“INTOLERANCIA Y TIEMPOS SAGRADOS: DEL ENCANTAMIENTO AL MUNDO MODERNO: CHARLES TAYLOR Y LA ERA SECULAR”
Por Nayib Abdala
Sea en las fiestas de carnaval, sea en las fiestas populares
tradicionales, sea en los bailes con altos volúmenes de equipos de sonido que
fascinan las comunidades de los barrios deprimidos, sea en las fiestas montadas
por las multinacionales del licor y de la cerveza en las plazas urbanas para
que los celebrantes de las victorias de los partidos de fútbol y de los partidos políticos consuman sus
productos mientras bailan, algunos periodistas y extranjeros han observado en
América Latina ciertas conductas mitad chanza, mitad agresión de los
participantes, que pueden ser interpretadas como momentos de relajación o
distensión en que pobres y ricos se
mezclan y pierden su distancia, momentos de insolencia, del inferior contra el
superior, del joven contra el viejo.
Se trata de conductas de distensión que aparecen, guardando
las distancias, tanto en la Antigüedad
como en la encantada Edad Media, con las festividades religiosas y los
carnavales, según muestra Charles Taylor
en su última obra monumental (“La Era
Secular”, tomo I, traducción de Ricardo García Pérez y María Gabriela Ubaldini,
Barcelona, Gedisa Editorial, 2014) que se pregunta desde cuándo dejó de ser
inaceptable la no creencia en Dios y por qué. Sin pretender presentar una
reseña, nos limitamos a llamar la atención sobre algunos temas de importancia
para comprender el momento actual en América Latina, donde líderes religiosos
han conducido a grandes masas a votar por movimientos políticos extremistas y
antidemocráticos que ignoran que la separación de política y religión fue una
conquista del mundo moderno por conseguir la paz después de intensas guerras
religiosas. Uno de esos temas es éste
del encantamiento de la vida en la Edad Media es decir, de una época en que el
espacio público, si es que se puede hablar de él entonces, no se ha
“secularizado” y por lo tanto, como explica en su bello libro “El mito del
eterno retorno” Mircea Eliade, el espacio y el tiempo no se viven socialmente
como homogéneos sino como divididos en profanos y sagrados. Hay en el fondo de estas sociedades tiempos de orden, de
seguir los códigos y tiempos de caos, de seguir el anti código, como todavía
hoy perciben algunos, religiosos o no, al
pasar del miércoles de carnaval al viernes de cuaresma.
Taylor observa ahí la necesidad de mantener la sociedad unida
a un orden cósmico trascendente. Necesidades que se manifiestan ya desde el
mundo antiguo, acerca del cual uno de
los sabios griegos, Anaximandro, dice que
el orden del universo se altera cuando uno de los elementos del mismo,
por ejemplo, el calor o el frio, se sale de los límites y amenaza con
invadirlo todo. Más tarde, en Italia el estoico Séneca dirá en su obra sobre la
“tranquilidad del alma”: “Magnum solacium est cum universo rapi”, decir: “Es un
gran consuelo ser arrebatado por el orden total
del universo”, como si la felicidad del hombre dependiera de la
concordancia de su forma de vida con el orden total de la naturaleza. El ser
humano y todas las cosas forman parte
del cosmos y de él reciben su sentido.
La noción de la voluntad no se necesita todavía como fuente de la acción
humana, pues ésta se percibe como regida por el orden cósmico. Sólo con San
Agustín, en la Edad Media, (siguiendo las inquietudes y paradojas que San Pablo
había expresado acerca de cómo, aunque a veces vemos y queremos lo mejor,
terminamos eligiendo y haciendo lo peor), comienza a subrayar el papel de la
voluntad en la angustia del ser humano:
“Me he convertido en problema para mí mismo” llega a decir en “Las
Confesiones”.
Pues bien, Taylor muestra cómo esa imagen cósmica del hombre y del mundo no desaparece del todo,
cuando con el mundo moderno el pensamiento deja de ser mágico o religioso y se
seculariza y comienza a prepararse la aparición del espacio homogéneo en el que
científicos y filósofos construirán la imagen científica del mundo. La voluntad
autónoma, a su vez, se irá convirtiendo poco a poco en la fuente de la acción
humana.
Viendo que los festivales de la época pre-moderna,
convertidos en tradición, no se
acababan, a pesar de los cambios históricos, los líderes de la Revolución
francesa intentaron apoderarse de ellos y de allí resultaron nuevos rituales
como el del sembrar un árbol como símbolo de la libertad.
Volviendo al encantamiento medieval, vemos con Taylor que en
cierto modo la gente estaba familiarizada con la muerte, por ejemplo, en las “danzas
de la muerte”: En ellas la relación con
los muertos es compleja. Se busca su apoyo, pero no se los quiere cerca. Sin
embargo, no hay razones para temer a la muerte misma.
La fe cristiana trasciende ese temor con la escatología o el
llamado a vivir una vida diferente, eterna, que supera a la muerte, y eso lleva a vivir
por algo que supera a la mera bienaventuranza o felicidad humana (p. 117).
Ahora se teme a la muerte por acercar al juicio final, pero no se acaba con el
estar familiarizado con la muerte propio de la era del encantamiento del mundo.
Hasta cierto momento en la Edad Media se siente el predominio
de la comunidad religiosa sobre el
individuo, pero ya en el 1215 el Concilio de Letrán instala la confesión
personal y así se comienza el proceso de individualización de lo que antes era
comunitario (p. 119). Sobrevienen unos cambios: hay un énfasis creciente en la
pureza sexual (antes el énfasis recaía en la necesidad de vencer la ira y la
violencia) y una nueva solidaridad en la muerte con el desarrollo de la
intercesión por los muertos. Surge la imagen del purgatorio.
Antes de la era secular o moderna se vivía, pues, en un mundo encantado, poroso, en el cual
vivir es vivir de forma social y las fuerzas mágicas, como la maldición lanzada
por un enemigo o la bendición por un sacerdote afectaban no individual sino
socialmente. La protección solo podía conseguirse mediante ritos en comunidad,
como iglesia.
Como vivir era estar juntos, el consenso era algo vital y el
hereje que no creía o rechazaba el rito colectivo era una amenaza para todos.
Lo que hoy se llama intolerancia era entonces más bien una
manifestación de una responsabilidad colectiva por la ortodoxia, debido a que
antes era una conducta colectiva con sentido de la autoprotección de la
comunidad (p. 81)
Ahora bien, el triunfo
de la Reforma protestante impuso una “uniformidad de creyentes” (p. 132) y
anuló la diversidad de prácticas religiosas derivadas de las masas populares y
de las élites propia del encantamiento medieval. Eso va a terminar produciendo
el desencantamiento del mundo y la formación de un humanismo alternativo a la
fe. Con Calvino se pasa a considerar
que todos somos depravados y por eso la salvación es un producto de Dios y no
algo conquistado por la acción o esfuerzo humano (p. 133).
Como se sienten incapaces de logar la salvación por la acción
y sólo se la logra por el remedio o don que proporciona Dios, Calvino acepta como
marco jurídico de la acción el esquema de crimen y castigo de San Agustín y San
Anselmo. Se disuelve entonces la división sagrado/ profano y se amplía
el marco de lo sagrado que ya no sólo se limita a las acciones que dependen de
los agentes, sino que incluye el marco de la vida ordinaria y del trabajo.
Ahora todo depende de la actitud interna, del “ponerse en las
manos de dios”, lo que no equivale a ponerlo todo en la mente de un sujeto
pensante: eso fue sólo una desviación cartesiana posterior.
En conclusión, con la llegada de la Reforma poco a poco se va
arrinconando el mundo encantado medieval
y se lo va mostrando como algo que está al servicio
del mal y se persigue a la magia y la brujería, luego el mundo desencantado se
convierte en el material sobre el cual obrará la acción humana racional y se
pondrá a reflexionar el nuevo Humanismo.
Charles
Taylor in his book “A Secular Age” finds the way to understand the bridge
between mediaeval enchantment and modern humanism. Now, in Latin America it
seems that some representations of that enchantment are not gone at all.
Respuesta a un comentario oral de un lector que prefiere mantenerse como anónimo y se preocupa por la desaparición de los árboles en los parques en los parques centenarios de las ciudades emblemáticas América Latina, convertidos en canchas deportivas:
ResponderEliminarCiertamente, quien atenta contra los árboles de los parques que celebran la independencia de América Latina atentan contra los símbolos de la libertad. Además convierten dichas ciudades en infiernos cada vez más inhospitalarios. Hay que celebrar que la Universidad Tecnológica de Bolívar en Cartagena ha diseñado junto con las autoridades un plan para mejorar la movilidad que incluye la reforestación, de la cual son enemigos los que para sembrar flores en las ciudades creen que es necesario podar los árboles o arrancarlos. Parce que tienen una campaña para evitar que la gente se siente a descansar a la sombra de los árboles . .Si hubiera un censo para clasificar las ciudades desde la menos hasta la más hospitalaria cambiarían mucho las cosas