Las democracias y las pandillas de ladrones
Por Nayib Abdala
Noviembre de 2024
¿Qué sentido tiene vivir en una ciudad? Hoy parece no tener
sentido plantear una pregunta como esta, para algunos porque la respuesta es
demasiado obvia; para otros, porque la vida en la ciudad se ha convertido en
fuente de robos, asesinatos, contaminación y escándalo. En dos grandes estudiosos de la vida en común,
Platón y San Agustín, la respuesta implicaba una diferencia entre lo que se
llamaría después una comunidad cívica y una banda de ladrones.
Además, la ciudad depende del estado de desarrollo de lo
que se llamaba cultura o civilización. En el pregrado de filosofía de la
Universidad de los Andes de Colombia en los años setenta una de las anécdotas
que se repetían los primíparos narraba la respuesta que dio el gran historiador
Arnold Toynbee cuando, despues de una conferencia magistral, alguien le preguntó cuál libro escogería para salvar si no
sólo se estuvieran quemando todos los libros de la tierra, sino que además,
sólo se pudiera salvar uno: sin titubear contestó que “Las Confesiones” de San
Agustín Y cuando le preguntaron por qué, arguyó que era el único documento
escrito que representaba la lucha interior de un ser humano al que le había
tocado vivir en una época de transición muy difícil, cuando ya se estaba
acabando la época romana en la que le tocó nacer y todavía no había comenzado del todo la nueva época cristiana
en la que le iba a tocar vivir.
Era la respuesta de un historiador que sería criticado
después por su visión del paso de la historia como el paso de las “culturas” y
la “decadencia de las civilizaciones”, lo que hacía que el ser humano que viviera al final de una de esas civilizaciones, pudiera sentir las angustias que sólo Agustín podría describir desde adentro, desde la narración de su peopia vida llena de tristezas y de llanto después de haber gozado de muchos
placeres de este mundo; y eso lo hacía en las primeras páginas de su obra las “Confesiones”, cuando narraba cómo,
llevado por la duda, cambiaba de ideas de un momento a otro y pasaba de ser platónico
a ser un escéptico o un ecléctico como el romano Cicerón, o la facilidad con la que pasaba de su
creencia en la verdad de los horóscopos a seguir la secta de los maniqueos, la
cual explicaba la existencia del mal como el producto del predominio histórico
de una fuerza cósmica.
Y como Agustín
también perteneció a dicha secta, también concebía entonces el mal no como un
producto de la libertad humana, como lo iba a considerar en su madurez, sino como
una de las dos substancias que se enfrentaban y alternaban su dominio en el
curso de los cambios del mundo.
Hoy nos parece que hay otras obras de la cultura que expresan en el ser humano el impacto de vivir cuando los valores en los que creció se están
acabando y todavía no sabe a cuales valores nuevos aferrarse para poder vivir, como
la poesía del gran poeta griego moderno Kavafis que narra la inquietud y el vacío espiritual que se daban cuando alguien,
crecido al amparo de los valores cristianos, sentía aprecio por las
concepciones paganas del amor todavía vigentes entre los romanos, pero, al
mismo tiempo, sentía que la religión cristiana
le prohibía aceptar las expresiones de
amor homosexual comunes de las concepciones griegas o romanas del amor y parecía que un abismo
los separaba, pero los mantenía en tensión permanente.
Ahí se trataba meramente de una relación entre individuos,
pero, pasando al tema de cómo vivir en una ciudad, también se podría acudir al legado
de San Agustín en “La Ciudad de Dios” cuando diferencia
el modo como viven juntos los ciudadanos. lo que en el Renaciniento se llamará el "vivere civile" o la vida cívica del modo como se
vinculan los miembros de una banda de ladrones, pues el sentido del deber en
ambos casos es muy diferente, ya que el sentimiento del respeto a la ley era lo que supuestamente diferenciaba la vida en la ciudad de las andanzas de las bandas de los bandidos y por eso se hacía necesario castigar al traidor.
Y el símil aparece todavía, aunque transformado, en los
periódicos de Colombia en el siglo XIX, el de Núñez y Caro, en la época que se
enfrentaban centralistas, partidarios del gobierno de un solo poder central
para toda la nación, a pesar de su gran diversidad política, y federalistas,
partidarios de un poder central diferente en cada provincia, lo que había
conducido al principio no al federalismo, sino al regionalismo y a las guerras
civiles.
En la época de la Regeneración pensadores republicanos
como Rafael Rocha Gutiérrez en su obra: “Verdadera y falsa democracia”, para
acabar con el desorden del regionalismo y con la frecuencia de gobiernos nacionales
autoritarios, venían estudiando cómo funcionaban instituciones de raíz
republicana que les parecía imponían la autoridad, pero sin el autoritarismo y hacían respetar la libertad y al mismo tiempo el pluralismo de
las opiniones de los ciudadanos.
Daba la impresión de que entonces los políticos que
proponían reemplazar las constituciones federalistas buscaban unas
instituciones nuevas que imprimieran unidad y orden semejantes a las que se
daban en algunas instituciones educativas o religiosas que eran ejemplo de
unidad impuesta por autoridades que gozaban del respeto de la gente por su
origen en jerarquías respetadas. El mismo Núñez, en la “Reforma Política” dedicó serias
reflexiones al significado de las nuevas formas de comprender la institución del
orden escolar en los escritos de Pestalozzi y de otros maestros de la
educación.
Y parece que pudo ser una lucha contra la tendencia autoritaria
a imponer en política el respeto a la autoridad característico en las
instituciones eclesiasticas y educativas lo que indujo a criticar la tendencia a imponer un orden jerárquico
peligroso en política tal como se puede observar en la obra del pensador
político Rocha Gutiérrez con su propuesta de un republicanismo que respetara la
diversidad de las opiniones y la pluralidad tendencia políticas.
La búsqueda de instituciones políticas que educaran al
ciudadano parece remontarse a la obra “La República” de Platón y su defensa de
Sócrates frente a los sofistas, pues entonces buscó Platón para su pueblo un
Estado ideal al que basó en la idea de la justicia.
En efecto, aunque entre nosotros en la vida cotidiana se
asocia la palabra “justicia” con “castigo”, Platón, para
fundamentar el Estado había comprendido la justicia como una “virtud”, usando
la palabra a griega “Arete”, que originalmente se refería a la perfección de
una obra bien hecha, por humilde que fuera, lo que permitía hablar de la “virtud”
del buen zapatero.
Platón en su
diálogo “La República” se refiere al más excelente modo de vida de los ciudadanos
que por ese motivo formaban una comunidad que en comparación con las demás buscaba
ser la más perfecta.
Para Platón, la
vida cotidiana en la ciudad justa está sustentada en la práctica de tres
virtudes, que son cualidades que identifican respectivamente a tres tipos de ciudadanos:
aquellos en los que se destaca la prudencia, la templanza y la valentía.
Y, volviendo al siglo XIX colombiano, el símil aparece en
los periódicos que leen Núñez y Caro y todos los opositores de los caudillos
políticos de la nación.
Así, en ciertos artículos de periódicos del siglo XIX
colombiano, se puede encontrar que se distinguía entre una reunión de
ciudadanos y lo que entonces se llamaban “pandillas”, palabra que hoy se usa
para nombrar a grupos desordenados de individuos que se enfrentan violentamente. (1)
En ciertos pasquines
de la oposición en la época de la Regeneración, en cambio, se llamaban
pandillas a grupos de bandidos que ejecutaban delitos contra el orden público o
de los que había indicios de que se beneficiaban con los dineros públicos.
A partir del romanticismo y de la obra “Los Bandidos” del
escritor Federico Schiller, las bandas de ladrones que se consideraban en los
clásicos griegos y latinos como un peligro para lo que en el Renacimiento se llamará el “vivere civile” o la vida
civica dejan de verse como un peligro para una comunidad platónica dirigida a la búsqueda del
bien, y se convierten, más bien en señal de una
gran diversidad, la cual, sin embargo, dejó de ser considerada como mala en sí
misma, después del surgimiento del romanticismo, hasta el punto que pasó, a partir de la época contemporánea a ser
pensada como necesaria contra el fascismo .
En efecto, en “Aurora”, el filósofo Nietzsche, que había
leído la obra “Los Bandidos”, obra que mostraba la vida llena de aventuras de
una banda de ladrones que se enfrentaba al dominio malvado que un poderoso
caudillo ejercía sobre una comunidad, se dirige a los que todavía tienen que
decidir lo relacionado con su forma de vida:
“En general vivir significa estar en peligro” (2)
y se ve que para él
lo que se busca es que la vida se convierta en una auténtica creación
universal, una aventura, un riesgo, una vida no separada de la cultura, sino en
unión vital con ella, como comentó Giorgio Colli. (3)
Notas bibliográficas
(1)
Rafael Rocha Gutiérrez. La verdadera y
la falsa democracia. Bogotá, Biblioteca del Banco Popular, vol., 68, 1974
(2) Nietzsche, Aurora, trad. De Genoveva Dieterich. 2009, andom Hause Mondadori S, A, 2009
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