Ciudad Infancia e Historia.


Por Nayib Abdala Ripoll

En esta ciudad llena de relatos, el  gran escritor cartagenero Daniel Lemaitre narraba leyendas  e historias  de la Cartagena de su infancia: entre otras la  de los oficios tradicionales de vendedores al por menor que recorrían la ciudad o la de los joyeros tradicionales que sólo se encuentran hoy, si acaso, en otras ciudades llenas de  historia  como Mompox . 

Pero lo asombroso es que junto a la ciudad de los oficios tradicionales estaba la de los locos populares, que llegaron a ser apreciados cada vez más,  como el famoso “Arturo el loco”, en los años cincuenta, el  cual sería reemplazado  más tarde, por  otros como la encantadora “botellita”, que de vez en cuando "barría la Ciudad" con  una escobita, mientras los necios la molestaban o se mofaban.

Sin embargo, ella tuvo la fortuna de ser defendida, desde sus columnas  en el periódico local,  por un  gran maestro de toda una generación de jóvenes cuentistas y novelistas del Caribe en su famoso “Taller Literario El Candil”:  el profesor de historia, geografía y humanidades,  Santiago Colorado,  de la venerable escuela de maestros de Caldas, quien había tenido  que huir de la violencia desatada tras el asesinato de su gran líder político liberal, Jorge Eliecer Gaitán en 1948, y fue recibido en Cartagena con una admiración que llegará a convertirse  en un gran aprecio .

Los que tuvimos la fortuna de conversar con él, nos dimos cuenta de que su atención a los personajes que la gente llamaba "locos", (a veces con irrespeto y a veces, como decían, por   “mamadera de gallo”),  se debía a su "humanismo", que tenía sus bases en su gran estudio y aprecio de personajes literarios como Don Quijote y la pastora Marcela, de la gran obra de Cervantes, en los cuales veía encarnados los valores que él veneraba, como los de la libertad,  la valentía tanto masculina como femenina y  el humor, que lo llevó a declarar su admiración por los que eran capaces de  burlarse  de sí  mismos.

El profesor Colorado pertenecía a una clase de maestros realmente bien formados por la llamada “escuela greco-caldense”, es decir por la Escuela Normal de Caldas, famosa por el énfasis en el estudio de  los autores griegos y latinos, pero también de los españoles y latinoamericanos considerados fundamentales para una buena y verdadera educación, no sin antes atender a lo verdaderamente elemental, por ejemplo, la capacidad de orientarse geográfica y culturalmente. Sabía mirar las estrellas, conocía muy bien el aporte de Copérnico y Galileo.

En cierta ocasión me dijo, hablando de ciertas experiencias en Cartagena, que ni sus alumnos, ni la gente en general sabían orientarse en la ciudad en la que vivían. Es decir, no sabíamos bien dónde quedaba el norte o el este de la ciudad ni cómo encontrarlos con base en la geografía, asignatura que para él no debería ser enseñada con  textos solamente, sino también con ejercicios físicos al aire libre, hasta lograr que estuviera encarnada en el cuerpo de los estudiantes.  

La ausencia de esta educación al aire libre era para él, como para los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza de España, una falla básica de la educación, que se daba a pesar de que, en este caso, se estudiaban textos de geografía universal y del país. Él  aprendió a valorar este tipo de educación cuando niño, como  “Scout" y más tarde como soldado, durante el servicio militar, así que no fue un mero aprendizaje superficial, ni basado sólo en libros, sino algo que tuvo que experimentar personalmente.

Como en el ejército aprendió lucha y defensa personal, adquirió una gran confianza en sí mismo que utilizó no para polemizar ni guapear sin razón, sino, como don Quijote, para defender a los demás. Sólo alguna vez lo vi desafiar a pelea a un "chismoso" que se acercó varias veces insultando al grupo que conversábamos con él y vi en su gesto una determinación valiente que el otro seguramente vio también porque se calló. Enseñaba que en esos momentos la vacilación podía significar una derrota anticipada  o algo peor. Y sabía bien de qué hablaba cuando decía que a las amenazas había que tomarlas en serio. 

Por cierto, en el fondo nunca dejó de defender lo que llamaba el valor de los  héroes o como prefería llamarlos, los guerreros. El se definía como montañero y como guerrero. Y relacionado con esto también lo vi explicar en qué consistía ser vencido. Lo explicaba con base en pasajes de la historia en los que los vencedores exigían su parte en el botín con el famoso grito de “¡Ay de los vencidos!”.  Tal vez por no tener presente la otra acepción del término que se refiere a los vencidos como a los perdedores de la historia o  las "víctimas" que sufren exclusiones y persecuciones, a veces me parecía que no tenía totalmente  en cuenta la trágica experiencia de los judíos, a los cuales debemos hoy una nueva "ética de los vencidos", que propone dar centralidad a las víctimas.  

Relacionado con su exigencia a los estudiantes de "apropiarse" del tema de estudio estaba el de su capacidad de evaluar los trabajos escritos por sus alumnos del taller literario que abrió en la Universidad de Cartagena para todos los interesados, sin importar situación económica, edad, nivel educativo o capacidad de expresión del aspirante. 

En efecto, aun cuando no asistí a su taller literario de los sábados, me pareció importante que al comentar los cuentos de un estudiante con mucho talento comparaba apartes de su nanuscrito con apartes de los cuentos recogidos en la famosa obra "El Llano en llamas" y siempre partía de lo más elemental para mostrar por qué tampoco se sabía “orientarse” en estos campos de la cultura: porque no se enseñaba al estudiante a “apropiarse” del respectivo tema o problema, relacionándolo con las necesidades vitales o sociales.

Ahora bien, después de meditar en lo que quería decir con las palabras “apropiarse del tema”, me di cuenta de que para él eso implicaba investigar tánto sobre el tema que al final se podía disertar acerca de él casi sin necesidad de “barandillas”, como decía Hannah Arendt, es decir que se trataba casi como de “hacer suyo” el tema o problema, expresándolo con las propias palabras y de convertirlo en parte de los problemas que se planteaba la persona, en vez de convertirlo en una mera colección de citas bibliográficas tomadas de otras obras a veces  sin asimilarlas bien  para mostrar que el que escribió sabía más que otros.

Todavía hoy, cuando se están publicando textos tempranos  de Walter Benjamin, (el crítico literario y filósofo escritor de quien se ha dicho que su tema fundamental es la “experiencia”), por ejemplo, el libro: “Infancia Berlinesa hacia mil novecientos” (1) parece que uno puede ayudarse con su lectura para entender lo que el maestro Colorado (quien, por cierto, conversaba mucho con niños y jóvenes cuando tenía la oportunidad),  quería decir cuando afirmaba que a pesar de que viajamos o andamos por muchos lugares diferentes a veces no sabemos orientarnos, falla equivalente, en el campo de la cultura,  a la de no saber apropiarse de un tema. Y es que él fue un gran caminante y viajero por Panamá, América Central y Cuba, donde conoció a su culta y fiel compañera de toda la vida, doña Delia Céspedes.

 Ahora bien, gracias al claro y profundo ensayo de   la profesora  María Mercedes Andrade, del Departamento de Humanidades y Literatura de la Universidad de los Andes (2), sobre la obra “Infancia Berlinesa” de Benjamin,  sabemos que este libro sigue los temas y tendencias de una obra anterior del mismo autor: “Crónica de Berlín”, la cual comienza diferenciando lo que significan las experiencias de "encontrarse" y “perderse” hablando de una ciudad y de la diferencia entre extraviarse en el bosque y extraviarse en una ciudad.

La profesora Andrade permite entender que todo esto se relaciona con el hecho de que el autor era un gran caminante desde niño y que de adulto se interesó en la figura del “Flaneur” o paseante por excelencia de las ciudades europeas, y nos enteramos de que  el mismo Benjamin señaló en algunos ensayos  que  la noción de “experiencia” se expresa en alemán mediante dos palabras: “Erfahrung”, relacionada con el verbo “fahren”, andar, viajar, la que, por lo tanto, implica un transcurso, un avance, una duración, a diferencia de las experiencias de un solo golpe, por decirlo así, que se expresan con la palabra “Erlebnis” o “vivencia”, del verbo “erleben”, que significa vivir. 

 Y se sabe que el pensamiento judío del siglo XX ha propuesto una "filosofía de la experiencia" ( "erfahrende Philosophie") (3) que tenga en cuenta la necesidad de orientación de los individuos en su experiencia concreta de las situaciones de exilio y de exclusión, las cuales se vio obligado a sufrir el maestro Colorado por las persecuciones políticas de la era de Gaitán. 

En "Crónica de Berlín" y en “Infancia Berlinesa hacia mil novecientos” se ve que de niño Benjamin caminaba por vastos terrenos donde hoy se encuentran monumentos cívicos de Berlin, parques y caminos y jardines famosos como uno llamado "Tiergarten", emblemático de la ciudad. Ahora bien, cuando recuerda que por el lugar por el que pasa en el presente, ya había pasado mucho tiempo antes, se nota que va rememorando lugares que ya no se pueden ver, aunque no pretendía escribir una autobiografía, pues no partía de la existencia de un sujeto que se convirtiera en el centro alrededor del cual gira todo. 

Pero lo importante es que para él la palabra “experiencia"  se refiere a la vez a una cierta familiaridad y al mismo tiempo a cierto distanciamiento crítico del objeto, y si aplicamos este tipo de experiencia a la que está a la base de la relación del investigador con sus temas, puede que nos acerquemos más a lo que el profesor Santiago Colorado pedía cuando exigía al estudiante que se "apropiara" del tema.

(1)   Walter Benjamin. Infancia Berlinesa hacia mil novecientos. Cáceres, Editorial periférica. 2021  

(2)   María Mercedes Andrade, Experiencia, Memoria y Escritura en “Infancia en Berlín hacia 1900” de Walter Benjamin. Universidad de los Andes, Colección Séneca 2023 

(3) Franz Rosensweig. El Nuevo Pensamiento. Madrid, la Balsa de la Medusa, 1989

Comentarios

  1. Muy buen texto, Maestro Abdala. El aporte de los maestros normalistas a la educación colombiana ha sido valioso.

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  2. Un gran relato.del Maestro Colorado

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