EL CASO DE GEORGE FLOYD: EL ODIO EN POLÍTICA Y EL DESPRECIO DE LOS MÁS VULNERABLES.
Por
Nayib Abdala Ripoll
Cuando
un acontecimiento violento de racismo ocurre, uno se pregunta cómo lo intentan
comprender los estudiosos de las ciencias humanas y, en especial, de la
filosofía, cuyos temas se reducen, según decía Emmanuel Kant, a la pregunta:
¿Qué es el hombre? Así que, ante el asesinato de George Floyd en Estados Unidos,
buscamos los conceptos con los que los filósofos trabajarían ese problema. Esta
vez no fue tan difícil. Habíamos leído hace ya algunos años, un libro sobre el
odio de una gran periodista y filósofa alemana quien había sido invitada a
Cartagena por el Hay Festival.
Tres conceptos: "Etiquetar" (agrupar
por medio de categorías falsas), percibir y juzgar.
En
efecto, habíamos aprendido de esta
reportera de guerra con rigurosa formación científica y política, discípula del
filósofo Jûrgen Habermas, llamada Carolin Emcke (1), que el actual odio nacionalista contra los
extranjeros y el odio racial mundial a los afroamericanos, tienen como base una
“ideología del odio” que se caracteriza por enfocar a sus víctimas no como
personas individuales, para inquirir por los logros y fracasos de cada una por
aparte, sino por grupos, como si se
tratara de ganado, para aplicarles una especie de marca o etiqueta, que consiste en una cualidad que
usualmente no se usa para caracterizar a un grupo, como el color de la piel, o una cualidad que
sea una característica trivial cuando no abiertamente discriminatoria o
despreciativa. Esa "ideología", ( es decir, esa creencia no basada en razones, sino en pasiones), conduce a percibirlos y a juzgarlos tambièn en grupos (como ganado).
Una
vez calificados de manera tan simple, desconsiderada, y, como diría el filósofo
Axel Honneth, habiéndoles infligido el agravio moral que dichas cualificaciones
llevan implícitas, es decir, que ignoran
sus derechos y desprecian sus culturas, terminan llamándoles “negros”, “flojos”
o “traficantes” o “radicales de izquierda”. En seguida se los juzga y al final
se los somete a las mismas acciones discriminatorias supuestamente prohibidas hacía
ya mucho tiempo, después de siglos de gran lucha contra la esclavitud y la
discriminación.
Pero
hay que leer con mucho cuidado el libro “Contra el odio”, de Carolin Emcke, para
caer en la cuenta, con estupor y espanto, que ya en esa obra aparecida hace cerca de un lustro, se relaciona un caso parecido al actual, el del afroamericano Eric Garner, a quien. de modo parecido, varios agentes de la policía lanzan al suelo y le aplican lo que los maestros de lucha llaman
eufemísticamente una “llave”, presionando el cuello y la espalda de la víctima, quien repite varias veces las mismas palabras que repitió el señor George Floyd antes de morir hace dos semanas: “I can not breathe”(no puedo respirar).
La autora señala que Garner repetía esas mismas palabras cada vez más, en el lapso de
unos minutos, hasta quedar inconsciente y luego morir camino del hospital,
debido, además, a que era asmático y, después de ver sus datos, me parece que, si George duró cerca de 9
minutos, el caso de Garner debió de durar cerca de seis minutos. Tampoco en este caso
los agentes respondieron a las reclamaciones de la víctima y sólo llamaron a la
ambulancia cuando la víctima estaba inconsciente. La autora observó que también
este era uno entre muchos casos semejantes.
No me
interesa volver sobre lo pasado para lamentar, sino para tratar de comprender políticamente, y no sólo humanamente lo que
puede significar un caso como este.
Ahora
bien, en cuanto al significado político de estos acontecimientos podemos ver
que la Dra. Emcke señala con razón cómo varios grupos políticos extremistas de Europa adoptan estas mismas actitudes de racismo y desprecio de los
extranjeros y migrantes, inspiradas por su “ideología del odio” y su forma de
agrupar a los migrantes y a las minorías raciales colocándoles etiquetas
como la de “peligros sociales”, lo cual
va contra todo derecho humanitario y toda declaración de derechos humanos.
Por
otro lado, nosotros también, hemos podido observar, gracias a Youtube, en los medios de
comunicación que cubrieron el caso de Floyd en Estados Unidos que el asunto
tomó un significado político en otro sentido, a saber, que el gobierno
respondió a las crecientes demostraciones de protesta incitando a las fuerzas
armadas a “dominar” los espacios públicos usando la fuerza.
Esto
nos lleva a considerar que la repercusión global del caso de los Estados
Unidos, en grandes ciudades de Europa y otros continentes, con demostraciones de rechazo al uso indiscriminado de la fuerza policiva y de apoyo a la defensa
del derecho a la existencia de los
negros (“black lives matter”), bien se puede interpretar como una invitación
global al compromiso de rechazar políticamente, con el voto en la
mano, no sólo el racismo y la
discriminación, sino también, lo que es más importante, los atentados autoritarios de los gobiernos contra las instituciones jurídicas y las constituciones políticas de los respectivos países.
Pues se trata de evitar que, como sucedió en Estados Unidos, partes del gobierno, en vez de seguir la tradición de la Constitución de los Padres Fundadores, fundada sobre la gran verdad religiosa de que los hombres fueron creados iguales por Dios y sellada con la sangre del mártir de los derechos civiles, Martin Luther King, prefieran seguir patrones normativos antiguos residuales de racismo que parecen estar enclavados en algunas instituciones de un país admirable, por lo demás, por sus logros económicos, políticos, científicos y militares y por haber contribuido a librar a Europa y América del autoritarismo y voluntad de poder, así como también del odio de Hitler a los de raza “no aria”.
Es,
además, un país admirado por la tradición civilista de Latinoamérica, pues se trata del país de Abraham Lincoln,
asesinado por el odio, cuya repercusión entre nosotros aprendí a apreciar leyendo esa especie de diario o memoria: “He visto
la noche”, del escritor afroamericano colombiano Manuel Zapata Olivella, quien
narra cómo durante su juvenil y difícil y accidentado recorrido por los Estados Unidos en la década de los cuarentas, le llamó la
atención que una anciana blanca y paralítica de apellido Lincoln, que iba
en el mismo autobús, después de oírlo hablar de Lincoln con un sacerdote, le expresò su admiración de que en Suramèrica se conservara tan "puro" el ideal de Lincoln y que, en cambio, en Georgia estaban otra vez linchando a los negros. Entonces se dio cuenta de que no todos en ese
gran país lo habían mirado con sospecha o desprecio (2).
Aquí
vale también la pena recordar a los grandes constitucionalistas como el
italiano Gustavo Zagrebelsky que han hecho notar que hoy se tiende a reemplazar
la constitución por simples normas constitucionales, es decir, partiéndolas en
pedazos y tomando uno que otro por aparte para reaccionar a los problemas
actuales.
Eso
significa para él que se ha perdido lo que llama el “espíritu constitucional”
(3), algo así como la identidad propia del respectivo país, lo que le da
sentido a sus acciones comunes, lo que precisamente los extremismos políticos confunden con su respectiva pequeña comunidad cerrada y excluyente, ignorando
la riqueza de la pluralidad de grupos sociales y étnicos que componen su
país.
(11) Carolin Emcke. Contra el Odio. Madrid, Taurus, 2017.
P.85 y p.164
(2) Manuel Zapata Olivella. "He visto la noche". Medellìn, Editorial Bedout, 1969, (Zapata Olivella responde a la señora que el pensamiento de Lincoln es "universal", y puntualiza que la cargó para ayudarla a descender del autobus, no "por cortesía", sino "por veneración", lo que hace al lector preguntarse si se trataba de una descendiente de Lincoln, pues el autor no aclara este punto. Ver: pp. 66-67). Acerca de la tradición civilista latinoamericana, ligada con Lincoln, me propongo dedicar un próximo blog al estudio del libro de Domingo Faustino Sarmiento: "Vida de Abraham Lincoln", Edit. Desván de la Hanta, España, 2017, quien se refiere a las "afinidades específicas" entre las dos culturas en el siglo XIX.
(2) Manuel Zapata Olivella. "He visto la noche". Medellìn, Editorial Bedout, 1969, (Zapata Olivella responde a la señora que el pensamiento de Lincoln es "universal", y puntualiza que la cargó para ayudarla a descender del autobus, no "por cortesía", sino "por veneración", lo que hace al lector preguntarse si se trataba de una descendiente de Lincoln, pues el autor no aclara este punto. Ver: pp. 66-67). Acerca de la tradición civilista latinoamericana, ligada con Lincoln, me propongo dedicar un próximo blog al estudio del libro de Domingo Faustino Sarmiento: "Vida de Abraham Lincoln", Edit. Desván de la Hanta, España, 2017, quien se refiere a las "afinidades específicas" entre las dos culturas en el siglo XIX.
(3) Gustavo Zagrebelsky. La virtud de la duda. Una conversación sobre ética y derecho con
Geminello Preterossi. Madrid, Trotta, 2012, pp. 36 y ss.
(Racism
can be fought with the Constitution of a Nation whose founding fathers declared
that men were created equal by God)
Gracias por compartir esta reflexión, Sr. Nayib. Fluir con las diferencias, nos hace evolucionar.
ResponderEliminarAgradezco mucho esta nota del Sr. Edgard Suàrez, por su breve pero muy pertinente llamado a no estancarse con los racismos, sino abrirse a la acogida generosa de las diferencia,
EliminarNayib Abdala