SOBRE AMORES Y ODIOS

 

Por: Nayib Abdala Ripoll

 

El estreno de una película y la exposición de una obra de arte son los motivos de la presente evocación de la relaciòn entre amor y odio y entre vida y muerte. En efecto, la película “El Olvido que seremos”, evoca la vida del sabio médico y defensor de los valores ecológicos y los derechos humanos, Hector Abad Gómez, asesinado por el odio,   y el tríptico que lleva por título "La Caída" de la artista Ruby Rumié, parece representar una catástrofe ecológica (una mortandad de palomas en un viejo caserón colonial de Cartagena de Indias). Me propongo mostrar que ambas se refieren a algo que no se puede percibir por los sentidos, sino mediante la imaginación y la evocación artística, es decir, el olvido y el silencio que siguen después de ciertos trágicos  acontecimientos. 

La película muestra que el protagonista no sòlo cuidaba, al comienzo de su carrera,  personalmente y sin ayuda del Estado la salud de los màs pobres, sino que tambièn fue  capaz de fundar ese cuidado de la comunidad en instituciones que le dieran objetividad social, como las de la Salud Pública, después de haber despertado la conciencia de la necesidad de la vacunación y del cuidado de la ecología, en especial, del agua.  A pesar de esa gran actividad,  era capaz de detenerse a admirar una pequeña rosa que se encontrara en sus caminatas, y vaya que las hay bellas en los jardines de Antioquia.

En esta hermosa tierra, como en todo el paìs, se solían enfrentar desde la época de la violencia los conservadores y los liberales, y surgió el  odio  que impulsaba a la violencia generalizada después del asesinato del líder popular Gaitán en 1948. Estas violencias eran incitadas  a veces por la condena religiosa del liberalismo desde el siglo XIX y los intentos de imponer formas autoritarias de gobierno respaldadas por concepciones religiosas que ya el Concilio Vaticano II había tratado de superar, y que pretendían pasar por alto  los nuevos valores modernos de la separación entre Estado y Religión. Por último, sobre estas violencias ancestrales se superpuso la nueva entre paramilitares y guerrilleros cuyos comienzos alcanzó a conocer el gran médico defensor de los derechos humanos. 

Ahora bien, justamente, el protagonista de la película muestra una actitud diferente frente a los dogmatismos políticos y religiosos porque los contempla desde los valores de la Ilustración, es decir, desde el respeto de los derechos humanos y en especial del derecho a la libertad de pensamiento y expresión, lo que es interpretado por las ideologías del odio que se disfrazan con ropajes religiosos como señal de ateísmo y de comunismo. De este aspecto de su pensamiento nos dimos cuenta quienes leímos su "Manual de Tolerancia", publicado en 1988.

La película consigue enfocar esas pasiones sin resentimientos y tratando màs bien de comprender con alegrìa y cierto toque satírico los comportamientos de las personas tanto del entorno como del núcleo familiar. Y justamente cuando la enfermedad y la violencia los amenazaron, fue cuando se pudo apreciar las virtudes de una familia sumamente unida por el amor filial, el respeto al trabajo y el mutuo cuidado, en especial en lo que respecta a la salud y a la enfermedad, aunque esta última logró arrebatar la vida de uno de sus miembros. 

La educación en el hogar es mostrada en toda su importancia, pues el protagonista, aunque perseguido y amenazado como ateo o comunista, ejerce constantemente su papel de médico de cuerpos y almas tanto al cuidar de las enfermedades de sus hijos como de sus amoríos y  de su despertar sexual. No sòlo enfrenta la tendencia natural en los niños al onanismo incitando a verlo como algo natural, sino que  también evita la vieja forma dogmática de enseñar castigando y reprimiendo la sexualidad temprana. Se trata de valores modernos que el filósofo moderno Baruch Spinoza habría llamado: educar "para la alegrìa" y no para el resentimiento y la tristeza,

 Esa actitud educativa racional y moderna contrasta con la actitud educativa  tradicional de una monja  que ayuda al hogar del médico, con buena voluntad y responsabilidad, en el cuidado de los niños, pero tal vez con una imagen  tradicional de Dios como un ser castigador y vengativo, pues en una ocasión  regaña al  hijo menor  del médico asegurándole que  su padre irá al infierno por ateo y  el niño, movido por el amor filial, afirma públicamente que cuando se muera quiere ir al infierno para estar allí con su padre. 

Por desgracia, el enfrentamiento entre amores y odios ancestrales es fomentado hoy en las redes sociales sin que nos demos cuenta,  por medio de  noticias falsas que resucitan  los fascismos y populismos de derecha y de izquierda que pisotean, con sus desórdenes, las instituciones democráticas y ocasionan muchas muertes diariamente.

 De esas muertes sólo queda después un olvido que la película hace sentir cuando los asesinos de las motos, los sicarios, matan por odio al creador de la salud pública de Antioquia. Ese olvido que amenaza la memoria de los luchadores por la paz y la vida es un fenómeno apabullante y aparentemente no es nada que se pueda ver o percibir sensiblemente, pero parece que  la obra de arte puede intentar hacer aparecer tanto los olvidos como los silencios, esos silencios que quedan después de los grandes acontecimientos, lo que nos permite ahora a cambiar de escenario y pasar a tratar del silencio en una obra de arte.      

La obra de la artista Rumié, por su parte, siempre desafía a los profanos como yo a considerar si lo representado es fotografía o pintura o una interacción creadora de ambas  (me refiero a la obra que está en la NH Galería de Cartagena de Indias). Se trata de lo que en pintura llaman un tríptico, es decir, una obra compuesta por tres partes que representan el interior de un caserón colonial deteriorado por los siglos, muy parecido a sitios que uno ha visto en el antiguo hospital Santa Clara de Cartagena o en la capilla del actual hotel del mismo nombre.

 De lejos es una fotografía que representa los restos de un acontecimiento y  del espacio casi vacío de una antigua capilla (que probablemente estuvo lleno una vez de un gran amor o de una gran pasión) en cuyo piso y sobre cuyos altares  yacen muertas múltiples palomas, cada una representada en posiciones y  con cualidades diferentes, que las convierten en seres singulares.

El profano parece ver, al acercarse,  que la fotografía se convierte en escultura o  en  una pintura con extraordinaria capacidad para hacer aparecer volúmenes en un plano de sólo dos dimensiones, pues no sólo las palomas muertas cobran volúmenes, también las paredes, mesas, altares y nichos en desuso van cobrando volumen ante los ojos aterrados del profano.

El profundo silencio que parece haber en aquel espacio pictórico  pleno de misterio parece interrumpido por tres escribanos de aspecto afrocaribeño, que semejan funcionarios burocráticos redactando, con una seriedad y un silencio extraños, informes de una situación especial. Ellos están situados uno al fondo,  donde pudo haber estado alguna vez un altar mayor o una silla de una “autoridad” y uno en cada uno de los lados laterales. 

El hecho de que cerca del tríptico estén situados, como parte de la instalación artística,  algunos nichos de cristal  llenos de palomas de trapo yacentes unas sobre otras,  hace que el profano se pregunte si los funcionarios que aparecen en el tríptico están ejecutando una especie de  observación o de investigación sobre el extraño acontecimiento. 

Además del tríptico y de los nichos forman parte de la representación artística una serie de cuadros que llevan el nombre simbólico de "la caída", que representan las palomas en los momentos en que caen al piso de la capilla, de tal modo singularizadas y con colores cada vez más bellos, que ninguna "caída" se parece a otra. Se trata pues, de caídas  singulares captadas en un instante en que con sus alas y patitas carentes de vida las palomas son capturadas  de repente por una especie de  fuerza de gravedad cuya acción el arte hace aparecer en cámara lenta.

Además, la luz parece caer desde lo alto sobre las paredes laterales, pero, aunque su efecto es de un azul claro, su fuente no es el sol; no es una fuente ni natural, ni proveniente de aparatos artificiales visibles. Es un espacio que el profano se imagina lleno de un aire pesado, del que sólo se respira en edificios antiguos abandonados, pero cuyo sentido no es fácil de captar para un turista o un visitante de un paìs extraño. Hay también un olvido y un silencio imperceptibles para  ojos y oídos.

 Habrá quienes vean aquí una alegoría o una representación de lo que queda después de una especie de desastre ecológico junto con algunos rasgos de la belleza con que aparecen a veces los momentos de terror y muerte, sean producidos por el ser humano o por la naturaleza; para otros se tratará simplemente de la experiencia del espacio vacío dejado posiblemente por el más profundo amor y el mas profundo dolor o por la nostalgia de vidas perdidas que siempre se esconde entre antiguas fortalezas, murallas y balcones. Tanto en la historia como en la naturaleza pueden quedar vestigios de un gran amor y de una dolorosa muerte que nos obligan a preguntarnos qué somos y nos hacen ver lo invisible y escuchar el sonido del silencio. 

Sin embargo, si volvemos ahora desde el vacío del olvido evocado en la instalación artística  a los vestigios de un gran amor evocados en la película,  podemos notar que inspira la idea de que tanto el amor como la amistad tienen algo de lo que Aristóteles y Tomàs de Aquino llamaban "virtud" es decir, cierto tipo de actividad o "praxis" en vista de un bien comunitario, aunque ahora la configuración de ese bien ya no puede ser impuesta autoritariamente y no tiene que ser  aceptada ciegamente por la comunidad, sino discutida racionalmente y en paz. 

Eso fue, en parte,  lo que enseñó  la vida de Héctor Abad Gómez, un hombre cuya concepción de la virtud ya no podía ser aristotélica ni tomística, excepto por la gran devoción y respeto que tenía por los valores comunitarios. Pues para él, según permite ver la película, el amor y la amistad son afectos basados en ideas claras y,  como en la Edad Moderna diría Spinoza, podrían llamarse  virtudes entendidas como "potencialidad", capacidad de trabajar más por los demás y por uno mismo, con alegría, eliminando las pasiones tristes como el odio, aunque después sólo quede el silencio. 

Hay que terminar, pues,  considerando que,  por último, la película muestra que la antigua ética aristotélica y tomista, basada en las virtudes tradicionales de la comunidad, puede convertirse en sede de la violencia si no es complementada por la ética moderna, basada en el reconocimiento del valor de la tolerancia, de la vida, de la ecología y de  los valores y derechos individuales.  Tal es la impresión que deja la escena en la que el médico lleva a su hijo menor a presentar excusas a una familia de descendientes de  judíos a la que algunos niños y no sólo él, llevados por odios ancestrales revestidos falsamente de impulsos religiosos, acostumbraban a apedrear,


(Only art allows us to realize the vestiges of love, solidarity and Friendship that once were hidden by hatred, silence and oblivion) 


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