CAMBIOS AFECTIVOS Y CAMBIOS CULTURALES
Alegría, dolor y
silencio en el Caribe.
Por
Nayib Abdala Ripoll
Probablemente
fue durante su profundo estudio de la poesía de la generación española del 27, cuando el
gran humanista cartagenero Ramón de Zubiría encontró una sorprendente relación
entre el sentimiento de la alegría y la vivencia del amor, que luego, guardando
las distancias, encontraba presente también en algunas costumbres y tradiciones
del Caribe.
Sin
embargo, partiendo de la actualidad histórica, y por lo tanto, ya no de la alegría, sino de la tristeza, para mencionar dos
de los afectos que el filósofo Spinoza consideraba fundamentos de todos los demás,
se puede intentar llegar a comprender también la oscuridad del momento
presente, cuando el Caribe se ha convertido en zona de inseguridad, dominios
paramilitares y caminos de desplazamiento de poblaciones enteras.
Asesinatos
atroces como el del presidente del primer pueblo libre de América han
quedado en tal estado de desinformación y envueltos en tantas versiones
distintas que han ocasionado un
enmudecimiento, una cierta incapacidad para contar lo
que pasó, lo que nos hace volver la vista a principios del siglo XX, cuando
después de la primera Guerra Mundial la gente regresaba enmudecida a sus
hogares y Walter Benjamín buscaba la relación entre el silencio y
el relato. Hay que indagar, pues, por esa situación problemática que impide a la gente realizar el sueño de García Márquez de "vivir para contarla".
Ahora
bien, para comenzar habría que partir de la mencionada palabra “vivencia”, con la cual tradujo el pensador español Ortega y Gasset la palabra
alemana “Erlebnis”, del verbo alemán “erleben” (vivir interiormente), de la que
el maestro de la filosofía de la vida Wilhelm Dilthey decía que había sido
ignorada por toda la filosofía moderna, cuyo principal representante, Manuel Kant, concebía como el sujeto del conocimiento y de la acción a un ser por cuyas venas no corría ni una sola gota de sangre viva.
Luego apareció la expresión: “experiencia de la vida” a la que
algunos maestros españoles dedicaron un libro con ese título, a principios del siglo XX. En
suma, la vivencia y la experiencia se refieren a algo que ocurre no sólo en la
mente, sino también en el cuerpo, lo que obligó a poner atención al cuerpo como
sede del encuentro entre un mundo interior y uno exterior.
Por otra parte, en el llamado: “Caribe
colombiano” es común que, al ver a una de las parejas de enamorados que
acostumbran encontrarse por las tardes
en las murallas de una vieja ciudad o en los parques de una moderna, se
describa la escena con la expresión: “le está echando el cuento”, con lo cual
se establece una relación entre vivencia y cuento, como si la primera e inconsciente noción de
la narración fuera la de un relato mínimo, pero certero y de resultados
inmediatos, generalmente en beneficio del hombre, como si el machismo imperante
descartara de antemano que la mujer pudiera, a su vez, ser una gran
“cuentista”.
En
realidad en estos casos se trata, antes de que aparezca el “cuento” como el relato
literario, de una “experiencia” en el
sentido en que hablaban de ella los filósofos llamados fenomenólogos y los
existencialistas, es decir, de una relación no teórica, de meras palabras e
ideas solamente, sino también afectiva entre dos personas, caracterizada porque cada uno de los sujetos la siente en su propio “cuerpo”, entendido éste no como una más de las cosas externas de que consta el entorno, sino como algo que
tiene un aspecto interno.
Para traer a cuento otro ejemplo, en los Carnavales de Barranquilla, en Colombia, la gente, cuando está alegre y quiere incitar a los demás a que también lo estén, les dicen la frase: “¡quien lo vive es quien lo goza!” y la palabra “vivir” en este caso, se refiere a algo más profundo que una mera percepción exterior de cuerpos disfrazados y danzantes, algo que es al mismo tiempo un estado afectivo y un sentimiento “carnal” de participación, porque los efectos del mutuo encuentro en medio de la alegría se van sintiendo poco a poco en las aceleraciones del pulso y de la sangre, en el temblor y en las palpitaciones.
Así que hay una diferencia entre el cuerpo entendido como cosa exterior y el cuerpo en tanto que algo interior, pero el idioma español sólo tiene una palabra para expresar el cuerpo, en cambio, el inglés diferencia al cuerpo interior llamándolo "flesh" y el alemán lo llama: "Leib" para diferenciarlo del cuerpo exterior o "Koerper"
Según
la fenomenología hermenéutica, es, decir, la filosofía que estudia la forma como “aparecen”
las cosas y los seres humanos en su mutua relación, la “experiencia”, no es solamente
esa palabra con que diariamente calificamos a los técnicos y a las personas que
tienen más tiempo que otras de ejercer un oficio. Las cosas y los seres son
“fenómenos”, es decir se aparecen en la experiencia como algo, como silla, como árbol o como algo bello o sagrado, al que es capaz de abrirse a ellas y de dejarlas
aparecer en el mundo. En suma, experiencia, lenguaje y mundo
son tres conceptos inseparables.
En el alba de los tiempos modernos, por haber separado la experiencia del lenguaje y del mundo, Descartes en su obra magistral: “El discurso del Método”, evita partir de la experiencia cotidiana y común, y, para buscar una verdad indubitable que le sirva de fundamento de todo conocimiento, parte de la duda de si el otro que vemos desde una ventana es realmente una persona o lo que hoy llamamos un robot.
¿Por qué está unida la experiencia con el lenguaje y el “mundo público común” del
que hablará después del apogeo de la fenomenología la gran estudiosa de la política
de la posguerra, Hannah Arendt? Por la misma razón por la que suena raro
preguntar si los enamorados abrazados en la muralla de la ciudad antigua son
robots o realmente personas.
El humanista del Caribe colombiano Ramón de Zubiría decía constantemente que muchos amores se acaban y muchos esposos se separan por no saber “tocarse” y esa palabra, como, en parte, la palabra inglesa “touching” tiene en este caso ese significado fenomenológico de cierto tipo de la experiencia viva, carnal, del otro.
Pero
además de esa implicación del cuerpo como algo que tiene interioridad, las
experiencias son también lenguaje; usualmente suelen contarse y convertirse en
relatos. Pero en casos en los que la violencia se convierte en una experiencia
concomitante con todo intento de vida en común, como en el Caribe actual o como
sucedió en Europa al final de las dos grandes guerras mundiales del siglo XX,
se pierde la capacidad de relatar y el silencio se convierte en atmósfera y
entorno de la convivencia. Los cambios culturales y los cambios afectivos
parecen ir de la mano.
Asì fue
como el crítico de arte y filósofo Walter Benjamin, se dio cuenta de que había
un gran silencio al final de la Primera Guerra Mundial, porque los que vivieron
las experiencias de crueldades indecibles y de la barbarie de los que se creían
vencedores volvieron literalmente “mudos”. (1) Por eso se había acabado el
“relato” tal como lo conocía la tradición de la vida familiar y de la vida de
los pueblos.
¿Què
tienen en común esos frecuentes casos de estallidos de protestas sociales en
América Latina, bien organizadas y serias, respetuosas de la ley a las que se
suman, sin ser invitados, otro tipo de supuestas protestas que de repente se
convierten en ataques con piedras y palos a los almacenes y centros
comerciales, a los que roban, violando todo orden legal y toda virtud cívica?
Es
común oír que son consecuencias naturales del desempleo y el hambre desatados
por la crisis económica producto de la pandemia. Para otros observadores, esos
hechos muestran la división social que algunos ingenuos periodistas y políticos
se contentan con llamar “polarizaciones” las cuales supuestamente deberían acabarse
con el cambio político.
Pero lo que tienen en común esos desórdenes es la incapacidad para ser relatados sin que los relatores echen mano de expresiones que se han convertido en fetiche, ya se hable de la “lucha de clases”, o de la “decadencia de la democracia” o de una falta de “unidad” de la sociedad moderna, a pesar de que nuevas lecturas de Maquiavelo como la de Claude Lefort (2) han puesto en duda esas concepciones míticas de un estado originario privilegiado de la sociedad.
Por el contrario, Lefort ha mostrado que, para Maquiavelo, este gran clásico
del Renacimiento, las divisiones, diferencias y conflictos sociales son muy
importantes pues pueden ser fuentes de reformas institucionales urgentes. Además, Nicole Loraux, la gran investigadora de la historia y de la política griegas, mostró que la Atenas de Pericles, lejos de ser una ciudad unida, como la pintaban los discursos oficiales, estaba dividida por las guerras civiles de las que estaba prohibido hablar.
De ahí
la necesidad de saber relatar esos desórdenes y las acciones de esas
multitudes. De ahí la importancia, hoy, de un periodismo crítico, que no acepte
diariamente como verdaderas o únicas, las versiones de las autoridades
civiles y militares, que suelen narrar los sucesos de tal manera, que los convierten en relatos que se olvidan de las víctimas, de los perdedores, y en
cambio glorifican las versiones que los vencedores y los enemigos de la paz dan de los hechos.
Algunas informaciones y crónicas periodísticas de esos desórdenes actuales no parecen haberse dado cuenta de que las formas de
decir las cosas han ido cambiando desde las crónicas sacras de las teocracias orientales, pasando por la épica
griega y romana a la oratoria de retóricos y sofistas, de tal modo que del
recuento de hazañas heroicas de reyes se pasó al de los héroes de la epopeya
clásica y finalmente al de las discusiones de los ciudadanos de los foros, con enfrentamiento de
argumentos y al de los discursos políticos y jurídicos que empleaban recursos
retóricos de los Sofistas a Demóstenes, Isòcrates y Cicerón (3).
A su manera, el paso de la épica a la retórica buscaba influir en el oyente, haciendo pasar el discurso de la alabanza o la adulación de los vencedores, al de la puesta en cuestión sus intereses, buscando no sólo persuadir, sino también, convencer y por tanto cambiar los estados de ánimo y las formas de pensar del auditorio y presentarles argumentos en pro o en contra. En el Oriente hebraico, por otro lado, hubo cambios paralelos cuando los llamados profetas fueron los proclamadores de los castigos que una justicia divina tarde o temprano haría caer sobre los déspotas vencedores.
Los cambios que puede producir la palabra sobre el estado de ánimo del que quiere comprender los acontecimientos, fueron estudiados como afectos ya desde la Retórica de Aristóteles y, en la Edad Moderna, la Ética de Spinoza dedicó importantes capítulos centrales al deseo, la tristeza y la alegría, que eran para él los estados de ánimo más básicos e importantes, y se refirió al amor y el odio, como sentimientos más complejos, productos de asociantes entre aquellos básicos y otros. Así por ejemplo el amor era el producto de la asociación entre el sentimiento de alegría y la conmoción que produce la presencia de la persona amada.
Max Scheler, a principios del siglo XX llegó a pensar
que el ser humano, más que un ser pensante, como pensaba Descartes, era ante
todo un ser amante o un ser conmovido por los afectos. De ahí partió Heidegger
para su análisis del ser del hombre como ser que se abre a la comprensión del
mundo, al mismo tiempo que está conmovido por un estado de ánimo. Comprensión y sentimiento no se dan pues, el
uno sin el otro.
Por
esa razón Hannah Arendt cuando trataba de comprender y explicar por medio del
pensamiento y los conceptos las transformaciones del poder político, siempre trató de partir de una experiencia básica, como la experiencia del totalitarismo, en vez de hacerlo a partir de
las palabras fetiches, de los falsos lugares comunes que llamaba "barandillas" meros conceptos vacíos o ideologías. Vale la pena preguntarse cuál es la experiencia básica de la cual hay que partir hoy para conocer la actual crisis del Caribe y para algunos observadores hace tiempo que dicha experiencia es lo que llaman "populismo".
(1) Un claro y profundo cuadro de la relación
entre experiencia, lenguaje y mundo se encuentra en el extraordinario libro de
Chad Engelland, Phenomenology. 2020 MIT Essential Knowledge Series, pp
1-80) y para la tensión entre servidumbre y heroísmo: Claude Lefort. La Incertidumbre
Democrática. Ensayos sobre lo político/Claude Lefort. Edición de Esteban
Molina. Rubí. Barcelona. Anthropos Editorial, 2004, p8
(2)
Debemos el impulso espiritual para entrar a la difícil lectura de Benjamin a la
lectura de Shoshana Felman, “El Silencio de Benjamin”. En: Gamboa C. de y
Uribe, M.V. (eds.). Los silencios de la Guerra, Bogotá. Editorial
Universidad del Rosario. 2019 (pp, 29-43)
(3) Debemos
la comprensión del cambio del discurso griego de la épica a la retórica a la
lectura de Páez Casadiego Yidy. El Simposiarca/memoria privada de la Ilustración
Griega, Barranquilla, Colombia. Editorial Universidad del Norte, 2019 p. 159
( Increasing violence threatens the peoples of the Caribbean with preventing them from having a meaningful account of their past and present)
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