Indígenas y orientales en la Medialuna.
A veces el tiempo parece detenido en los balcones de las casonas de la calle de la Media Luna que alguna vez estuvieron llenos de la luz y del calor del sol y después se fueron transformando en viejos y carcomidos por la lluvia y el viento de la calle; desde allí, en la parte más alta de la fachada de una de dichas casonas todavía hoy se puede contemplar la clara y austera representación de un cedro, árbol emblemático del país del Líbano, diferente de los árboles de mango, tamarindo y ciruelas que crecen en la vieja ciudad de Cartagena de Indias de Colombia.
Sea desde aquellos balcones, alguna vez resplandecientes durante el día y llenos de sombras por la noche, atravesados por la plateada luna que prestaba su nombre a la calle, o sea desde las numerosas azoteas que daban a la ciudad el aire de un Marruecos o de cualquier otra vieja ciudad del mediterráneo surcado por navíos árabes en los pasados siglos, fue desde esos sitios desde donde podían imaginar las ancianas enfermeras y parteras, diestras en sus artes, y más que imaginar, atisbar, si miraban hacia arriba, los vuelos de lo que les parecía ser grupos de brujas cuyas vestiduras blancas flotaban confundiéndose con el vuelo de las lechuzas y los búhos. En todo caso, si no los vieron ellas, los vimos los niños que en el siglo XX vivíamos en alguna de esas casonas y despertábamos por ruidos misteriosos que nos hacía mirar llenos de miedo al cielo nocturno a traves de las ventanas anchas que permanecían abiertas día y noche.
Pero en un principio, en lugar de casas y balcones había cercados y rejas donde los vendedores de frutas y carnes guardaban aves de corral, asnos y ganados, antes de que llegaran los chinos con sus lavanderías y los “turcos” con las artes de la sastrería y la zapatería, y junto con ellos fueran formándose equipos de sastres y zapateros locales que trabajaban para que los “turcos” dieran los nombres y el respaldo de sus empresas a sus productos, zapatos y camisas, entre otros.
Sería entonces cuando huyendo de las encomiendas y demás lugares de explotación de la agricultura desde la Colonia, comenzaron a llegar también indígenas y esclavos fugados que fueron poco a poco siendo contratados en la Media Luna, obligando a los habitantes del huerto de Getsemaní a escuchar los cuentos narrados por los abuelos acerca de la vida y angustias de los antiguos esclavos, quienes terminaban ayudando al mantenimiento del ganado, al cuidado de las huertas, de niños y ancianos a quienes curaban de sus enfermedades con plantas y rezos que la gente asociaba con la brujería.
Cuando niños oímos que llamaban con el mote de "el Machi" a uno de aquellos indígenas, del que decían que venía de la Guajira y que se ganaba la vida barriendo y trapeando los almacenes y las casas de los "turcos" y luego les "hacía los mandados" a sus familiares, hasta el punto de que se volvieron imprescindibles y a veces se "colaban" en las fiestas que hacían los "patrones" con orquestas y derroche de whiskies y quibbes, langostas y tahinne y cuando más tarde, bailaban, de pronto "el Machi", que se había tomado de contrabando más traguitos que de costumbre, hacía su aparición en la sala "bailando", si llamamos bailar a los volatines y a los actos de revolcarse por el piso al son de la música que aquel indígena hacía de repente, ante la mirada espantada de los presentes. En sus gestos se podía ver la inocencia con que pretendía compartir segundos de alegría, despues de haber tomado conciencia una vez más de que al final de aquella música volvería a caer en una cierta soledad amiga, pero triste. Años después desapareció, dejaron de emplearlo.
Sólo lo volví a ver muchos años después ya viejo, cuando averiguó que yo trabajaba como profesor en una institución oficial, me esperó apoyando media pierna en una muleta y me contó que el chofer del bus que lo atropelló no aceptaba responsabilidad alguna, por lo que recurrimos a la ayuda de un profesor de derecho amigo que logró que le reconocieran alguna pequeña suma de dinero. Desde entonces no me perdono haberlo abandonado a su suerte.
En síntesis, por los años cincuenta del siglo pasado la calle de la Media luna estaba llena de almacenes administrados por “turcos” que usualmente recogían el capital reunido desde su llegada en viejos trasatlánticos al muelle cercano a Barranquilla, al que recuerdo cuando oigo la vieja canción costeña una de cuyas estrofas añoraba un viejo amor: "...sobre la arena mojada y bajo el viejo muelle la besé con loca pasion, pues era un amor perdido, perdido en la playa, perdido en las brumas del mar".
Un siglo después nadie sabe de qué manera, los hijos de las primeras generaciones fueron desarrollando extraordinarias habilidades musicales y artísticas; de pronto fueron decayendo los almacenes, como si les hubiera caído una peste y las máquinas fueran cesando de coser los cueros blancos y negros en las plantillas y las suelas de los zapatos y de pegar los botones y alfileres a las camisas. Tampoco se fueron dando cuenta de que los obreros dejaron de fabricar sus productos y los patronos cesaban poco a poco de vender y comenzaron a disminuir las mercancías que antes llenaban sus vitrinas.
Nayib me encantó! La historia de la ciudad no le podemos perder el hilo. Gracias por tu impecable redacción.
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