hermanas de los muertos, una, Antígona, rechaza el “decreto” del gobernante, e invita a la otra, Ismene, a desobedecerlo por medio de un entierro, aunque sea simbólico, en el sentido de arrojar tierra sobre el cadáver, a lo que Ismene se niega, alegando que la mujer debe por prudencia guardar el puesto de obediencia y sumisión que le corresponde según la tradición de la ciudad, frente al varón y obedecer las leyes de la ciudad.

El constitucionalista italiano Gustavo Zagrebelsky, quien en algunas conferencias que pueden consultarse en Youtube ha dicho que, aunque admira al personaje de  Antìgona, no le gustarìa tener "una Antìgona"  en su casa y màs bien preferiría tener a  una Ismene, sostiene (1) que en la tragedia de Sófocles se enfrentan dos sentidos de la palabra ley a saber: la ley del gobernante de la ciudad, a la cual llama "lex", usando la palabra latina que Roma elevò a la màs alta dignidad, sin la cual se desmoronan el orden y las instituciones cívicas, y la  ley que nombra con la palabra griega: “nomos”, es decir la ley religiosa del respeto al mundo de los antepasados o de los muertos. 

Son dos tipos de leyes cada cual válida y necesaria para su respectivo mundo. Tanto el lenguaje religioso como el político tienen exigencias válidas. Por eso el conflicto es insalvable. Ambas partes tienen un valor digno de respeto. Claro que Zagrebelsky tiende a defender a Creonte y las leyes de la ciudad de los que lo tratan de culpable y de vil tirano, pues como gobernante hizo lo que tiene que hacer un gobernante, de lo contrario, no se trataría de una tragedia, pues requisito de la tragedia que en ella se enfrenten dos valores igualmente importantes,.

A pesar de la lección de los griegos, en el sentido de que los conflictos humanos son trágicos, es decir, muestran lo vulnerable que es el ser humano frente al destino y por eso debieran haber hecho tomar conciencia de lo necesario de la moderación ante las catástrofes y las pestes, sin embargo, en el mundo moderno se dieron los más crueles castigos a los condenados por haber sido señalados como “culpables” de una catástrofe, sea una peste o un mal físico. Con ocasión del gran terremoto de Lisboa de 1755, Voltaire mostró que los fanatismos y la superstición infundían en la población grandes temores al mal y echaban la culpa a los que consideraban incivilizados o moralmente malos, como los judíos y los herejes, a los que consideraban dignos del desprecio social. Y en el mundo actual, los terroristas abusan de ese lenguaje para incitar a la guerra y al asesinato.

Extremistas y populistas tienden a proponer soluciones no moderadas sino arrogantes para cambiar el mundo,  que el escritor Alejandro Gaviria en el importante libro: “Aún nos queda la palabra”(2) llamaría: “verticales”, es decir, radicales, drásticas, espectaculares y ruidosas. Ahora bien, como ha mostrado Gaviria, nos hemos vuelto ciegos para comprender que existen conflictos trágicos, es decir, derivados de la misma condición humana, del hecho de que nacemos y morimos, por lo que somos vulnerables y sometidos al azar de futuros contingentes e impredecibles.

Por eso este autor propone para comprender las catástrofes la lectura de los filósofos ilustrados del escepticismo escocés como Adam Smith, quienes miraban con sospechas las propuestas utópicas de planes de mejora social para alcanzar la felicidad, pues creían que la historia real es producto de las acciones de los hombres, que son particulares, no de sus planes que son generales; pues creían que el mundo se cambia con humor, ironía, y examen desconfiado de las propuestas de “mejoras” sociales. Pues para ellos el cambio social no se le debe confiar sólo a los políticos, sino que se trata de una labor de todos, puesto que es la simpatía y la compasión lo que hace que cada uno tenga en cuenta a los demás.

Además, según Gaviria, para comprender las catástrofes hay que tener en cuenta no sólo las ciencias, sino también, entre otras obras literarias en las que ha basado sus reflexiones, algunos poemas y relatos de Borges y otros escritores que despliegan su ironía frente a los populistas, optimistas y radicales, para los cuales parecen expresar su recomendación de poner atención a las formas “oblicuas”, silenciosas e “invisibles” de cambiar el mundo.

¿Pero qué significa cambiar el mundo con acciones y no con planes? Hay que buscar el significado de esta importante aserción en el curso de la lectura total del libro de Gaviria, lo que desborda por lo menos el límite de este  comentario, pero ya en la reflexión sobre la obra de Machado de Asís, se nota que en parte se aplica a las grandes propuestas como las de cambios constitucionales, pues eso es, en general, lo que hacen los reformadores políticos y los “ingenieros institucionales” y para el autor hay que evitar cierto “espíritu reformista” que suele acompañar a las crisis políticas y en Colombia han llegado al colmo de hacer y deshacer las instituciones políticas “al ritmo de los escándalos”.

Esto recuerda de nuevo a Gustavo Zagrebelsky,  quien contó, durante una entrevista (3) que lo que lo impulsó a estudiar derecho constitucional fue la desesperada e interminable discusión que se formó en una clase cuando uno de sus maestros planteó la pregunta de si puede la ley convertir un delito en un derecho, como cuando se condena a muerte a un acusado de  asesinato, discusión que planteaba el grave problema de la relación entre la justicia y la ley (casi lo mismo que el conflicto presentado en la obra “Antígona” de Sófocles), que sólo  terminó cuando alguien invocó la norma constitucional que en Italia prohibía la pena de muerte.

Entonces Zagrebelsky explicó que él a lo largo de su experiencia como jurista fue llegando a la noción de que existía lo que llamaba el “espíritu constitucional”, es decir, a la convicción de que la constitución no era un mero papel lleno de normas generales y abstractas, sino algo que correspondía al sentido de la vida y a la cultura de cada pueblo y lo iluminaba durante ese tipo de conflictos y de las consiguientes discusiones interminables.

Así, para Zagrebelsky, en América del Sur y en África no había “espíritu constitucional”, porque los conflictos políticos continuamente terminaban tumbando instituciones o imponiendo cambios constitucionales, que atentaban contra ciertos bienes comunes que deben permanecer intangibles durante dichos cambios, lo que trae a la mente,  aunque esto no lo dice Zagrebelsky,  que algunos historiadores de Colombia, por ejemplo, sostenían desde hace tiempo que tal o cual constitución se había aprobado, durante las frecuentes guerras civiles del siglo XIX, para ponerle restricciones de antemano a tal  o cual candidato juzgado como “autoritario”, para “atarle las manos”, por el miedo que le tenían. 


(1)  Gustavo Zagrebelsky. La ley y su justicia. Tres capítulos de historia constitucional, Madrid Trotta, 2014, pp. 39 y ss.  

(2)   Alejandro Gaviria. Siquiera tenemos las palabras. Bogotá, Editorial Planeta,2019, (ver la visión de Machado de Asís de la exigencia de frecuentes reformas constitucionales como manías (p.46 y ss.) y el rechazo de la reciente moda de achacar todos los males a la corrupción, que equivale a ignorar que la mayoría de nuestros conflictos son trágicos y de cómo se necesita un “liberalismo trágico”, en vista de que la mayoría de sus valores están en conflicto (pp.170-190)

(3)  Gustavo Zagrebelsky. La virtud de la duda. Una conversación sobre ética y derecho con Geminello Preterossi, Madrid Trotta, 2012, pp. 35 y ss.  

(Instead of judging the most despised social groups as guilty of catastrophes, one should look for what the most vulnerable suffer during plagues and catastrophes for being tragic events.)

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