EL SICARIATO COMO FORMA DE ENCUENTRO

 

Por Nayib Abdala

 

Se ha vuelto común no sólo el asesinato por sicarios, sino también la reacción popular al mismo con expresiones como  “si lo asesinaron debió de ser porque debía algo”. Así se justifica o acepta algo que por otros observadores ha podido ser calificado como un “crimen atroz” y, a veces se consuela uno, incluso, convirtiendo lo nuevo del acontecimiento en algo ya comúnmente conocido, sobre todo si se mueve uno en el mundo de la publicidad que todo lo convierte en espectáculo, y  en videos que la gente devora junto con el alimento diario.

Si nos acercamos a la escena del crimen vemos un ser humano en el suelo y a su lado una moto; más allá tal vez un árbol y una piedra. Todos son seres que están ahí, en el mundo circundante de la vida cotidiana, pero el modo de estar en el mundo es diferente. La moto, el árbol y la piedra no tienen mundo, no se relacionan conscientemente con el mundo, sólo "están en" el mundo, en cambio el ser humano habita el mundo, lo ha convertido en su morada, porque ha creado la cultura y la cultura, es, como decía el filósofo colombiano Danilo Cruz Vélez, basándose en Nierzsche, la morada del ser humano. 

Ontológicamente, es decir, respondiendo a la pregunta por lo que es el  ser humano, se ha mostrado que es un ser que está en relación con el “ser”, palabra que, además de haber sido utilizada por griegos y romanos para nombrar lo común de todos las cosas por su universalidad, también, según, el filósofo Heidegger, sirve para expresar que, a diferencia del animal, el ser humano se caracteriza porque  abre el sentido de lo que ocurre a su alrededor, o, dicho en otra forma, porque es un “ser-en el mundo”, entendiendo por mundo no la totalidad de las cosas sino las capas de significados con las que la humanidad va interpretando, a su paso por la historia,  ese “horizonte de todos los horizontes”, como ha llamado al mundo el fenomenólogo Klaus Held.  

Ahora bien, en su origen griego, la palabra verdad (“Aletheia”) significa “des-ocultar, o quitar el velo con que usualmente están cubiertos los acontecimientos por el hombre.    La fenomenología hermenéutica es la filosofía que emprende la tarea del estudio de lo que “se muestra o aparece” y “mostrarse” se dice en griego: “Phainesthai”, de donde viene la palabra “fenómeno”. Si no se mostraran los fenómenos no podrían ser percibidos ni se podría hablar de ellos.

Pero lo que se muestra a veces se oculta, como en el caso del fenómeno del sicariato, pues, aunque la víctima se nos muestra sin vida, sin rostro, sabemos  que poco antes cambiaba sus facciones expresando alegría o tristeza. Tenía un rostro que el asesino seguramente trató de no mirar de seguido, pues como vio el pensador judío Levinas, el rostro vivo lleva un mensaje consigo que dice: "no matarás" 

Y la cultura, que es, como el lenguaje,  "morada del hombre", suele ser también sede del  engaño, como lo hizo ver el Barroco literario español,  en obras como "El Criticón" de Baltasar Gracián, obra que por medio de la alegoría ( palabra que en griego significa "decir otra cosa", diferente de la que de hecho se dice), muestra que  la ambigüedad, el doble sentido y las argucias del lenguaje hacen ver el mundo como una inmensa  sede de mal entendidos, de engaños y trampas  que el mismo lenguaje y la ética deben combatir. 

Es, como El Quijote, una obra que procura mostrar la experiencia del "desengaño" que sufre el ser humano cuando se muestra la verdadera realidad, escondida por medio del  lenguaje engañoso de la vida cotidiana, sede de las habladurías que cierran el mundo en vez de abrirlo: un mundo que, como decía Gracián, está "al revés".

 Cómo acercarse a la verdad?  Algunas formas violentas de encuentro con el otro sólo se pueden entender como producto del  solipsismo, es decir, de un  “yo” solitario que cree poseer él solo la verdad o  la capacidad de abrir el mundo para que en él aparezca el otro como una cosa más de las que se muestran en el mundo. 

Pues la lectura de la crítica del filósofo judío  Enmanuel Levinas (1) a la filosofía de Heidegger hace ver que el que abre el mundo es el otro, no yo. En efecto, ver el rostro del otro,  para este  filósofo, basta para destruir las palabras ambiguas o engañosas que lo muestran como un objeto que debe ser destruido y comprender que existe un mandato  que prohíbe matarlo. ¿ Por qué?  

Para entenderlo hay que saber, en primer lugar,  que para Levinas, más primaria que la relación ontológica con los otros, (que es la estudiada por Heidegger, la cual le permitió descubrir que el ser humano es un ser-con-otros), es la relación ética con esos otros, es decir, la prohibición de hacerles el mal o la injusticia, debido a que se parte de su vulnerabilidad

En segundo lugar hay que tener en cuenta lo que relataba  el gran humanista cartagenero Ramón de Zubiría cuando hacìa ver que desde la altura en que se encontraba el piloto del bombardero que arrojó  bombas atómicas sobre Hiroshima al final de la Segunda Guerra Mundial los seres humanos no se veían, o, si acaso, sólo como puntitos, es decir, no tenían rostro, y eso, además de la maldad, del racismo y de la ambición , influyó seguramente en el acto de destrucción de ciudades enteras y de dejar mutilados a los miles de seres vulnerables de allá abajo. 

Veo. por eso, en el caso de los sicariatos que ya llegaron a la querida ciudad amurallada, que es muy probable que  tanto el lenguaje banal de la vida pública ordinaria, sede del racismo y del desprecio del diferente, como el ruido infernal de la moto y su velocidad extraordinaria  hicieron ver al otro como un ser sin rostro. 

Además, durante una entrevista el escritor mejicano Juan Rulfo le preguntó al gran entrevistador Joaquín Soler de la Radio T.V. española, si se había fijado que los personajes de su novela “Pedro Páramo” no tenían rostro. 

Es que esos personajes son fantasmas, pues están muertos. Y sucede que en  la realidad, los muertos, al principio nos parecen distantes, son  como la otredad, lo extraño, lo que pertenece a otro mundo. Luego nos vamos acercando a ellos. Al final nos damos cuenta de que los muertos somos nosotros. Es uno de los efectos de la lectura de la novela “Pedro Páramo” (2). 

El respeto por el otro se ha perdido en  las ciudades donde suceden esas formas violentas  del encuentro con los otros, pues en ellas también se suele tolerar  el fenómeno del acoso colectivo a los débiles que tienen algún tipo de discapacidad física o moral así como también el acoso a los que un chisme califica de diferentes o con fallas morales o sexuales.

Y este "matoneo", a veces estimulado por los colegios y por los estados, cuando son fundamentalistas políticos o religiosos,  puede remontarse, en primer lugar, a la primera mitad del siglo pasado, cuando, según contaban los abuelos, algunas personas  acosadas por homosexuales, por ejemplo, si se atrevían a responder a esas afrentas acentuando, por ejemplo, para burlarse de sus ofensores, el ritmo "femenino" de su caminar, hubieran podido terminar siendo azotadas públicamente por cualquier intolerante. 

Entonces también se decía, que incluso algunos periodistas locales, que habían criticado en sus columnas a ciertos personajes encumbrados de la Ciudad, habían sido azotados sorpresivamente  en la calle. 

Además, más tarde, cuando ya habían sido rechazadas  esas conductas contra la libertad de prensa, en vez de los azotes, esos periodistas críticos recibían cartas en los periódicos  que comenzaban tuteándolos, pues tratar de "tú", (que usualmente era costumbre popular y señal de confianza entre conocidos), podía significar  también, como en estos casos,  que el que escribía era más poderoso o importante que el crítico; era pues un tratamiento equivalente a decirle: "Yo soy más que tú; tú no sabes quién soy yo". 

Ahora bien, más allá de estos casos, esos acosos podrían remontarse  hasta  los tiempos coloniales cuando la Inquisición hacía desfilar a los acusados de conductas inmorales en el espacio público donde podían ser convertidos en objeto de burlas y ofensas, antes de lincharlos o quemarlos.

(1) Emmanuel Levinas. Dios, la muerte y el tiempo, traducción por María Luisa Rodríguez Tapia, Madrid, Cátedra, Teorema, 2008, pp. 31 y ss. 

(2) Juan Rulfo, Pedro Páramo. Edición de José Carlos González Boixo, Madrid, Cátedra. Letras Hispànicas.2015, ver el comentario sobre el fracaso del pueblo de Comala en la p.32 y ss.

(The frequent murders by hitmen on motorcycles in an old city of South America may be an example of a concealment of the true human relationship caused by ignorance of the vulnerability of others)

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