Consumismo y hedonismo en la era actual

 

Consumismo y hedonismo en la era actual

 

Por Nayib Abdala Ripoll

Diciembre de 2023

 

Este artículo se propone indagar a qué se debe la gran decepción que en algunas encuestas sostienen los latinoamericanos que les han causado fracasos políticos como el de la hermana república de Venezuela, cuyos gobernantes parece que, en vez de gobernar haciendo frente con medidas puntuales y concretas contra la inflación y el subdesarrollo, trataron de figurar en instituciones internacionales con discursos poco realistas, llenos de sueños e ilusiones revolucionarias y a veces  con la buena intención de ayudar a pueblos empobrecidos que carecían de petróleo. 

 Pero lo curioso es que junto a esa gran decepción ha venido incrementándose entre nosotros cierto hedonismo o búsqueda del placer y cierto individualismo o ¡Salvese quien pueda! que algunos piensan como mal signo del futuro y otros como signo normal de los tiempos. Veamos por qué. 

 Entre nosotros todo comenzó antes de que un gran futbolista colombiano pusiera a circular el dicho: “Todo Bien” y antes de que las redes de seguidores de algunas sectas religiosas iniciaran el hábito de decir la palabra  “Bendiciones” no sólo como parte del culto sagrado, sino también  para el saludo y el mutuo deseo de bienestar del público, pues tal vez se quería imitar una nueva ola de optimismo que  trataba de superar la depresión creciente y con ella los hábitos y tradiciones  que distanciaban a la gente, como el afán de seguir las reglas sociales sin convicción o por el contrario, de saltarlas, aunque se descuidara la vida del prójimo, e incluso como el curioso “afán” de estar afanados o, como se diría después, “estresados” y en su lugar la gente, en medio de su inquietud, comenzó a buscar, en cambio,  simplemente “sentirse bien”.

También en Europa se hablaba de una nueva ola de hedonismo, de buscar los placeres más sencillos como disfrutar del estar juntos con las familias y amistades. Se decía que un cambio en la tabla de valores recorría el mundo después de la caída del muro de Berlín en 1979, el cual dividía la ciudad en dos pueblos hermanos separados por el dominio soviético.

En América Latina nuevos partidos hablaron, desde entonces, de la defensa de las selvas y bosques y no sólo del río Amazonas, sino también de las tribus indígenas que eran sus guardianes y cuidadores. Pero desde el mismo fondo de la selva oscura se siguió despertando una racha de violencias dirigidas por ideologías de izquierda y derecha que no comulgaban con estos cambios de valores y que seguían la vieja idea del deber de esforzarse por alcanzar los fines tradicionales o simplemente cumplir con el deber por el deber mismo, algunos de los cuales decían matar en nombre de la defensa de la democracia, nombre que se usaba como un trapo viejo, rojo  y roto que servía, no obstante, como insignia para indicar que los móviles no eran simplemente materiales, como  la mera rebatiña de la tierra, del ganado y de los minerales, sino espirituales, tradicionales  o “políticos” .

Tampoco se trataba de defender incluso principios como los derechos humanos, que se decía habían salvado a la humanidad del totalitarismo tanto comunista como nacionalista o nacionalsocialista y sus campos de concentración construidos para torturar y matar a las “razas” que eran declaradas indignas, clasificadas por ideologías del odio como “malas” y destinadas  a desaparecer como grupos, pues no se consideraba a sus miembros uno por uno, persona por persona, sino como ganado.

En la década de los noventa, en varios países como en  México, los noticieros de televisión pretendían haber mostrado con sus cámaras  que bandidos que habían sido apresados por la policía, eran puestos en libertad en nombre de los derechos humanos, Por eso se fue gestando desde entonces el auge de una ideología del odio, que rechazaba por inauténticos los intentos de poner los derechos humanos en la base de las constituciones y buscaba, sin darse cuenta, repetir en estos países pobres, las miserias que dejó el extremismo europeo como herencia. 

Dicha ideología triunfa en algunos países de América Latina, pero no busca proponer nuevos ideales sino impulsar una especie de un nuevo liberalismo, que deje en libertad las prácticas que se juzga benéficas para el sostenimiento del orden mundial,  como  el consumismo y el hedonismo que ha volcado a las gentes de todos los colores políticos y de todas las clases sociales hacia los centros comerciales, buscando gozar del presente, aunque sea admirando las vitrinas que exhiben la ropa y demás productos de marca.

Es parte del hedonismo que se haya dejado de preocuparse por leer periódicos y atender los noticieros, porque se huye de malas noticias como la creciente inflación, la decadencia de la salud y la higiene y las demás consecuencias de la corrupción política o del desastroso manejo de la economía en algunos países pobres que han caído en ideologías extremas o populismos de derecha y de izquierda y de allí han alcanzado dictaduras y abusos políticos. Por eso el mismo periodismo aumenta los espacios dedicados a los diálogos festivos entre los perdiodistas  e incluso las noticias malas las convierte en tópico de discusión medio festiva y medio seria. 

 El gran filósofo francés Gilles Lipovetsky había llamado la atención hacia este nuevo individualismo hedonista que cada vez más se difundía en el mundo del siglo XXI, advirtiendo que, a pesar de todo, se trataba de un individualismo sensible al sufrimiento de los menos favorecidos y de las víctimas, un individualismo que parecía seguir a Rousseau en su defensa de lo que llamaba “piedad”, es decir al sentimiento de “repugnancia” a ver sufrir o a hacer sufrir a los demás. Lo curioso es que se trata de la “ideología individualista” de un individuo que no se formó bajo la férula de un moralismo del deber o del procurar sacrificarse por los demás, sino por el contrario, de un individuo de los que en vez de sacrificarse por los demás, buscan ante todo ser felices y vivir no una vida falsa, sino auténtica.

Así vemos que este “individualismo nuevo” es diferente del que se observaba en la  típica discusión norteamericana de los años ochenta entre un  “individualismo” (egoísta, de gente celosa de su autonomía), y un “comunitarismo” que valoraba la vida en común de pueblos y aldeas, en cuyo seno protector se creia  que los individualistas encontrarían sentido a sus vidas o, como decía uno de sus grandes expositores,  Alasdair Macintyre, en el libro que se volvió famoso, “Tras la virtud”, que el cultivo en común de las virtudes es la base para superar los males del individualismo que ya  Hegel había criticado como una forma de vida típica de los revolucionarios que, como los jacobinos franceses, transformaban las revoluciones políticas en regímenes del terror, porque eran individuos que llevaban el terror dentro de sus almas. En el fondo eran como Robespierre, seguidores de una moral kantiana, moral del deber del individuo autónomo, a la que Hegel, el más alto representante de la filosofía moderna, opondría su nueva comprensión de la "Eticidad", como propia no tan solo del mero individuo, entendido como un ser independiente del Estado, sino ante todo de la coordinación entre la libertad del individuo y su relación con el derecho y el Estado, como hoy se puede entender en la obra "El derecho de la libertad " de Alfred Honneth.

Así que Lipovetsky alcanzó a ver una nueva época en camino, gracias a cuya llegada donde antes se hablaba de los deberes de los padres para con los hijos y para con la familia y de los sacrificios que tenían que hacer por ellos, ahora se tendía a ver a los hijos y a la familia como medios para la autorrealización de los individuos. Y donde antes se combatían con violencia los opositores de dos tendencias políticas contrarias, hoy reinaba cierto tipo de indiferencia para con la política ¿Por qué? No porque haya aparecido un sentimiento subjetivo de indiferencia, sino, según Lipovetsky, porque se ha producido una transformación en la lógica del cambio social para evitar la violencia.

Esto es uno de los temas más importantes del pensamiento de Lipovetsky, que resumiendo los resultados del saber de las ciencias humanas ha llegado a proponer que las sociedades pasan por tres etapas de desarrollo de una lógica social. 

Una primera etapa es la del “honor y de la vergüenza”, la cual por cierto aprendimos a ver hace algún tiempo entre otras obras en el famoso libro “Los griegos y lo irracional” de Dodds En general con Lipovetsky se aprende que  muchas conductas violentas del poema épico de La Ilíada eran reacciones de venganza para compensar el menosprecio de la honra del guerrero que había sido ultrajada.

La segunda etapa de la lógica del cambio social es la de las sociedades de “la culpa y el castigo”, en las cuales aparece el Estado, el cual no podía aparecer en la etapa anterior porque las acciones de venganza colectiva por las violaciones al código del honor del guerrero impedían que apareciera una institución neutral que monopolizara el poder, como algunas películas sobre la mafia italiana muestran que se puede dar todavía hoy. En vez de eso allí regían unas relaciones de reciprocidad y una de dos: o se intercambiaban dones y se era amigo, o se interrumpía ese vínculo y se era enemigo. En la nueva etapa el individuo podía entrar en relación con otros por mediación del Estado y no dependía ya para eso de las representaciones colectivas.

En cuanto al presente, comenta de qué manera  las sociedades tradicionales limitaban las decepciones que pudieran sufrir sus miembros porque podían limitar sus deseos y combatían la decepción con el consuelo religioso, pero en las “sociedades hipermodernas” de hoy la decepción se convierte en una experiencia universal porque la sociedad promete la felicidad a todos y promueve múltiples formas de placer y por eso, para combatir la decepción se alienta constantemente a la gente a consumir, a gozar y a cambiar.   

En el comentario a la primera parte de su Ética, Spinoza, el gran filósofo del siglo XVII, habría explicado esa decepción grande de nuestro tiempo de un modo diferente,  basado en los prejuicios de las mentes religiosas, que él reduce a un único gran prejuicio, a saber, que Dios creó todas las cosas con un fin y que todos los seres naturales actúan para alcanzar dicho fin, el cual, sin embargo,  era entendido de modo diferente por las diferentes sectas, a una de las cuales, la calvinista, vio Spinoza asesinar a un gran líder político de Holanda seguramente que para cumplir con lo que creían que era la "voluntad de Dios", y por eso evitó concebir a Dios como un rey poderoso que luchaba por imponer sus fines a los pueblos bajo su férula (“Omnia praejudicia pendent ab hoc uno, quod communiter supponant , homines omnes res naturales ut ipsos propter finem agere”, dicho en español: todos los prejuicios dependen de uno que los hombres suponen en común, que todas las cosas naturales actúan por un fin como ellos mismos) A ese prejuicio se debe tambien todo odio, toda violencia, injuria y calumnia con que hoy en los pueblos pobres de América Latina se desprecia a los migrantes, a los diversos y a los que opinan de modo diferente . 

Por eso Spinoza trató de concebir a Dios como la naturaleza misma; A Dios no hay que buscarlo fuera del mundo y de la naturaleza , pues está en la belleza de la tarde llena de estrellas, pero también en medio de la oscuridad de la noche terrible en la que huimos de unos asesinos en moto. Así que puede estár entre las flores, las ovejas, el toro y el buey de los pesebres; pero tambien en la  sangre derramada de los accidentes de la carretera y en los cadáveres de los buenos y de los malos. Una vez escuché al muy cartagenero Padre Aldana, entonces párroco de Santa Rita, decir que en las noches de tempestades horrorosas se podía ver el camino de escape o  salvación al través de los reflejos terribles de los  mismos relámpagos,  y se trataba de una persona que como ingeniero conocía y amaba la naturaleza. 

Notas Bibliográficas

Spinoza, Ética. Edición bilingüe latín-español de Pedro Lomba, Madrid, 2020 p. 90

Gilles Lipovetsky. La Era del Vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Trad. Joan Vinyola y Michel Pendenx, Editorial Anagrama, Barcelona,2011

(According to Lipovetsky, the more types of desires a society stimulates, the greater the aspiration for increasing variety of pleasure among its members).

 

  


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